Velas de Shabat

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20 de marzo de 2011

Un juego de vajilla

Con seguridad, incluso antes de haber conocido al Rabino Moshe Feller en 1962, se nos habría considerado judíos activos e incluso comprometidos.

La mayoría de nuestros amigos eran judíos, nuestras familias eran judías, nuestros intereses incluían “temas” judíos y nuestro punto de vista era absolutamente judío. Leíamos los libros publicados por la Jewish Publication Society (Sociedad de Publicaciones Judías), escuchábamos discos judíos, en nuestro hogar atesorábamos reproducciones de pinturas de Chagall y éramos miembros que pagábamos las cuotas de una sinagoga conservadora. Gail era la soprano principal en el coro de la sinagoga y yo uno de los pocos miembros que asistía la mayoría de los viernes de noche, independientemente de qué Bar Mitzvá se estuviera celebrando ese fin de semana. Es posible que también fuéramos sionistas.
Contribuíamos con regularidad al United Jewish Appeal (Keren Hayesod), asistíamos a los picnics de “Farband” y éramos miembros del consejo del Campamento Herzl.

Sin embargo, no recuerdo que antes de conocer al Rabino Feller deliberadamente hiciéramos, o en realidad, dejáramos de hacer algo porque fuera un mandamiento de la Torá. Esos pensamientos en realidad nunca pasaron por mi mente. Íbamos a la sinagoga, encendíamos las velas, comíamos “guefilte fish” y usábamos un talit porque era parte de la tradición, y en realidad una tradición muy agradable. El dejar de hacer estas cosas habría significado algo así como una declaración de negación, de desinterés o de apatía. No tenía interés en negar o en estar desinteresado. No era parte de la imagen que tenía de mí mismo. Por otra parte, no manteníamos la kashrut o dejábamos de manejar el auto en Shabat, o cualquiera de las demás cosas que solíamos hacer. No eran importantes, así de simple. No tenían ningún papel en mi sistema de valores. Es necesario destacar que, a diferencia de lo que sabemos que era la postura de los primeros socialistas o librepensadores judíos, no estábamos protestando o transgrediendo las normas concientemente. Ésas eran declaraciones que no teníamos interés en hacer. Éramos simplemente “buenos judíos americanos” que no queríamos hacer olas. Por supuesto que sabíamos que algunos judíos evitaban la comida que no era kasher y que no manejaban en Shabat. (En ese entonces había notablemente pocos en nuestra ciudad). Y ésas eran sus tradiciones y sus opciones. No pensábamos que estuvieran mal, simplemente ligeramente atrasadas en la escala de la evolución social.

Recordando esos días más sencillos pienso que nuestras vidas reflejaban la característica paradoja del judío laico-moderno: interesado en temas judíos pero básicamente ignorante; activo en círculos judíos pero limitado en su elección; comprometido con la comunidad, familia, profesión y “el pueblo judío”, pero sin conciencia alguna con respecto a la base que informa sobre este compromiso. Y, sobre todo, carente de los conocimientos y experiencia que permiten discriminar entre trascendencia y trivialidad, realidad y falsedad. Debe de haber miles como yo. Y sigue habiendo. Los podemos ver llegar a Israel en grandes cantidades “grupos de liderazgo juvenil” o “misiones informativas de los hechos” o “excursiones sinagogales”. Están demasiado ocupados en obtener fondos como para dedicar mucho tiempo a pensar; están demasiado involucrados con el presente como para investigar sobre el pasado; están demasiado comprometidos con la imagen global como para preocuparse de la supervivencia judía de sus propios hijos, o incluso de ellos mismos.

En realidad, si nosotros mismos no hubiéramos sido parte de este tipo de esquema probablemente no hubiéramos llegado a conocer al Rabino Feller. Me descubrió porque yo era una potencial estrella naciente de la comunidad judía. Él estaba tratando de organizar su primer banquete y quería que mi nombre, al igual que el de otros como yo, figurara en su comité de promotores.

La historia de nuestro primer encuentro ya ha sido relatada muchas veces (incluso fue mencionada en la revista Time) y no hay necesidad de volver a contarla. A primera vista parecía una comedia. Un extraño hombre joven, barbudo y de sombrero negro recuerda, justo antes de la puesta del sol, que no ha pronunciado sus plegarias de la tarde. Sin tener en cuenta que está en mi oficina, que la cita la había solicitado él, y que es él quien está pidiendo un favor, se pone de pie, camina hacia la pared, se ata un cordón negro alrededor de la cintura para luego empezar a murmurar y sacudirse. Nunca olvidaré mi asombro e incomodidad. No sabía ni lo que estaba haciendo ni por qué. No sabía que los judíos rezaban fuera de la sinagoga. No sabía que rezaban en la tarde. No sabía que rezaban en días laborables. ¡Y no sabía cómo alguien podía llegar a rezar sin que hubiera una persona que le anunciara la página correspondiente!

