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28 de enero de 2011

Albert Einstein

Pocos hombres han tenido tanta influencia en el destino humano como Albert Einstein. Además de pensador sin igual, Einstein fue un judío preocupado por el destino de su pueblo.
Albert Einstein nació el 14 de Marzo de 1879 cerca de la ciudad alemana de Ulm, en Wuttemberg , donde su padre poseía una pequeña industria electromecánica . Una pequeña industria incluso no muy próspera cuando, un año después de ese nacimiento , fue transferida a Munich: los negocios andaban mal y la familia Einstein decidió cambiar de residencia - una vez más- e instalarse en Milán, Italia.
En 1952, cuando murió el primer Presidente del Estado de Israel, Jaim Weitzman, el entonces Primer Ministro David Ben Gurión, le propuso a Albert Einstein ser Presidente de Israel. Albert Einstein rechazó esta propuesta , considerando que era para el un altísimo honor , pero siguió siendo un hombre de ciencia cuya teoría de la relatividad es indiscutida. Siempre se asumió como judío, manifestando su admiración por el Estado de Israel y el apego a su pueblo, el pueblo judío.

Itinerario académico y moral

Después de la publicación de los primeros artículos sobre la "relatividad restringida" la fama del joven empleado de la Oficina de Patentes se difundió rápidamente por el mundo científico. Durante un cierto período Einstein fue Privatdozent de la Universidad de Berna, más tarde obtuvo la cátedra del Politécnico de Zurich y finalmente , en 1910 fue nombrado profesor en la Universidad de Praga por decreto del emperador de Austria, Francisco José. En el imperio austro-húngaro el reglamento para los empleos públicos obligaba a declarar la religión que se practicaba . Así como había abandonado la ciudadanía alemana, Einstein se había alejado desde niño de toda confesión religiosa ("...aunque hijo de padres - judíos - absolutamente ateos, se hizo muy creyente, pero cesó repentinamente de serlo a la edad de doce años"). Pero una vez instalado en el ambiente universitario de Praga, Einstein advierte los primeros signos de la mentalidad antisemita, destinada a desembocar, veinte años más tarde, en la más fanática de las intolerancias. Para Einstein eso fue un desafío. Las personas que le aconsejan dejarse deslizar sobre tan escabroso tema y aprovechar la pregunta de reglamento par dejar constancia, incluso oficial , de su abandono del judaísmo, lo inducen de hecho a elegir una salida no comprometida . En el cuestionamiento , a la pregunta : religión, escribe la palabra "judía". Más tarde, cuando frecuente Alemania como docente universitario y el antisemitismo ya haya avanzado considerablemente, entonces estigmatizará la atmósfera de desprecio, de silenciosa e irracional hostilidad que constituye el terreno de incubación de los violentos episodios de la Alemania hitlerista. Escribirá con tristeza : "He visto el indigno mimetismo de judíos de valor y mi corazón ha sangrado". Su decisión de 1910 quiso ser una clara toma de posición contra cualquier mimetismo: "Descubrí que era judío y este descubrimiento lo debo más a los no judíos que a los judíos ".

Compromiso civil y testimonio moral

El evidente desagrado con el que Albert Einstein acogía las manifestaciones de entusiasmo, la exaltación mística, las utilizaciones interesadas, las alabanzas incondicionales, las calificaciones simplistas de la que su persona fue, repetidas veces, el blanco y el centro, no deben hacer pasar en silencio uno de los rasgos característicos de su persona. En todo momento de su vida, Einstein advirtió la necesidad de estar inserto -comprometido rigurosamente- en su propia época y la necesidad de colocarse al lado de sus semejantes y de compartir sus problemas , sus desgracias, sus sufrimientos y sus dudas. La figura del científico que se abstrae de las vicisitudes de su tiempo y se aísla en la famosa "torre de marfil" constituye, quizá, la más falsa y cómica parodia que se puede hacer de Einstein. "La preocupación por el hombre y su destino debe constituir siempre el interés principal de todos los esfuerzos técnicos. No lo olvidéis jamás en medio de vuestros diagramas y de nuestras ecuaciones", dijo un día. Sus intervenciones y sus actos políticos revelan una "intransigencia" de base, un profundo desprecio por toda autoridad erigida sobre el prejuicio, el odio por la violencia y por la intolerancia. En 1910 se definió como un creyente de la religión judía para no correr el peligro de mimetizarse con el ambiente antisemita de la Universidad de Praga; en 1913 aceptó ser nombrado miembro de la Academia de Ciencias bajo la condición de no retomar la ciudadanía alemana. Cuando estalló la primera guerra mundial, en 1914, se niega a firmar el Manifiesto de los científicos alemanes. Con el advenimiento de Hitler y ante las primeras noticias de los grotescos episodios de intolerancia racial puestos en práctica por el nacionalismo, Albert Einstein , que se disponía a retornar a Europa luego de un período de estudio en California , toma la decisión de no volver a Alemania , de no volver a poner ni siquiera los pies en su casa . Apenas llega a Europa, precisa los motivos de su decisión . "Hasta que me sea posible residiré en países en los que reine para todos los ciudadanos la libertad política , la tolerancia y la igualdad frente a las leyes. Por libertad política se entiende la posibilidad de poder expresar verbalmente y por escrito las propias convicciones políticas; por tolerancia, el respeto a las convicciones de cada individuo. Actualmente tales condiciones no se dan en Alemania, allí se persigue a aquellos que son especialmente beneméritos para los intereses internacionales y , entre ellos, a algunos eminentes artistas. Como los individuos , todo organismo social puede llegar a estar psicológicamente enfermo, especialmente en los momentos en que la existencia se torna dura. Generalmente las naciones sobreviven a las enfermedades de este género ; espero que Alemania se cure pronto y que, en el futuro, hombres como Kant y Goethe no sean sólo homenajeados de tanto en tanto, sino que los principios que se han enseñado se afirmen en la vida pública y en la conciencia general". Estas palabras provocaron la indignación de los nazis. Invitado a dejar la Academia de Ciencias de Prusia, que le reprochaba su toma de posición "contra el pueblo alemán", Einstein no hizo esperar su renuncia. "Las academias tienen, en primer término, la misión de animar y proteger la vida científica de los países. Ahora las sociedades científicas alemanas, por lo que yo sé, han soportado sin protestar que un nutrido número de científicos y estudiantes alemanes, e incluso de profesionales libres con título académico, hayan sido privados de sus medios de sustento y de trabajo en Alemania. No podría pertenecer a una comunidad que, bajo una presión externa, adopta una conducta semejante".

