Velas de Shabat

Miércoles 31/05
Erev Shavuos

  • Montevideo: 17:23 hs
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28 de junio de 2016

El paraíso de la soledad compartida

Miró su reloj de pulsera mientras esperaba tranquilamente sentado. Aún faltaban diez minutos para que ella llegara, el sol acababa de ocultarse y las luces de la ciudad comenzaban a iluminar las ventanas del bar. Rompió un sobrecito de azúcar y lo volcó lentamente en su pequeña taza de café.

El bar estaba apenas concurrido por gente sin importancia, un grupo de cuatro universitarios que reían vaya a saber de que cosa mientras repasaban sus apuntes, un poco mas allá una pareja un tanto mayor hablaba tranquilamente de cosas cotidianas, en distintos puntos del lugar había gente sola en mesas individuales, no muchos, alguno que leía el diario de la tarde, otro con la vista perdida en su copa, una mujer joven esperando a alguien que aparentaba nunca llegar.

Pero a él no le importaba la gente que lo rodeaba, ahora sólo importaba una persona en el mundo. Volvió a traer a su mente los tiempos en que su corazón desfallecía de esperanza, había pasado muchos de años de su vida pensando en que encontrar un amor era cosa para pocos afortunados y que justamente él no era uno de ellos. Agachó la cabeza, metió la cucharita en la taza y mientras revolvía el café sonreía en forma cómplice consigo mismo, diciéndose que esta vez le tocaba a él, que le había ganado la pulseada al destino. Levantó el pocillo y saboreó el café como si saboreara el placer de la victoria.
Ella cruzó la calle apresurada por el semáforo que estaba a punto de cambiar de color, tuvo cuidado de no trastabillar con sus tacos altos. Caminó en dirección al bar en donde él la estaba esperando. Su rostro denotaba alegría, los años de frustraciones habían llegado a su fin, nunca más llorar por alguien (pensó).

Llegó al lugar, antes de entrar acomodó ligeramente su ajustada pollera negra y ensayó con sus manos una especie de peinada sobre su lacio pelo negro. Abrió la puerta del bar, lo vio a él inmediatamente y se dirigió a su mesa. El estaba con su traje azul liso, camisa blanca y corbata lila, se paró para recibirla dándole un corto pero sentido beso en su boca. Se quedaron con ganas de mas, pero lo dejarían para mas tarde.

Se sentaron, se miraron y hablaron un largo rato. Se los veía felices, no era para menos, después de tanto tiempo y de tanto buscar, habían hallado el paraíso de la soledad compartida.

Fuente: http://guille-unlugarenelmundo.blogspot.com/


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