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24 de octubre de 2015

El bolso que puso plata para traer a Morena

por Lujan Libonatti

Jamás había estado en una cancha de fútbol pero me parecía imposible que la del club Potencia tuviera un palco. Más increíble era que nos invitaran a ese palco a nosotros, que seríamos los únicos del barrio que no éramos socios o hinchas.

. Ni siquiera pasábamos por la puerta del club porque mamá le tenía miedo a la calle Maratón. En las fotos de los campeonatos de cebollitas, que las vecinas mostraban para señalar a sus hijos, nunca vi ni la sombra de un palco. Detrás del equipo, solo aparecían dos filas de bancos largos de madera y kilómetros de pasto de distinta altura.

Papá me había mostrado un sobre blanco bastante arrugado, dirigido a nosotros como:Señor Albérico y familia. Lo abrió para mostrarmesolo la esquina de un papelito que parecía un recorte del diario y leyó en voz alta:
Tenemos el honor de invitarle a conocer a Fer Martínez, orgullo de nuestro club, candidato a ser reservado por una gran institución atlética europea.
Lugar: Palco del campo de juego del club Potencia, Piedras Blancas.
Fecha: Domingo.

Hora: 10.
Podría haberme dado cuenta de que era otra payasada de papá, pero me distrajo pensar en quién sería ese tal Fer Martínez, ¿por qué nunca habíamos oído de él en el barrio, si era una estrella?, ¿cómo era posible que fuera de Piedras Blancas, donde todos los Martínez eran Dogomar y todos los Fernandos eran Nando?

Mis compañeros de la escuela, que eran del club, no sabían nada ni del palco ni del muchacho. Dijeron que si armaban un escenario en la cancha en unas horas, también se podría tener un palco para el domingo. Creían que los directivos llamaban al jugador por un nombre falso para evitar que las vecinas ventilaran la novedad por todo el barrio y arruinaran el pase a Europa.
Le había dicho a papá que no contara conmigo porque el fútbol no era cosa para niñas pero el domingo, cuando él salía con mi hermana a caballito, agarré mi bolso con los útiles para pintar y fui con ellos.

Cuando llegamos a la cancha, había tanta gente que no se veía nada. Mi hermana fue el periscopio que nos dirigió hasta el toldo que cubría unas sillas de madera y que tenía un cartel que decía Bienvenidos al palco. Ahí no había casi nadie pero, para mi sorpresa, pude leer: Señor Albérico, en el respaldo de una de las sillas; Paola, hija de Albérico, en otra y, al lado, una reservadaparaGabi, mi hermana. Todos los que estaban ahí felicitaron a mi padre por haber tenido la idea del toldo y de ubicarlo lejos del gentío.
Papá nos explicó que estábamos en el palco porque el club había contratado a unos amigos de él para armar el espectáculo. Por un altoparlante, unas voces anunciaron algo que no se podía entender entre los acoples y el ruido de la gente. Después, se sentaron en las gradas y, de repente, el griterío se hizo más fuerte y empezó un partido de fútbol entre niños de unos cinco años, todos con la camiseta del club pero divididos en dos equipos, que se distinguían porque unos usaban las manguitas rojas a cuadritos del jardín de infantes de la escuela.

Aquel partido era incomprensible: un jugador lloraba, otro salía de la cancha a buscar a su madre, los padres invadían el campo. Papá conversaba sentado en el palco y nosotras, aburridas, terminamos desparramadas en el pasto. Gabi estaba a punto de dormirse sobre la bolsa de lápices y el partido se suspendió o se terminó. Nunca supimos qué pasó.

Queríamos irnos, teníamos hambre y sueño pero papá nos dijo que nos sentáramos en el palco, que lo mejor estaba por empezar. Explicó que en el fútbol siempre había un preliminar espantoso antes del verdadero espectáculo, que iba a ser un momento histórico para el club y para el barrio. Nos contó que cuando tenía nuestra edad iba a las canchas con su padre a vender bizcochos y que esos fueron los momentos que más disfrutó en la infancia. Dijo que le gustaría que nosotras fuéramos al estadio con él, a ver partidos de verdad, pero que a mamá no le iba a gustar la idea, aunque la invitáramos. Con voz de relator nombraba jugadores, gritaba goles y parecía que iba a llorar, pero se ponía de pie y cantaba: saquen los pañuelos señores, que a los tricolores se les da por salir campeones.

Dijo que repetía lo que su padre le había dicho a él, cuando lo había dejado libre para ser del cuadro que quisiera:

-Tienen que mirar todas las camisetas y elegir una, que las emocione, que les llene los bolsillos de gloria, aún en la derrota.Tómense un tiempo para decidir, no se apuren, no se dejen influir por los equipos que van ganando porque el fútbol siempre da revanchas.

-Un bolsillo en la camisetano sirve para nada -le comenté- y, además, yo ya tengo un cuadro con una camiseta que se puede pintar con colores.
-¡Amarillo y negro! -interrumpióGabi-, yo también soy manya.

Respondimos con crueldad para esconder que dudábamos y podíamos ser de Nacional, pero queríamos ser firmes como él, que no se dejó presionar para cambiar de cuadro. Si hubiéramos sabido que, al mes siguiente, papá pondría plata para traer a Morena, solo por complacernos, jamás habríamos tenido ese instante de traición.

-Se dio la lógica -dijo papá-: el padre tricolor y las hijas carboneras... ¡Miren, allá viene!, ¡vamos a reventarlo a patadas!

Papá le dio mi bolsa a Gabi, la subió a caballito y me paré sobre sus pies. Caminamos con nuestro paso de robot, primero el pie izquierdo de papá iba hacia adelante, sin flexionar las rodillas, con mi pie izquierdo encima; después, lo mismo, con el derecho. Estiramos los brazos hacia adelante, con mis codos en sus manos y nos dirigimos al muñeco inflable gigante que, para promocionar al club, llevaba la camiseta blanca con mangas rojas y el nombre escrito en la espalda: Fer Martínez.


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