Los aprendices de hechiceros

En el otoño de 1933, Albert Einstein se embarcó definitivamente para los Estados Unidos, donde aceptó la invitación del Instituto de Estudios Superiores de Princeton. Permanecerá en la tranquila ciudad de Nueva Jersey hasta fin de sus días. Será este interés suyo por las vicisitudes de sus semejantes, unido al profundo desprecio por la negación de los valores propia de la dictadura nazi, lo que hacía de este pacifista convencido, de este enemigo declarado de las instituciones militares, el hombre que - aunque indirectamente- convenció a Roosvelt de que aceptara las investigaciones que llevarían a la construcción de la bomba atómica. Lamentará muchas veces "haber apretado el botón" que provocó la caída de la bomba atómica sobre Hiroshima. Repetirá más de una vez él , el hombre sin arrepentimientos, el del rigor moral sin incertidumbres : "Si lo hubiera sabido..." Pero también en esta ocasión preferirá Einstein el camino de la acción al del estéril lamento. Los últimos diez años de su vida son una acalorada y a la vez lúcida toma de posición contra los peligros de la bomba atómica, contra la loca carrera del rearme, contra el absurdo de la guerra fría. Su llamado de atención, pronunciado en 1950 por la televisión norteamericana, durante el debate sobre la bomba H , es un ejemplo típico, en todos los términos, de una dureza sin compromisos y de una limpieza sin miedo : "La bomba de hidrógeno aparece como algo posible , alcanzable en poco tiempo. El presidente Truman ha anunciado que su realización debe ser acelerada . Si este propósito se realiza, el envenenamiento de la atmósfera por medio de la radioactividad y, en consecuencia , la destrucción de toda forma de vida sobre la Tierra entrarán en el dominio de las posibilidades técnicas. Todo parece encadenarse en esta siniestra marcha de los acontecimientos. Cada paso parece como la consecuencia inevitable del que lo precedió. Al término de este camino se perfila cada vez claramente el espectro del aniquilamiento general".

Comprender y hacerse comprender

Muchas veces y en muchos lugares se intentará hacer pasar a este anciano batallador Einstein por "genio" original y singular a quien los años han privado un poco del sentido de la realidad concreta histórica y efectiva. "Es habitual en quienes pueden ser definidos como "hombres prácticos" - amonesta irónicamente Bertrand Russell- condenar como visionario a todo hombre capaz de ver de lejos; nadie es tenido como digno de elevar su voz en el campo de la política , a menos que no haga caso, o ignore, las nueve décimas partes de los hechos pertinentes". Pero sería una mala jugada contra Einstein desembarazarse de él cuando comienza a resultar incómodo. Para ser él mismo, para cultivar su personal disconformismo, que fue la bandera de toda su vida. Einstein alineó las simpatías de muchos, de un lado y del otro de la barricada. Continuó predicando, interviniendo e indisponiéndose con conformistas fáciles desde su retiro de Princeton, meta de visitantes ilustres y de quienes no lo eran tanto. Desde 1945 había renunciado a sus funciones de profesor del Instituto de Estudios Superiores ; poco tiempo después, su lugar fue ocupado por otro hombre amargado, anticonformista, inquieto: Julius Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica. Einstein continuó hasta el fin de sus días en el esfuerzo generoso de comprender y hacerse comprender. Murió en el hospital de Princeton, el 18 de abril de 1955, a las 7 y 15 de la mañana. Nadie recogió sus últimas palabras; la enfermera que lo velaba no entendía alemán.


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