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2 de febrero de 2011

¿Qué son las Mitzvot?

La voz mitzvá, en español, puede ser traducida como precepto, mandamiento u ordenanza.

Mitzvá y sentimientos

Pretender elaborar una posible relación entre las mitzvot y los sentimientos es desde su inicio una tarea destinada al embrollo, puesto que no mucho tiene que ver unas con otros.
Los jajamim contundentemente expresaron (Kidushin 31a; Avoda Zará 3a): "más grande es aquel que cumple las mitzvot por habérsele ordenado, que aquel que las cumple por propia voluntad." Es decir, el acatamiento del "yugo celestial" (la obligación de las mitzvot) es superior a la pasión por realizar buenas obras.
Aquel que realiza buenas acciones (que pueden, y generalmente así es, coincidir con mitzvot) por propio deseo, por imposición de su voluntad, y no por ganancia de diverso tipo (distinción, abaratar impuestos, adormecer la conciencia moral, etc.) sin dudas es un ser humano distinguido y apreciable.
Aquel que realiza virtuosos actos por aceptar las mitzvot, quizás no sienta ningún noble sentimiento, hasta quizás su corazón se conduela, pero es doblemente apreciable.
¿Cómo? ¿Por qué?
Pensemos un instante, ¿qué pasa con las buenas intenciones y los nobles actos, cuando el deseo por realizarlos se esfuma? ¿Adónde huyen la generosidad cuando el corazón se entumece? ¿Qué queda del ‘amor’ y entrega, cuando el terror invade las entrañas? Sin embargo, aquel que fielmente sigue una senda trazada, y no se aparta de ella (más que lo permitido por las marcas de dirección impresas en la misma senda) puede sufrir huracanes de pesar, borrársele la alegría de la vida, vivir lleno de pavor, y sin embargo continuar yendo por el camino correcto. ¿Cuántos judíos soportaron inenarrables torturas a lo largo de los siglos y sin embargo no perdieron su ‘humanidad’? ¿Cuántos fueron inmolados en este siglo, o en el pasado, mientras de sus labios se elevaba la afirmación de Amor hacia el Único H’? ¿Cuántos morían en tanto salvaban a otros, o al menos la llama viva de la Nación? Y (en la mayoría de las ocasiones) no estaban anclados a vacías tradiciones, ni eran esclavos del costumbrismo idiotizante, sino que eran portadores de una certeza, la misma que proclamaron sus antepasados bajo el monte Sinaí, siete semanas tras la Salida de Mitzraim: "Haremos y Escucharemos" ; haremos, primero haremos, cumpliremos las palabras de la Torá, viviremos de acuerdo a las mitzvot, después nos pondremos a filosofar, a rescatar el entendimiento humano de entre los insondables misterios del Eterno. Y, es verdad, muchas personas pueden sostener su integridad moral a pesar de las terribles adversidades, y recordamos a muchos que lo hicieron por ejemplo en la Shoa, pero, ‘pueden’, continúa dependiendo de la voluntad, del carácter de la personalidad, y no de un patrón externo y superior.
En una época en que las opiniones, basadas en nada, son la moneda corriente, el patrón de juicio, puede resultar molesto la afirmación de Jaza"l antes mencionada, pero, así esta dicho, no es imprescindible el sentimiento, ni siquiera la voluntad (aunque en otro lugar en este mismo ensayo vemos otra cosa), lo importante es cumplir con aquello que asumimos como mandatos provenientes del Eterno.
Razonar e investigar es muy útil, a veces, pero siempre insuficiente.
Sentir y emocionarse es útil, a veces, pero siempre insuficiente.
Hacer y cumplir es útil, siempre.
Toda la sensiblería propia de nuestra época es desechable, así como el frío rigor lógico que querían imprimir algunos sabios de la Edad de Oro, si detrás de estas (y por delante) no se encuentra la praxis, la acción que modifica el ambiente en el cual nos movemos.
Pero, es posible que algún romántico aluda el tema diciendo: ¿Acaso no se ordena en la Torá ‘amar’ a Dios, y ‘amar’ al prójimo? Puede parecer una pregunta irreductible para el que no entendiera el significado atribuido al verbo amar. Amar, significa hacer por el otro, ponernos en su lugar, actuar en su beneficio, por él (o Él) y sin mirar los propios réditos; eso es amar para el judío fiel a las mitzvot y a la Torá (al respecto Avot 6:19).
Amar es la pasión por compenetrarse de los sufrimientos del otro, de sus necesidades.
Amar es sentir con el otro, y por el otro, pero, junto al otro.
El amor, desde un punto de vista estrictamente judío, nada tiene que ver con bellas palabras, o sentimientos nobles o caídas de ojos, si estas no aportan a modificar, o al menos interesarse en, la realidad compartida con el otro.
Como evidencia podemos recordar aquel midrash en el cual Hilel resume toda la Torá en una elaboración en formulación negativa del famoso ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo, Yo Soy H’’, que es: "Lo que te es odioso, no se lo hagas a otro; esa es toda la Torá, el resto es comentario. Ahora, ve y estúdialo" (Shabbat 31ª); como vemos, el jefe del judaísmo de aquella época pone el verbo amor en sus reales y materiales términos: amar es no hacer a otro lo que yo percibo que me (lo) puede perjudicar. ¿Hablamos de sentimientos que se vuelan en el viento de las querencias o de práctica concreta de sentir con sentido al otro? Porque, precisamente, se corre el amor del simple sentir al sentido.
Yo amo a otro si busco un sentido a su presencia junto a mi, es decir, si buscamos juntos un sentido a nuestras existencias. Y, tal cual magistralmente enseñara Hilel, toda la Torá es el comentario a este amor, comentario que es obligación la de profundizar en él, pero, otra vez, no para permanecer en las palabras vacuas, sino en las acciones útiles.
Si apreciamos como Rav Aarón HaLeví (‘Sefer HaJinuj’ mitzvá 243) explica la mitzvá de amor al prójimo podemos comprender claramente que la lucha contra el sentimentalismo no es de estos días, sino que lleva ya mucho tiempo desarrollándose, puesto que toda su argumentación se basa en el ‘hacer’ y en el dejar de ‘hacer’ acciones que pueden beneficiar o perjudicar al otro, respectivamente. En cuanto al amor a H’, obviamente que nada de lo que hagamos le es útil e indispensable, pero, El nos creó con Su Amor, nos sostiene con vida por Su Amor (Misericordia es otro de los calificativos habituales para esta manifestación divina), y por Su Amor nos permite amarLo, sobre esto esta dicho (Mejilta de rabí Ishmael 3): "El es compasivo y lleno de gracia, también tú has de ser compasivo y ejercer la gracia". Por amor hay que conseguir llegar al nivel propuesto por Rabán Gamliel (Avot 2:4): "Haz su voluntad como si fuera la tuya para que El haga tu voluntad como si fuera suya. Anula tu voluntad ante la suya..."; anular la propia voluntad, para dejarse adherir a la Voluntad suprema del Creador.
Esa es la meta de las mitzvot, la perfección máxima, merced al amor total.
Ahora, un último detalle; aquel que cumple las mitzvot aunque no esté obligado a hacerlo (niño, sordomudo, no judío, etc.) no peca, sino todo lo contrario, su recompensa es inmensa, sólo que no alcanza el nivel del que las cumple por obligación (según Baba Kama 38b). Y si aún resulta arbitrario y hasta tonto que los jajamim prefirieran el acatamiento a la cariñosa voluntad, sería conveniente releer este capítulo.

Fuente: texto publicado por el Licenciado Yeuda Ribko en la página Darjei Noam.


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