JAI - El sitio de la Colectividad Judía en Uruguay
Facebook: JAI.Uruguay           Twitter: @JaiUruguay           E-mail: info@jai.com.uy           Web: http://www.jai.com.uy

Ianai Silberstein

B.A en teoría literaria y literatura inglesa por la Universidad de Tel Aviv, egresado en 1981.
Programa de Desarrollo Directivo IEEM 1999
Seminario para Líderes Comunitarios de NorteAmérica en el “Shalom Hartman Institute” en Jerusalém , 2009, 2010, 2011. y 20016
Empresario

Ha desarrollado una intensa actividad comunitaria, ne la la EIHU y Limmud Uruguay

Ahora lleva adelante el blog tumeser.com

29 de marzo de 2018

Los diferentes tipos de hijos en el Seder de Pesaj

Vamos a publicar extraídos de Tumeser.com comentarios sobre los diferentes tipos de hijos de los que habla nuestra tradición.

El hijo que no sabe preguntar

En cuanto a aquél que no sabe cómo preguntar, tú debes iniciarlo, como fuera dicho: Contarás a tu hijo en aquel día diciéndole: ‘es por esto que Adonai hizo por mí cuando salí de Egipto’

Este hijo es el bebé recién llegado a la familia hasta su tercer o cuarto año, o bien es un recién llegado a la mesa de Pesaj que simplemente no sabe preguntar. En suma, ninguno sabe de qué se trata. De alguna manera muy extrema, toda la experiencia de Pesaj es acerca de este hijo: debemos iniciarlo, introducirlo, en el cuento. Aun cuando no hay pregunta, hay una respuesta que dar. Hay algo muy primitivo en este hijo: ¿acaso se nos preguntó si queríamos salir de Egipto? La esclavitud, el estado de estrechez, no habilita las preguntas; por eso debemos ser iniciados. Así, dios nos saca del Egipto de las estrecheces para llevarnos al desierto de las vastedades y generar la ley. Del mismo modo, como “padres” iniciamos a los hijos que no saben la historia y los rituales de Pesaj.

El día que ese hijo que no sabe preguntar, como “menor” de la mesa, haga las cuatro preguntas clásicas, el “MaNishtaná”, y habilite con ellas nuestras respuestas, estará iniciado. Sabremos que nunca olvidará ni la melodía ni la letra. Nada más central a un Seder de Pesaj que las “cuatro preguntas” y el banquete festivo; el resto es pasible de negociación, pero hacer las preguntas a viva voz y canto y comer opíparamente no se cuestionan. Porque la libertad es tanto poder preguntar como poder celebrar; como dice la Hagadá, reclinados en nuestros asientos.

Creo que es muy desafiante pensar al hijo “que no sabe preguntar” no desde dentro, sino desde fuera: el que llega a la mesa de Pesaj por primera, segunda, y por qué no, tercera vez. Así como un niño debe crecer, hablar, y entender antes de preguntar, un recién llegado a la narrativa que compartimos necesita su tiempo para crecer, hablar, y entenderla antes de sumarse genuinamente a la conversación. Precisamente porque fuimos esclavos en la tierra de Egipto es que debemos liberar a cada comensal del yugo de la ignorancia; es nuestra responsabilidad darle la bienvenida, iniciarlo con sabiduría y mesura, y sumarlo en la magia de la narrativa. El tiempo hará el resto. Y si no lo hubiera, si la experiencia fuera única, que sea transformadora; que ese “hijo” que se sentó a nuestra mesa pueda decir, años más tarde, que por una vez al menos, también él fue liberado de Egipto. Con eso, tengo bastante: daieinu.

El hijo “que no sabe preguntar” nos permite volver a lo básico: lo que dios hizo por nosotros liberándonos de la esclavitud. Tal vez no podamos decir, como dijera Hillel, que “el resto es comentario”… pero por cierto que el resto son detalles, anécdotas, canciones, juegos y desafíos, las bendiciones de rigor, y también, comentario. La esencia está en el tránsito entre la esclavitud y la libertad. La tradición nos compele a hacer la pregunta, “qué ha cambiado esta noche de todas las noches”, para que tengamos siempre clara la diferencia entre una y otra. Aunque hayamos nacido libres.

El Hijo Simple


El simple, ¿qué dice? “¿Qué es esto?” (Ex. 13:14). De modo que le dirás: Con mano fuerte nos sacó Adonai de Egipto, de la casa de esclavos

Por su extensión y por su contenido, los dos primeros hijos (el “sabio” y el “malvado”) parecen destinados a ser los protagonistas de la noche de Pesaj: uno por exceso, otro por defecto. Los otros dos hijos, acorde a su ignorancia o aparente insignificancia, ocupan mucho menos espacio y, sobre todo, provocan respuestas mucho menos elaboradas; como si no constituyeran un desafío, podemos “despacharlos” con una frase, sin mayores explicaciones. Ambos hijos carecen de intención moral, a diferencia de sus “hermanos”: uno por simple o ingenuo, el otro porque (todavía, tal vez) no sabe preguntar. Pero como tantas veces en la Torá, en especial en el Pentateuco, lo no dicho puede significar tanto o más que lo dicho.