Había muchas cosas que, en ese entonces, no sabía. Pero pude desarrollar un definido interés y un afecto especial por este joven que era tan agradable y tan diferente. Se regía por un conjunto de normas totalmente diferente, tan radical y arcaico simultáneamente. No era solamente que marchara al ritmo de un tambor totalmente distinto, parecía disfrutar de su música más de lo que nosotros disfrutábamos de la nuestra. Pero, por encima de todo, estaba comprometido, era coherente y constante. Podía identificarme con esto. Es una característica hermosa en un mundo de religión laissez-faire y problemática moral.

Poco tiempo después pasamos a ser amigos, su familia y la nuestra. Discutíamos, debatíamos, nos visitábamos y alternábamos socialmente. Gail y yo estábamos impresionados por su sinceridad y genuina calidez, pero todavía seguíamos pensando que eran un anacronismo, los vestigios de un pasado, algo que desentonaba con las realidades y necesidades del mundo norteamericano moderno. No hicimos cambios en nuestro estilo de vida por ellos. En realidad, seguíamos esperando que fueran ellos quienes cambiaran el suyo. A fin de cuentas, casi todos los demás que habían empezado usando barba y sombrero al final habían cambiado.

Si en esos primeros meses trató de influir sobre nosotros, debe de haber sido un esfuerzo muy sutil. Por cierto que no había una presión abierta ni tampoco exigencia alguna. Evidentemente ni el rabino ni su familia venían a comer a nuestra casa. Pero esta conducta no era señal que algo estuviera mal. Eran tan extraños que sus idiosincrasias dietéticas eran lo que menos llamaba la atención. Empezamos a estudiar juntos, pero nuestros avances eran muy lentos. Yo preguntaba demasiado, desafiaba demasiados principios. Sin duda alguna no era un alumno complaciente.

De no haber sido por nuestro viaje a Varsovia esta situación podría haber seguido siendo así por mucho tiempo.

En el verano de 1963 fui invitado a participar, en calidad de miembro de la delegación norteamericana, a una conferencia internacional sobre investigación espacial a llevarse a cabo en Polonia. En las muestras transportadas mediante globos se habían descubierto microorganismos viables en la estratosfera, precisamente en un momento en que el campo de la exobiología estaba demasiado lleno de especulaciones a la vez que carecía de información biológica auténtica. Cualesquiera hayan sido los verdaderos motivos de la invitación, era una oportunidad que no podía dejarse pasar. En 1963 las visitas a Varsovia y a Europa Oriental eran muy poco frecuentes. Desde el final de la guerra algunos de mis colegas profesionales habían estado en Varsovia. Por cierto que ninguno de mis amigos judíos habían visitado esa ciudad.

Gail y yo dejamos a nuestros tres hijos con mis padres en Canadá y volamos a Varsovia. Era una ciudad deprimente. En esos años la ciudad todavía no se había recuperado de la destrucción sufrida en la Segunda Guerra Mundial. La destrucción física era evidente en las pilas de escombros que cubrían amplios espacios de la ciudad. La destrucción emocional era peor. El antisemitismo autóctono polaco que había sido generosamente alimentado por la ocupación alemana estaba ahora siendo nutrido con el odio de los nuevos amos rusos hacia los judíos. Nos contaron que en Varsovia quedaban unos pocos miles de judíos solitarios; un puñado de judíos comunistas, algunos de los cuales llegamos a conocer en la oficina del diario idish; menos de un puñado de ancianos que asistían a servicios religiosos en la única sinagoga que había quedado en pie; varios en el campo del teatro y el resto que había vuelto de los campos después de la guerra y que no querían abandonar a sus muertos y/o sus recuerdos. Habían sobrevivido a la guerra y ahora estaban sobreviviendo a la paz.

Asistimos a una velada de teatro en el Teatro Judío. Era una versión corregida de “Tevie, el lechero” en idish. La única parte remanente del guión escrito por Sholem Aleijem describía la miseria y los pogroms de la época zarista. El resto de la obra hablaba de la promesa de la futura revolución soviética. Tevie ni siquiera era el héroe de la obra. Como podrán imaginarse, el héroe era el yerno de Tevie, Feferl, el revolucionario que en la pieza original era exiliado a Siberia. Todo esto no hacía diferencia. Éramos los únicos espectadores que atendíamos a la representación. El resto del público era un grupo de turistas de Suecia, que escuchaban una traducción simultánea a través de auriculares.

