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15 de julio de 2016

Contra la corriente

por Doron Kornbluth

Yo estaba en octavo grado y mi compañero Carlos me dijo que me sentara porque tenía un chiste excelente para contarme. Algunos de los demás estaban riendo. Dos osos polares se están bañando. Uno le dice al otro: “Pásame el jabón”.

Uno de los presentes comenzó a reír con fuerza. Mientras se alejaba del pequeño grupo, continuó riendo y repitiendo las palabras: “No puedo, no puedo…”
Carlos me miró y terminó la broma.
Entonces, dos osos polares se están bañando. Uno le dice al otro: “Pásame el jabón”. Luego, el otro le contesta… (en este momento Carlos tuvo que contenerse a sí mismo) el otro le contesta: “Jabón no, ¡radio!”.
En ese momento todo el grupo se unió en una gran risotada. No me refiero a risitas; estaban riendo con mucha fuerza y haciendo un gran alboroto.
Yo era la única persona que no había entendido la broma y ellos comenzaron a advertirlo, por lo que yo también comencé a reír, lo cual causó que todos rieran aún con más fuerza.
Luego me di cuenta por qué.
Carlos y los chicos me habían preparado una broma, una frase sin ningún tipo de sentido. La idea era hacer que yo cayera en la broma. Querían ver si me reía con el grupo sólo para ser aceptado, a pesar de que no había nada de que reírse.
La broma era yo. Y caí en ella.
El Paradigma Asch
Una versión más científica de la ya famosa broma “jabón no, ¡radio!” fue realizada por el sicólogo Solomon Asch. Sus experimentos, publicados en 1953, se hicieron famosos por demostrar el sorprendente poder de la conformidad en grupos.
Asch invitó a varios grupos de ocho estudiantes a participar en exámenes de visión. Los participantes debían mirar dos cartas: una carta tenía tres líneas de diferente largo y la otra tenía una sola línea del mismo largo que una de las líneas de la primera carta. Asch les dijo a los participantes que el objetivo era testear su visión preguntándoles cuál de las tres líneas tenía la longitud de la línea de la otra carta. Las diferencias de longitud eran grandes y obvias.
Pero en realidad todos los participantes —con la excepción de uno en cada sesión— eran cómplices de la broma. Los estudiantes falsos se ponían de acuerdo con anterioridad para dar respuestas equivocadas al identificar la línea. El Dr. Asch no estaba interesado en testear la visión de los estudiantes; el objetivo era ver cómo reaccionaba el participante real de la prueba: ¿defendería lo que sus ojos le decían con claridad o cambiaría su respuesta para evitar ser distinto y hacer el ridículo?
Los resultados fueron sorprendentes. El setenta y cinco por ciento concordó con las respuestas incorrectas al menos una vez. Mientras más participantes falsos habían, mayor era la proporción de respuestas incorrectas que daba el participante real. Mientras más uniformes eran las respuestas incorrectas de los participantes falsos, mayor era la proporción de respuestas incorrectas que daba el participante real.
Para evitar sobresalir, un gran porcentaje de personas sigue a la mayoría equivocada.
Los experimentos del Dr. Asch mostraron que, para evitar sobresalir, un gran porcentaje de personas sigue a una mayoría incorrecta incluso cuando el error es sumamente obvio.
Pero siempre hubo una pregunta en torno al Paradigma Asch: ¿Los participantes reales eligieron mentir para evitar la eventual vergüenza o de alguna manera llegaron a estar de acuerdo con las respuestas de los participantes falsos?
En 2005 el Dr. Gregory Berns, neurólogo de la Universidad Emory de Atlanta, condujo experimentos similares a los de Asch monitoreando la actividad cerebral por medio del uso de escáneres de resonancia magnética. Sus hallazgos fueron publicados en el periódico Biological Psychiatry.
El enfoque del Dr. Berns estuvo basado en un hecho asombroso. Si los sujetos mentían conscientemente, el escáner mostraría actividad y cambio en las áreas frontales del cerebro, las cuales se relacionan con la toma de decisión consciente y la resolución de conflictos. Por otro lado, si los sujetos llegaban a creer en las respuestas (incorrectas) del grupo, la actividad y los cambios aparecerían en las áreas posteriores del cerebro, las cuales se ocupan de la visión y la percepción espacial objetiva.