La pregunta es simple y genérica efectivamente: ¿qué es esto? El hijo “simple” simplemente no entiende, no sabe, no conecta, o está en otra; de pronto dispara: ¿qué es esto? Nada más simple que esta pregunta. Sin embargo, si uno va a la cita de Éxodo, oh sorpresa: esta pregunta está inserta en el capítulo 13 que, entre otros asuntos, trata de la consagración de los hijos primogénitos a dios. La respuesta no se agota en lo que trae la Hagadá, sino que explica el porqué de la consagración. En otras palabras, ese dios que nos sacó de Egipto, de la casa de esclavos, nos está cobrando. Es más: la pregunta del hijo “simple” apunta directamente a la décima, terrible plaga de la muerte de los primogénitos: mueren los egipcios pero no los hijos de Israel. No es solamente porque dios nos sacó de Egipto, sino porque no nos sacrificó como a los egipcios. Por eso celebramos Pesaj con el sacrificio pascual y todo el ritual del Seder.

Poco importa que después del episodio del becerro de oro se instituya la ceremonia del pidión haben, el “rescate” del hijo primogénito. Lo relevante es que el hijo “simple” apunta a un tema nada simple: el pacto. Mientras el hijo “sabio” se regodea en los detalles y el hijo “malvado” se auto-excluye, el hijo “simple” apunta a la esencia del judaísmo: un pacto entre dios y nosotros. Él (dios) nos libera pero nosotros ponemos nuestra parte: en este caso consagramos nuestros primogénitos (sí, sólo varones), más adelante aceptaremos la Torá.

¿Cuál es la diferencia entre este pacto y la esclavitud en Egipto? En el desierto dios nos pone a prueba una y otra vez para luego traernos el alivio: el agua, el maná, las columnas de humo y de fuego… ¿Dónde radica esa libertad de la que tanto se jacta? Allí yace la sabiduría de “los rabinos”, “nuestros sabios de bendita memoria”: el pacto no es ni más ni menos que un acto de empoderamiento. Este es sólo el principio de la historia; con el correr del tiempo y del texto la voz de dios y su presencia será cada vez más distante y será sustituida por las voces de los hombres.

Pero es en esta pregunta del hijo “simple”, muchas veces soslayada, donde yacen algunas de las verdades más conflictivas del judaísmo: la libertad de uno supone el sacrificio de otros (los primogénitos egipcios); la libertad tiene un precio (ahora los primogénitos, luego los preceptos); la libertad nos empodera (dios nos liberó, el camino lo andamos nosotros). Sobre todo, la libertad, tal como la entiende el judaísmo, es un pacto, no una imposición.

Muchas veces, ante actos irracionales, autoritarios, arbitrarios, sesgados, ideologizados, uno quisiera preguntar, como el hijo “simple” en la noche del Seder: “¿qué es esto?” ¿Acaso olvidamos lo básico? Así como en la Hagadá la respuesta es simple, llana, e inequívoca, en tantos otros temas debiéramos adoptar el mismo tono: esto no es correcto. Volvamos entonces al principio del pacto, no sólo con dios, sino entre nosotros los hombres. Nadie es tan simple como el hijo “simple”, nadie se conforma con una respuesta tan axiomática. Conversemos, como nos enseñaron “nuestros sabios de bendita memoria”.

El Hijo Malvado


El malvado, ¿qué dice? “¿Qué es este trabajo para ustedes?”(Ex. 12:26) . ¡Dice “para ustedes”, pero no para él! Al excluirse a sí mismo de la comunidad, ha negado aquello que es fundamental. Tú, por lo tanto, desafílale los dientes y dile: Es por esto que Adonai hizo por mí cuando salí de Egipto (Ex. 13:8); ¡”por mí”, pero no por él! ¡Si él hubiera estado allí, no hubiera sido redimido!”

