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17 de octubre de 2015

El Once

por Marcelo Birmajer

Estábamos jugando un fútbol de cinco contra cinco en el baldío de la calle Uriburu cuando llegó Itzik Mendel con un chico perdido y nos dijo que debíamos dejarlo entrar para uno de los dos equipos.

O un tiempo para cada equipo, como se había despedido el rey Pelé la semana anterior: un tiempo para el Santos, un tiempo para el Cosmos. Era octubre de 1977 y, como fuera, la voz y la mirada de Itzik no dejaban lugar a discusiones: el chico perdido debía jugar. La totalidad de los jugadores, de entre once y doce años, sentíamos un respeto reverencial por Itzik: era importador y exportador; había escapado de Polonia un día antes de la guerra y se había refugiado en Shangai, de donde había venido directo al Once en el año 1947. Su cuerpo era la primera mercancía que había importado desde China; su alma había quedado en Polonia, junto a toda su familia asesinada. Contaré su historia en otra ocasión, junto a la Muralla China del Once que construyó. La historia que hoy nos ocupa es la del chico perdido, cuyas completas implicancias comprendí sólo siete años después. Lo que sí supe algunos días más tarde fue que el chico perdido, el número once de nuestro matemáticamente perfecto partido de cinco contra cinco, había aparecido de la nada en la calle Tucumán, mirando para ambas esquinas, sin saber para dónde ir ni qué hacer, hasta que el verdulero Osvaldo le preguntó si podía ayudarlo en algo, si buscaba alguna calle o persona, y continuó con las preguntas hasta que, cuando le preguntó si estaba perdido, el chico asintió. Luego de consultarlo con su esposa, Osvaldo pensó que lo mejor era llevarlo a la comisaría. Pero Itzik, que inusualmente había abandonado su morada amurallada para comprar personalmente ciruelas pasas en lo de Osvaldo, le dijo que por nada del mundo se le ocurriera llevarlo a la comisaría y nos trajo al chico perdido al partido, mientras el propio Itzik buscaba la solución.

Tiramos una moneda y el chico perdido jugó primero para nuestro equipo. Yo estaba jugando de cinco retrasado y le pregunté si prefería cubrirme abajo o adelantarse, pero no contestó. No parecía mudo ni sordo, sino haber acabado de perder, momentáneamente, su capacidad de hablar. De algún modo supe que lo suyo no era altanería ni timidez, y le hice una seña de que se quedara abajo, que yo subía. Erré un gol, y cuando los contrarios atacaron, el chico perdido detuvo una pelota peligrosa y la sacó al lateral.

Le dije al chico perdido que subiera, que yo me quedaba abajo. Ocupó el puesto de siete, a la manera de Pedro González y, tras una inexplicable falla del arquero, convirtió un gol para nuestro equipo. Oscurecía. Era un octubre climáticamente ambiguo como éste: por momentos primavera, por instantes verano, por ráfagas otoño. Le tocó pasar al otro equipo cuando ya se veía poco y lo aplaudimos, como habíamos visto hacer a los jugadores y simpatizantes de ambos equipos cuando el rey Pelé cambió de camiseta. La pelota ocasionalmente quedaba en penumbras. Pero el equipo contrario logró fabricar un penal, se lo dieron al chico perdido y convirtió. Entonces apareció Itzik con un matrimonio de más o menos su edad. El señor y la señora, de la mano, miraron al chico perdido, lo reconocieron de inmediato y el chico los reconoció. La expresión de su rostro cambió por completo y por primera vez escuchamos su voz: "Zeide", gritó. Y corrió hacia sus abuelos. Los tres se abrazaron desesperadamente. Subieron a la camioneta de Itzik, aparentemente rumbo a Ezeiza.

Recién en el año 83 supe que a los padres se los habían llevado a culatazos, de una calle cercana, nunca logré averiguar cuál, donde no vivían sino que se habían escondido por ese día, con la idea de abandonar el país esa misma noche. Con el correr de los años, cada vez que paso por ese baldío que ya no existe, vuelvo a recordar ese partido de fútbol, y me pregunto a dónde se habrán ido esas luces que no eran eléctricas ni naturales e iluminaban los últimos minutos de cada encuentro, la pelota, el arquero contrario, el chico perdido.

Fuente: clarin.com.ar


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