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13 de abril de 2018

Pilar Rahola. Cracovia

“Somos la segunda ciudad después de Varsovia”, nos dice, con orgullo, el taxista que nos recoge en la plaza del Mercado, el centro neurálgico de esta urbe que se remonta al siglo VII.

Cuando subimos al coche, al oír unas palabras en hebreo de mis acompañantes, nos saluda con un shalom entusiasta, y este gesto tan sencillo nos dice quién es. En Cracovia, donde el antisemitismo ha sobrevivido más allá de la destrucción absoluta de la vida judía (un antisemitismo sin judíos), la simpatía por los judíos iden­tifica, automáticamente, a aquellos que tuvieron familia en la resistencia. Y es así como nos explica que su padre tenía grandes amigos judíos del barrio de Kazimierz, que intentó salvar a ­algunos de ellos y que, justamente por sus acciones, fue encarcelado como preso político y estuvo a punto de perder la vida. Remacha la conversación con una demoledora frase que nos sirve de despedida: “En Polonia había quienes amábamos a los judíos”.

Ciertamente, Polonia ha tenido un relato antisemita profundo y secular muy ligado, en su caso, a postulados ­ultracatólicos, pero también tuvo una valiente resistencia a los nazis y hubo po­lacos que se jugaron la vida para ayudar a los judíos. La más icónica, sin duda, Irena Sendler, conocida como el ángel del gueto de y recono­cida como justa entre los justos, no en balde salvó más de dos mil quinientos niños judíos condenados a morir en los campos. O también el farmacéutico ­católico Tadeusz Pankiewicz, que con sus medicamentos gratuitos ayudó a sobrevivir a los judíos del gueto de Cracovia.

Era en Kazimiers donde Schin­dler tenía la fábrica que Steven Spielberg convertiría en mundialmente famosa gracias a La y donde mil doscientos judíos pudieron salvar la vida. Es un hecho, pues, que Polonia tuvo una sólida resistencia a los nazis y fueron muchas las personas que salvaron vidas judías. Pero también es verdad –aunque ahora se intenta negar a base de leyes censoras–, que hubo un antisemitismo anterior al nazismo, cómplice durante la tragedia y que ­todavía pervive. No olvidemos, por ejemplo, el pogromo que sufrieron los pocos supervivientes que volvieron a Cracovia en 1945, después del final de la guerra.

Las cifras son precisas en la magnitud de la tragedia. Antes de la Segunda Guerra Mundial, una cuarta parte de los habitantes de Cracovia eran judíos: 65.000 en una población de 250.000. En el barrio de Kazimierz había escuelas, instituciones, comercios, lugares comunitarios y sinagogas, convertida la zona en uno de los lugares más eminentes de la cultura judía de la Europa central. Con el nazismo, el 90% de los judíos del barrio fueron asesinados y la vida judía desapareció para siempre en Cracovia, como casi en toda Po­lonia. Algunas pocas sinagogas intactas, como la Remuh, son el último vestigio de un tiempo de plenitud, pero son piedras sin vida, testigos de un horror que convirtió en humo siglos de vida judía polaca.

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, dijo, Theodor Adorno. Amén.

Fuente: porisrael.org


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