Confirmando nuevamente el Paradigma Asch, el Dr. Berns y su equipo encontraron que los participantes reales a menudo concordaban con las respuestas obviamente incorrectas del grupo.
Pero los escaneos de resonancia magnética fueron aún más reveladores. Los participantes reales que concordaron con las respuestas incorrectas del grupo revelaron actividad en las áreas del cerebro dedicadas a la visión y a la percepción objetiva. No se registró actividad en las áreas dedicadas a la toma de decisiones y a la resolución de conflictos.
En otras palabras, al enfrentarse con una opinión mayoritaria que era claramente contraria a la realidad física, casi la mitad de la población no sólo seguía a la mayoría, sino que también llegaba a creer que la mayoría tenía razón.
Nadando contra la corriente
Es entendible la preferencia de ir a favor de la corriente. Nadie quiere ser distinto. Es solitario. Es incómodo. Y ocasionalmente puede incluso ser peligroso. En la mayoría hay seguridad y comodidad. La vida no es fácil, ¿por qué complicarla más contradiciendo a la mayoría?
Por otro lado, a veces la realidad no es como dice la mayoría.
Ir con la mayoría es problemático debido a su falsedad inherente. Y no sólo eso, sino que también lleva a un camino terrible. Las normas sociales han causado en muchas ocasiones terribles tragedias. Las mayorías en muchas sociedades del pasado practicaban sacrificios humanos. Los griegos antiguos practicaban infanticidio si el bebé era deforme, tonto o en algunos casos incluso por el simple hecho de ser mujer. El pasatiempo principal de los romanos era ver a animales hambrientos o gladiadores atacando, desmembrando y matando a mujeres y niños inocentes cuya gran ofensa había sido nacer en tierras extrañas. Más recientemente, Hitler fue elegido en una elección democrática por el electorado alemán. Y también los terroristas disfrutan de un amplio apoyo en ciertos países. ¿Tiene la mayoría siempre la razón?
Herramientas de resistencia
Abraham fue un hebreo, una versión española del término bíblico ibrí, que se refiere al hecho de que era un ober, que había ‘cruzado del otro lado’. Abraham tomo una posición en un gran debate filosófico (monoteísmo vs. idolatría) y resistió, a pesar de que todo el mundo estaba del otro lado. Somos una nación de hebreos; defendemos la verdad. El antropólogo ruso Michael Chlenov lo expresó a la perfección cuando escribió: “El judaísmo es una herramienta de resistencia”. Durante toda la historia, la presencia de una comunidad judía distintiva siempre ha sido un claro desafío para los reclamos absolutistas y el gobierno de la mayoría.
Ser judío significa rechazar el statu quo.
Los asirios adoraban ídolos y nos instaron a hacer lo mismo. Nos rehusamos y, directa e indirectamente, le recordamos al mundo que la perspectiva asiria no era la única forma de entender la vida.
Los griegos admiraban el cuerpo humano por sobre todo lo demás, mientras que nosotros enseñamos que el alma es suprema.
La sociedad romana era brutal (gladiadores versus hombres y mujeres inocentes) y tenía un terrible enfoque en la sexualidad (la pedofilia era practicada ampliamente). Nosotros fuimos ejemplos de bondad y monogamia.
Durante toda la historia, nuestro compromiso a nuestras creencias desafió la sabiduría convencional. Esto provocó un gran antagonismo, pero nosotros nos mantuvimos firmes en contra de las corrientes. Nos hemos opuesto, y continuamos haciéndolo, a la adoración de ídolos, al materialismo descontrolado y al consumismo. Luchamos para rechazar la falsedad, el mal y la inmoralidad.
Ser judío es un privilegio y una oportunidad maravillosa; significa estar comprometido con la verdad, admirar y desarrollar el conocimiento y la sabiduría; significa enfocarse en un futuro mejor y esforzarse para llegar a él; significa pararse en contra de los dioses falsos del mundo, cualesquiera que sean, y rechazar el statu quo como lo aceptable.

Fuente: aishlatino.com


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