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Psic. Fabián Schamis Fursztein | Conocer más

Es Licenciado en Psicología de la Universidad de la República.
Cuenta con más de 15 años de experiencia dirigiendo Organizaciones Comunitarias en España, Brasil y Uruguay.
Actualmente se desempeña como Director de CIPEMU y consultor para Empresas y Organizaciones de diverso porte.
Está casado y tiene un hijo, que lo comparten con su amor por la música (es guitarrista), su creencia en que lo único permanente es el cambio y que el mismo se puede dar solo a través de la educación y de los jóvenes.

16 de diciembre de 2013

Trabaja o Estudia. Juega o Aprende

En las últimas décadas es habitual que se planteen estos conceptos como opuestos. “Quiero que mi hijo vaya a una Escuela donde aprenda, donde lo eduquen, donde no se la pasen jugando…”

Este tipo de frases son más comunes de lo uno piensa y lo que conllevan en realidad es una preconcepción del juego como tiempo muerto, tiempo perdido o no utilizado en pro de una tarea específica que cuadre con criterios adultos estancos y serviles. En cambio, sabido es que el juego es fundamental –sobre todo en las primeras etapas evolutivas pero no menos posteriormente- para la incorporación y asimilación de conceptos. Los grandes popes educativos reconocen la importancia del juego como factor fundamental del aprendizaje. ¿Entonces, por que nos encontramos con este tipo de frases cuando hablamos con los padres? ¿Y por qué algunas Instituciones Educativas quieren mostrarse como espacios “serios” ya que el juego esta reglado y circunscripto a unos pocos minutos diarios? Es más, ¿por qué existen aún maestros que utilizan (y aplican) criterios como: “acá se viene a aprender, no a jugar”?
Más sutil pero no menos perniciosa es la postura hipócrita sobre este tópico que se manifiesta en un atildado doble discurso que en general adopta un formato del estilo: “Cuando es la hora de jugar, jugamos, y cuando es hora de estudiar, estudiamos”. Como si se diera un espacio al juego, cuando en realidad se le subestima y relega a momentos no importantes de la currícula o aquellos donde simplemente “no molesta”.
Es relativamente simple de comprender (o al menos podemos intentarlo). Cuanto más atrás vamos en el tiempo, más fácil de entender es que el niño visto por el adulto, no pasaba de un sujeto que debía atravesar lo más rápido posible su infancia (siendo esta “aquello que precede a la adultez”), a efectos de entrar en la cadena productiva. Entrar en el mercado laboral o llegar sin dilación a estudios avanzados que pudieran marcar un diferencial a nivel familiar.
¿Que plantean entonces todos los estudios referentes a la forma en que el niño aprende en la actualidad?
Estos estudios indican sin concesión que el niño no solamente gusta de, sino que precisa del juego para desarrollar su pleno potencial de aprendizaje. El componente lúdico es aquel que genera el interés del chico en la tarea que está desarrollando. Es la base y el pilar sobre el que se edifica el desarrollo cognitivo del niño. Así como la exploración es lo que lleva al bebe a ensanchar su mundo y aprender sobre el mismo, el juego es la continuación natural de esa exploración y por lo tanto la forma idónea que el niño se haga del conocimiento y pueda generar los circuitos cerebrales que incorporan, fijan e integran el mismo. A su vez, el juego es algo pasible de ejercitarse. De la misma forma que se puede adoctrinar a un niño a que aprenda sin recreo, bajo medidas coercitivas, competitivas en extremo e inclusive hasta tiempos no muy lejanos, con golpes; se puede acompañar ese niño hacia el aprendizaje natural que es aquel que se da a través del juego. ¿Que logramos cuando aprendemos jugando? Conseguimos algo que no debería ser tan complejo de entender: el goce. Imaginen ir a trabajar y al mismo tiempo que realizan las tareas que es esperable lograr en ese espacio, tener un intenso placer, un goce permanente. ¿Quién no querría ir al trabajo? ¿Quién esperaría tan ansiosamente el fin de semana o aquellos días en los cuales librar del mismo? Si trabajo no tiene por qué ser yugo, aprender no tiene por qué ser un sufrimiento. ¿Y que le gusta a los niños (en realidad a todos pero con el paso de los años el ser humano se ve –mayoritariamente- forzado a abandonar)? El juego.
En un contexto más amplio se puede afirmar que el niño que juega, es sano. Si es sano, aprenderá con mayor facilidad. Y si ese proceso se da sobre una base de placer, con seguridad se generara un sujeto justo, seguro e íntegro -aparte de instruido-. De ninguna forma esto va en detrimento de los objetivos a alcanzar a nivel formativo, sino va en el ¿cómo? Se puede tener iguales o inclusive mayores logros cuando entramos en frecuencia con el gusto del niño y su consentimiento, tomándolo como sujeto y no objeto. Si el niño es parte del proceso, se rompe “per se” la polarización del educando-educado, del poseedor de saber y del receptáculo en el cual debe implantarse ese conocimiento. Buena parte de la revalorización del juego la debemos a Donald Winnicott, médico pediatra y psicoanalista que de ninguna forma fue el primero en conceptualizar el juego, pero con seguridad junto a Melanie Klein son quienes produjeron conceptos más claros y acabados sobre el mismo. Para el, el juego es una cualidad del aparato psíquico sano que se construye a través de la relación primordial del bebe con su madre. El lugar para ese juego es un espacio entre él bebe y su mama. Y ese juego que de hecho existe ya antes del nacimiento del bebe inclusive, es la matriz sobre la cual se habilitara la creación, la posibilidad de aprender y la construcción de la realidad. Por su lado, a Klein le debemos directamente el respeto por el juego, el aprender a observar el juego del niño sin juzgarlo ni intentar modificarlo. Uniendo en forma un tanto burda pero comprensible: gracias a estos dos personajes es factible considerar que el juego es la forma en la que el niño se expresa, crea y construye la realidad. No en forma solitaria (con excepción del juego prenatal) sino con la ayuda inicial de su madre que debe habilitar el espacio para que ese juego se desarrolle y más adelante, con diferentes interlocutores, seguirá construyendo realidad a través del juego.
Así como Freud describió los sueños como la vía regia para acceder al inconciente, no es descabellado considerar el juego como la vía regia del niño para interactuar con el mundo, lo cual por supuesto incluye su educación e instrucción.
En lugar de reprimir el juego o intentar que este tienda a una lenta, parsimoniosa pero constante desaparición a medida que el niño se sumerge en etapas de aprendizaje formal; cabe preguntar: ¿cómo sinergizar dicho aprendizaje con lo que es natural para ese pequeño? ¡Jugar!
El juego es una forma de transitar el mundo, no es herramienta ni recurso, sino forma de ser y estar. ¿Cuánto más agradable puede ser una sociedad en la que el juego fuese figura y no fondo?


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