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Ricardo López Göttig

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1966. Es Doctor en Historia (Universidad Karlova de Praga, República Checa), profesor en la Universidad ORT Uruguay y en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires), consejero académico de CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina). Sus artículos de opinión se publican en El País (Madrid), Infobae, La Nación, Perfil y El Cronista (Buenos Aires).

5 de marzo de 2015

El resonante juicio a Rudolf Slánský

El marxismo tuvo una relación hostil con el sionismo, ya que para esta corriente de pensamiento político, el nacionalismo era un componente más de la ideología burguesa.

En el complejo entramado del pensamiento marxista, nuestras ideas, creencias, cosmovisiones y manifestaciones artísticas son determinadas por el modo de producción. Ese mundo de lo inmaterial es denominado “superestructura”. Siguiendo estas premisas del marxismo, entonces el liberalismo, el parlamentarismo y el Estado nacional son resultados del modo de producción capitalista. Fue así como el sionismo, en tanto reclamo por la creación de un Estado nacional judío, se lo ubicó en ese casillero de la rígida taxonomía del “socialismo científico”. Para el marxismo, pues, la solución definitiva a la “cuestión judía” sería la revolución socialista.

Antes y después de la segunda guerra mundial, Stalin vio a través de este prisma a los judíos que vivían en la Unión Soviética. Al terminar la conflagración planetaria, el Comité Judío Antifascista de la URSS fue disuelto y muchos de sus miembros fueron enjuiciados y ejecutados, acusados de sionistas y “cosmopolitas”. Pero el caso más resonante y de consecuencias a largo plazo, fue el juicio a Rudolf Slánský, Vladimir Clementis y otros miembros del Partido Comunista de Checoslovaquia en 1952. La ironía cruel de estos juicios es que Slánský no sólo había sido un antisionista declarado, sino que había rechazado sus orígenes judíos y fue uno de los propulsores de no vender más armas a Israel después de la guerra de 1948. Otra paradoja fue que Slánský fue uno de los arquitectos de la seguridad estatal que persiguió y encarceló toda manifestación disidente en la sociedad checoslovaca.

Cuando se independizó el Estado de Israel en mayo de 1948, Checoslovaquia fue uno de los primeros países en reconocerlo y fue el gran proveedor de armas para su ejército cuando los países árabes le declararon la guerra. El gobierno socialista de Checoslovaquia contaba con el visto bueno de Stalin, que de este modo se involucraba indirectamente. Occidente en general, y Estados Unidos en particular, habían establecido un embargo de armas, a pesar de que reconocían de facto al Estado de Israel.

Lo cierto es que, muy poco tiempo después, el sionismo volvió a ser condenado dentro del bloque socialista, nuevamente clasificado como un “nacionalismo burgués”. Las terribles purgas del stalinismo no sólo se volvieron a padecer dentro de la Unión Soviética, sino que también se extendieron hacia los países de Europa oriental. Las acusaciones de conspiración en Checoslovaquia comenzaron en noviembre de 1951, iniciando las detenciones e interrogatorios. Desde el 20 al 27 de noviembre de 1952 se realizó el juicio a quien hasta fines de 1951 había sido secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ), Rudolf Slánský, acusado junto a otros trece miembros de alta traición y conspiración, en un entramado de la inteligencia británica con Israel, el trotskismo y el titoísmo de Yugoslavia. La sola enumeración de todos estos actores en una misma conspiración es absurda, pero ello no era un obstáculo para la celebración de juicios resonantes en los que públicamente se degradaba a los acusados. Toda conversación o encuentro de los acusados con personas de otros países, era tomado como una “prueba” de sus actividades como agentes secretos del imperialismo y del sionismo desde la más temprana juventud. Once de los catorce acusados eran de orígenes judíos, aunque ya habían roto abiertamente toda vinculación muchos años antes. Con tal de mostrar adhesión y no ser acusados de participar en esta “conspiración”, los testigos desfilaron ante el tribunal para sumarse al escarnio. Los acusados, ya sea por las torturas o por temor a que sus familias sufrieran castigos y marginación, asintieron a todo lo que se afirmó en los tribunales.

De acuerdo al testimonio de Eugen Löbl, uno de los condenados a cadena perpetua que luego fue amnistiado, en los interrogatorios participaban asesores soviéticos que utilizaban a la vieja fraseología que caracteriza a los judíos como “apátridas”, “amantes del dinero” y “traficantes de oro y joyas”. Klement Gottwald, a la sazón presidente de Checoslovaquia y también de ascendencia judía, no dudó en abandonar a su suerte a los antiguos camaradas del Partido, obedeciendo ciegamente los mandatos del Kremlin.

El clima hostil hacia el sionismo se manifestó, desde el momento en que comenzó a tejerse la trama de los juicios, a través de la prensa monopolizada por el Estado. En los diarios y en la radio, se hablaba de los “judíos cosmopolitas sin patria”, afirmando que estos conspiradores habían colaborado con la Gestapo alemana durante la guerra.

En la acusación de los fiscales se aseveró que: “El gobierno de Ben Gurión, el lacayo del imperialismo americano, transformó a Israel en una posesión americana y apoya incondicionalmente los planes criminales de los belicistas americanos para convertir a Israel en una zona de despliegue contra la URSS”.

El 27 de noviembre, el tribunal sentenció a Slánský y otros diez acusados a la pena de muerte. Los otros tres, a cadena perpetua. El 3 de diciembre, seis días después, Slánský y demás fueron ahorcados. Entre ellos se encontraban Vladimir Clementis, ex ministro de Relaciones Exteriores, y Rudolf Margolius, sobreviviente de un campo de concentración nazi. A este juicio le siguieron otros contra cientos de funcionarios menores del Partido Comunista, que se prolongaron mucho más allá de la muerte de Stalin en 1953.

El juicio a Rudolf Slánský y otros, fue un espectáculo montado para la demonización del sionismo por parte de la Unión Soviética y sus países satélites. La escenificación allí montada sirvió como la gran exposición del discurso antiisraelí que fue ganando terreno en la izquierda radical europea con el correr de los decenios, fuera esta partidaria o crítica del stalinismo.

Bibliografía consultada:

Karel Kaplan, Nebezpečná bezpečnost. Brno, Doplněk, 1999.
Robert Wistrich, From Ambivalence to Betrayal: The Left, the Jews, and Israel. Lincoln, University of Nebraska Press, 2012.
George Hodos, Show Trials: Stalinist Purges in Eastern Europe, 1948-1954. New York, Praeger, 1987.


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