A pesar que ya han pasado veinte años, sigo recordando el escalofrío (estábamos a mediados de junio) que sentimos al caminar por el área donde en el pasado estaba el ghetto. Las paredes y todos los edificios habían sido nivelados. Todavía quedaban allí pilas de piedras y maderas quemadas. Pero se podía ver donde habían terminado las vías del tranvía porque en un tiempo se había levantado allí una pared que las atravesaba. Y, con la ayuda de un mapa que habíamos copiado de información sobre la Shoá, pudimos reconocer las ubicaciones originales de las calles, incluso sus identidades. Pudimos llegar a ubicar el Umschlagge Platz, la calle Mila y el viejo cementerio judío.

Recuerdo haber llorado ante al tumba de I. L. Peretz, el gran escritor judío en cuyo honor había sido nombrada la escuela a la que asistí en Winnipeg. Recuerdo haber llorado frente a los grandes montículos de tierra que cubrían tumbas colectivas sin identificación alguna. Recuerdo haber caminado mucho y llorado mucho. Después de todo, ésta era la herencia judía que yo conocía. De no haber intervenido la suerte de alguien que emigró a tiempo, allí estaba mi hogar o mi tumba. Este era el fin del socialismo idish, del sionismo, que el judaísmo europeo conoció. Me afectó más esta visita a Varsovia de lo que diez años más tarde me afectaría el Memorial de Iad Vashem a la Shoá, en Jerusalén. Este monumento es más hermoso, construido con buen gusto. Es un museo, una lección de historia, un altar, una exhibición antiséptica. Varsovia era la muerte y la aniquilación cultural.

Durante todas estas experiencias me preguntaba cómo la estarían afectando a Gail. Después de todo, yo era producto de la cultura “del Viejo Mundo” de Winnipeg. Ella provenía de la cultura estéril de los templos reformistas del sur de California. Peretz y Sholem Ash y Varsovia eran parte de mi crianza. ¿Cómo la estaba afectando a ella todo esto?

Me enteré un sábado de tarde. Habíamos recibido visitas, un judío polaco y sus dos hijos que habíamos conocido en el cementerio y a quienes habíamos invitado a tomar el té. Nos habían contado que había una escuela judía y queríamos saber más sobre ella. Finalmente surgió que el padre de los chicos quería una ayuda económica. El niño de siete años no sabía nada de judaísmo. El de once orgullosamente recitó la suma total de sus conocimientos judaicos: las cuatro preguntas de la Hagadá de Pésaj. Tomamos el té, le di un obsequio, mi tarjeta comercial y luego se fueron. Fue entonces que nos echamos a llorar. El fin de los siglos de creatividad judía de Varsovia era un niño pequeño que apenas podía tartamudear “Ma Nishtaná”.

Fue entonces que Gail reaccionó. Se sentó en la cama en la que había estado llorando y pronunció las palabras más firmes que le había escuchado decir en los siete años que llevábamos casados. “No sé lo que estás pensando y, en realidad tampoco me importa, pero tomé una decisión. Tan pronto estemos de vuelta en casa le voy a pedir a Moishe que haga que nuestra casa sea un hogar kasher. Somos los únicos que quedamos. No hay nadie más. Si dejamos que se pierda, si no hacemos algo al respecto, si nuestros hijos no tienen conocimientos, no va a haber más judíos. Puedes hacer lo que quieras. Pero nuestra casa va a ser judía”.

Era una proclamación desafiante y ella tenía la intención de llevarla a cabo. Los cuadros, los libros y la música no eran suficientes. Su intención era hacer una transformación orgánica de la casa, de su propia esencia. Además, ella es de las que cumplen. Cuando llegamos de vuelta a Minneapolis, la primera llamada fue al Rabino Feller y él estaba dispuesto a colaborar.

No recuerdo todos los detalles. Pero me acuerdo de la expresión de asombro cuando miró dentro de nuestra heladera por primera vez. Para este joven y tierno hombre, recientemente egresado de la Ieshivá, la definición de no kasher equivalía a una cicatriz en la pleura del animal que había proporcionado la carne; o una gota de leche en cincuenta gotas de caldo de gallina. La visión de un trozo de verdadera carne de cerdo o auténticos frutos del mal debe de haber sido demoledora. Pero, paso a paso “puso orden en la casa”. Nos presentó a un carnicero que vendía productos kasher; nos señaló cómo buscar el emblema de kashrut en los alimentos envasados; pasó horas hirviendo la platería y los utensilios metálicos; supervisó la purificación de nuestro horno con un soplete; la señora Feller le ayudó a Gail a comprar platos nuevos.

