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4 de julio de 2015

¿Hay solución para los hipocondríacos?

Javier (nombre ficticio) tiene 48 años, trabaja en publicidad y se considera un hombre inteligente, creativo y bastante cuerdo. Y, sin embargo, una fuerza irracional en su interior le lleva por la calle de la amargura: vive en el convencimiento permanente de que tiene una enfermedad grave.

En el último año, ha notado molestias abdominales “dos dedos por debajo del ombligo y a la derecha”, temblores en las manos, una especie de “descargas eléctricas” en muñecas y codos, un extraño zumbido en los oídos, presión en el pecho, pinchazos en un punto concreto de la espalda (cerca del omóplato derecho), espasmos musculares, dolores de cabeza, trastornos intestinales y otras cosas de las que no se acuerda. Se ha hecho varias pruebas que determinan que está bien de salud; entonces, sus males desaparecen y surgen otros nuevos. “Estoy sumido en un sufrimiento constante que me impide disfrutar plenamente de la vida”, dice.

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Lo que le pasa a Javier es que es hipocondríaco. Él lo sabe. Ya de niño, recuerda, si veía a sus padres cuchichear creía que tramaban algo relacionado con su salud. A los veinte años, un persistente dolor de cabeza le paseó por la consulta de varios médicos que descartaron, pruebas en mano, su teoría de un tumor. Recientemente pasó una larga temporada desempleado, en casa y deprimido, lo que intensificó sus síntomas. “Llega un momento en que tengo la certeza de que estoy enfermo”, declara. “Y supongo que lo paso casi tan mal como la persona que está enferma de verdad. La única diferencia es un mínimo resquicio de duda: ¿será otra de mis manías?”.

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"La hipocondría es una actitud, más que una enfermedad concreta”, afirma el doctor Jerónimo Saiz, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal (Madrid) y vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP). “El hipocondríaco tiene una desproporción continua y grave de la atención hacia su salud, y eso amplifica su percepción de sensaciones y síntomas, lo que le conduce a un círculo vicioso de estar preocupado todo el tiempo”.

El aprensivo, ¿nace o se hace?
Pero, ¿qué nos hace hipocondríacos? Estudios como el del Hospital General Kamitsuga (Japón) han apuntado la estrecha relación entre estos trastornos imaginarios y la depresión. De 86 pacientes depresivos analizados, 49 (un 57%) mostraban síntomas hipocondríacos. Pero también obedece a otras causas. “Se puede dar en personas que estén sometidas a estrés o que tengan trastornos afectivos o basarse en un factor de aprendizaje, por imitación: sabemos que en familias con hipocondríacos hay más hipocondríacos”, sostiene el doctor Saiz.

Tendemos a pensar que el hipocondríaco es aquel que se pasa el día en el médico (colapsando, por el camino, el sistema sanitario), y no siempre es así. “Se dan dos alternativas”, explica el doctor Saiz. “Hay gente que visita mucho el centro de salud en busca de un diagnóstico que no ha sido todavía reconocido, cambiando continuamente de médico y haciéndose nuevas exploraciones, mientras que a otros les aterroriza tanto que les confirmen sus temores que no van al médico ni se hacen un simple análisis”.

Bajo tratamiento
La hipocondría se cura, pero hay que pasar por el diván. “En términos generales, lo que hay que hacer es una terapia cognitiva, que ponga en contacto al paciente con los síntomas que percibe, tratando de desdramatizar”, dice el experto. “Por ejemplo, a pacientes asustados por tener manchas en la piel, hay que inculcarles la idea de que se pueden tener manchas en la piel sin que eso implique padecer un cáncer. Se trata de dar una clave para no asociar un sentimiento con un significado que realmente no tiene”, ilustra el especialista. La terapia cognitiva se ha mostrado muy efectiva en pacientes con lo que algunos llaman “ansiedad por la salud”, según un estudio llevado a cabo en Reino Unido por expertos de varias universidades.

Una hipocondría extrema sí puede originar síntomas reales. "Sería lo que llamamos un 'efecto nocebo", apunta Jerónimo Saiz, psiquiatra

“Existen pensamientos funcionales que nos ayudan a cavilar bien; y pensamientos disfuncionales, que nos crean problemas. La terapia cognitiva influye sobre nuestras reflexiones para conseguir que sean adecuadas y racionales en situaciones en las que no actuamos bien”, aduce el psicólogo José Elías, director del Centro Joselías, en Madrid, que detalla las técnicas que se aplican en esta terapia: “Relajación, para eliminar los síntomas de la ansiedad y proporcionar situaciones agradables; reestructuración cognitiva, para validar los pensamientos positivos y eliminar o infravalorar los síntomas débiles de la posible enfermedad; visualización de los pensamientos y presentimientos negativos sobre enfermedad y muerte; y, por último, mejora de la asertividad y la autoestima frente a quejas y lamentaciones”.

En casos extremos, esta terapia no basta y hay que recurrir a la ayuda extra de la farmacología. “Hay una hipocondría delirante, en la que el enfermo pierde el contacto con la realidad y las ideas que tiene son estrafalarias. Los síntomas hipocondríacos mantenidos interfieren en su vida normal, le causan mucho sufrimiento, y pueden desembocar en ansiedad o depresión que de por sí requieran un tratamiento”, apunta el doctor Jerónimo Saiz. Y estas sí que pueden originar síntomas reales. “Sería lo que llamamos un efecto nocebo, al contrario que el efecto placebo: una preocupación psíquica que acaba generando alguna molestia física”.

Atrapados en la Red
La vida moderna, lejos de ayudar al hipocondríaco, se ha convertido en su enemiga. Resulta difícil resistir la tentación de comparar síntomas y diagnósticos en Internet, donde si lee que una diarrea puede significar cáncer de colon el aprensivo deducirá que una diarrea implica siempre un cáncer de colon. Esta costumbre es tan habitual que los especialistas le han puesto nombre (cibercondría) y algunos alertan de sus peligros: un estudio de la Universidad de Baylor (Texas, EE UU) reveló que la incertidumbre que crea este exceso de información —sin matices y, en ocasiones, errónea— no hace sino incrementar la ansiedad.

A menudo, el hipocondríaco es visto como un quejica (lo es) que hace gracia. A él, desde luego, no le provoca ninguna. Pasado un límite, a quienes le rodean, tampoco. En realidad, vive atrapado en una espiral de angustia. Y puesto que nadie dura eternamente, más vale dedicar nuestro precioso tiempo a disfrutar en vez de malgastarlo sufriendo sin motivo. El doctor Google no tiene la solución.

Fuente: el país


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