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Ricardo López Göttig

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1966. Es Doctor en Historia (Universidad Karlova de Praga, República Checa), profesor en la Universidad ORT Uruguay y en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires), consejero académico de CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina). Sus artículos de opinión se publican en El País (Madrid), Infobae, La Nación, Perfil y El Cronista (Buenos Aires).

26 de julio de 2018

A 80 años de la Conferencia de Évian.

Con la llegada del nazismo al poder en enero de 1933 en Alemania, comenzó la implantación de un régimen que creía en la “pureza racial” y la supuesta superioridad de los arios.

Los diferentes sectores nacionalistas germanos, marginales al finalizar la primera guerra mundial, coincidían en culpabilizar a los judíos por la derrota en ese conflicto bélico y por los problemas económicos que atravesó Alemania en la posguerra. La demonización colectiva de los judíos no era novedosa en el continente europeo: el antisemitismo tuvo gran difusión en el Imperio Ruso, desde una perspectiva religiosa y mesiánica, pero también en Francia en los sectores que miraban con nostalgia al Antiguo Régimen. No obstante, la característica distintiva del régimen nazi fue el objetivo de implantar una política racial basada en la eugenesia, por lo que fue un antisemitismo y un sistema racista que pretendía fundamentarse en la genética, no en convicciones religiosas. De allí que, en su lógica perversa, el nazismo buscó “purificar” racialmente a los arios estableciendo un sistema normativo que quitó la ciudadanía a los judíos y los hostigó en todos los terrenos para expulsarlos de su territorio. Se trataba de una minoría que había logrado descollar y ascender socialmente durante el siglo XIX, integrándose en los campos de la ciencia, las artes, la economía, la política y las profesiones liberales, aun cuando también había obreros, pequeños comerciantes, empleados y artesanos judíos. Una vida disciplinada y austera, educación rigurosa, hábitos como ordenar el tiempo, mantener la higiene personal y de aprender varios idiomas desde temprana edad, fueron marcando las claves para el desarrollo profesional en un mundo que dejaba de lado la rigidez de los viejos estamentos sociales, para entrar en la modernidad. El sociólogo Max Weber, al analizar la vinculación de la ética protestante con el desarrollo capitalista, advirtió rasgos comunes con los judíos de Europa occidental y central.
Esta minoría de tan sólo el 0,9% se convirtió en el blanco directo de la persecución racial de Adolf Hitler y sus secuaces. Los que pudieron, lograron emigrar hacia Europa occidental, Estados Unidos y Sudamérica. Sin embargo, y a pesar de todas las leyes y restricciones que implementó el régimen nazi, fueron pocos los que huyeron a tiempo de Alemania: cinco años después de que Hitler fuera nombrado canciller, ese 0,9 pasó a ser el 0,7%. Con la anexión de Austria en marzo de 1938 –el Anschluss-, el porcentaje volvió a ser del 0,9%. Era un mundo cada vez más hostil, cerrado, xenófobo y antisemita.
Por iniciativa del presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, tuvo lugar la Conferencia Internacional para la Solución del Problema de los Refugiados, en Évian, Francia, para que 33 naciones democráticas de Europa, del continente americano y el Imperio Británico debatieran cómo resolver el problema de los refugiados judíos. La conferencia atrajo la atención de los medios de prensa, acreditándose unos doscientos periodistas, así como de representantes de entidades judías. Tras desarrollarse entre el 6 y el 15 de julio de 1938, los resultados fueron decepcionantes, porque más allá de las palabras de solidaridad que expresaron muchos delegados, sólo el gobierno de la República Dominicana expresó su deseo de recibir a cien mil refugiados pero que, en la práctica, sólo recibió a pocos centenares. El resto se escudó en excusas como las cuotas de inmigración y el desempleo que padecieron durante la crisis económica mundial.
Lo cierto es que las democracias perdieron la ocasión de demostrar que tenían valores que los diferenciaban netamente de la Alemania nazi, pudiendo salvar miles de vidas que fueron aniquiladas en los ghettos y los campos de exterminio. Ante una situación límite, el salón se llenó de rostros graves y declamaciones cuidadosamente preparadas, pero no hubo acciones concretas. Las víctimas estaban atrapadas, sin posibilidad de fuga, ante la actitud apaciguadora de las potencias europeas. Los países latinoamericanos pusieron trabas a la inmigración judía, que sólo un puñado logró sortear.
En la noche del 9 de noviembre de 1938, la furia del régimen nazi se desató en la Kristallnacht, cuando sus fuerzas paramilitares de las SA y la Hitlerjugend atacaron e incendiaron cientos de propiedades judías en el territorio alemán, iniciando la etapa del uso sin tapujos de la violencia. En esa noche murieron al menos 91 judíos y la GESTAPO y la SS arrestaron a unos treinta mil hombres, en su mayoría detenidos en los campos de concentración de Dachau, Buchenwald y otros. El fracaso de la Conferencia de Évian, ochenta años después, sigue sacudiendo nuestras conciencias.

El autor es Doctor en Historia, escritor y profesor titular en la Universidad de Belgrano.


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