Había un tema que lo preocupaba: un costoso juego de vajilla de fina porcelana inglesa que habíamos recibido de regalo de casamiento de mis hermanas, que vivían en Canadá. Era un juego hermoso y, sin duda, una de los objetos más preciosos para nosotros. Gail estaba muy ansiosa por “kasherizar” los platos sumergiéndolos en agua e hirviéndolos. Quería que los usáramos para la cena de Shabat. Estoy seguro que todo el proyecto habría naufragado si en ese momento le hubieran dicho que la única forma para hacer que la fina porcelana se conviertiera en kasher sería rompiéndola. El rabino no tenía valor para destruir nuestra vajilla. O quizás era mejor psicólogo de lo que pensábamos. Cuando encontró esos platos y supo qué comida habíamos servido en ellos sugirió que los guardáramos. “No los usen hasta que pueda hacer la pregunta sobre este tema en Nueva York. Allí debe de haber gente con más experiencia que yo en estos temas”.

Guardamos la vajilla. Cada vez que volvía de un viaje a Nueva York, Gail le preguntaba qué había podido averiguar. Y cada vez el se había “olvidado”. Pero, podía quedarse tranquilo que la próxima vez que fuera a Nueva York se iba a acordar. Mientras tanto “Asegúrense que la vajilla esté en un lugar seguro y no la vayan a usar”.

Esto siguió así durante meses, que luego se convirtieron en años. La vajilla seguía estando en la parte vidriada del aparador, pero no la usábamos. Seguíamos esperando la opinión del experto, opinión que nunca llegaba. De alguna manera la vida siguió, incluso sin poder usar la vajilla Minton Twilight in Grey.

En esos años nos fuimos acercando a los Feller. La transformación que había empezado en la cocina fue pasando lentamente a otras áreas de nuestra vida. El Rabino Feller nos presentó al Rebe de Lubavitch, y empezamos a ser más observantes. Gail dejó de cantar en el coro de la sinagoga; yo empecé a ponerme los tefilín al principio en forma esporádica, después con mayor regularidad. Dejé de manejar en Shabat. Unos meses más tarde también lo hizo Gail. Dejamos de ir a comer a Mc Donald’s. Un Shabat no prendimos la televisión en todo el día. Le compramos un par de tzitzit a nuestro hijo menor. Nos hicimos miembros de otra sinagoga, una que tiene una mejitzá que separa a los hombres de las mujeres. Gail empezó a ir a la mikve (baño ritual). Y así fuimos dando algunos pasos hacia delante; unos pocos hacia atrás; más pasos hacia delante. Años.

Pero la vajilla inglesa seguía a la vista, en el aparador. Hasta que un día, cuando volvía de la universidad, ya no estaba.

Fue después de una serie de abortos espontáneos traumáticos y llenos de tristeza. Daría la impresión que antes de observar la Taharat ha’ mishpajá (las leyes de pureza de familia), no habíamos tenido ninguna dificultad en tener niños normales y saludables. Pero empezamos a tener problemas cuando la mikve se convirtió en un protagonista más de nuestra vida familiar, tres abortos en cuatro años. Gail estaba apenada; yo también estaba apenado. Nuestros amigos nos consolaban. El rabino le enviaba cartas de apoyo a Gail, mensajes personales que hasta hoy en día no he leído. Pero cuando volví a casa ese día especial, Gail me recibió sonriendo nuevamente: “Le vendí la vajilla a Dorothy, nuestra vecina gentil. Con ese dinero me compré este sheitel (peluca). ¿Qué te parece?“

Todo esto sucedió unos quince años atrás. A lo largo de 15 años se pueden comprar y descartar muchos shaitlaj. Nuestras dos hijas mayores crecieron y se casaron. Viven con sus esposos e hijos en Jerusalén. El pequeño completó recientemente sus estudios rabínicos en la Ieshivá de Lubavitch de Montreal. Y llegamos a tener dos niños más, la alegría de nuestra edad mediana. Gail y yo hemos crecido tanto en el plano personal como en el profesional.

Y tenemos otro juego de vajilla de fina porcelana inglesa, que usamos en cada cena de Shabat.

Fuente: Revista Kesher


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