No cabe duda que estos textos tradicionales que leemos en la Hagadá son antiquísimos: de otro modo no se entendería que el castigo sea la exclusión: “si él hubiera estado allí, no hubiera sido redimido”. En estos tiempos de inclusión irrestricta, ¿cómo excluir un hijo por el mero hecho de no identificarse con una historia? El hijo malvado tiene más de rebelde que de malo, aunque hasta no hace tanto, allá por mi niñez, los que se portaban mal en la escuela eran rebeldes pero se los denominaba, por parte de directores retrógrados, como “malvados” y dignos de exclusión. Probablemente, y tal vez sin darnos cuenta, hasta hoy en día tendemos a excluir a aquel que no se incluye a sí mismo. Algo así como el dicho israelí que reza: “no querés, pues no hace falta”…

Lo curioso es que la tradición nos enseña que todos fueron redimidos, todos salieron de Egipto. De hecho, toda la historia del Éxodo (que no está en la Hagadá sino en la Torá) está plagada de hijos malvados que se auto-excluyen: desde los reclamos a Moshé hasta Koraj, y pasando por el episodio del becerro de oro. Pero así como todos estuvimos al pie del Sinaí recibiendo la Torá (por todas las generaciones), todos fuimos redimidos. El hijo malvado no es producto de los tiempos, es la esencia misma del pueblo desde su fundación.

El hijo malvado es tal vez el mayor desafío la noche del Seder. Acaso quiera ir a mirar TV o leer una revista o, por qué no, un libro: puede ser malvado pero culto. El desafío es cómo se lo incluye, cómo le damos un espacio, el suyo, para redimirse. Quizá no haciendo lo que nosotros decimos, pero sentándose a la mesa. Con un hijo así, yo con eso tengo bastante.

Creo sin embargo que el desafío mayor es el hijo auto-excluido no sólo la noche del Seder sino todas las noches del año. No me refiero al hijo al que no le han contado la historia, por lo cual él no se la contará a sus hijos, y en un par de generaciones esa familia se habrá asimilado. Me refiero al hijo que conoce la historia (de Pesaj para adelante, todo), que hasta puede cargar un nombre inequívocamente hebreo y un apellido inequívocamente judío, y sin embargo cuando habla de judíos y judaísmo usa la tercera voz del plural: ustedes. Él no se considera parte, él no pertenece, él se auto-excluye. Acaso elije: no quiero ser lo que soy ni pertenecer al colectivo donde nací. Rechaza los ritos, ignora las costumbres. En el fondo, en algún lugar de su corazón, hasta los aborrezca.

Ese hijo no sólo me preocupa sino que me asusta. Los peores antisemitas son los judíos. ¿Quiero sentarme con él en la mesa de Pesaj? Por cierto que me sentiré incómodo. Pero las nuevas ideologías alientan la libertad de elección, las igualdades absurdas, y la relatividad de todos los valores. Y si bien ha de haber un judaísmo posmoderno y relativista, el judaísmo es antiguo y normado; a veces adherimos demasiado a su antigüedad y su normativa y nos ahogamos en él; acaso de eso escapa el hijo malvado. Pero también existe un límite donde un hijo, como judío, aunque lleve nuestro apellido, ha dejado de serlo: se ha auto-excluido.

Tomo prestada la parábola cristiana del hijo pródigo: cuando ese hijo quiera volver a la mesa de Pesaj, habrá un lugar para él. De todos modos, él ya fue redimido, amenace lo que amenace el texto hagádico. Porque una vez judío, siempre judío. Mal que nos pese. Si nos pesa, es una pena; si no nos pesa, es un disfrute, como sentarse a la mesa del Seder a contar la historia. Una vez más.

El Hijo Sabio


El Sabio, ¿qué dice? “¿Qué son los testimonios, los estatutos y las leyes que Adonai, nuestro Dios, ordenó a ustedes?” (Deut. 6:20). Tú, a su vez, has de instruirlo en las leyes de Pesaj, hasta la que dice que “no se debe comer postre después de la ofrenda de Pesaj”.

Desde niño mi lectura de la Hagadá queda atrapada en esta oposición entre el hijo “sabio” y el hijo “malvado”, precisamente porque no encuentro tal oposición entre sabiduría y maldad o bondad. El hijo “sabio” puede también ser “malvado” y el “malvado” demuestra no poca capacidad en su planteo. El asunto es la elección de las palabras en el hebreo original, ni hablemos ya de las traducciones. “Jajam” no es sólo sabio, también es inteligente; “rashá” implica también cierta alevosía. De modo que no es tan simple como que un hijo “se las sabe todas” y el otro “se auto-excluye”.

El hijo sabio es el que da “najes” a la familia. Cita la Torá literalmente e interpela, asumiendo que él sí sabe las respuestas a su pregunta. El hijo sabio es el establishment, la obsesión por las formas, las leyes, las normas, el detalle. Representa una forma de judaísmo que hoy llamamos ortodoxa: cómo deben hacerse las cosas. Ante tal demanda, ante tanto conocimiento de su parte, debemos responderle con el mayor detalle, con la norma más recóndita y aparentemente insignificante: cuándo podemos o no comer el postre. ¿Qué podemos enseñarle a este hijo prodigio? Poco, seguramente. Lo imagino no sólo como el hijo sabio sino como el hijo pedante y sabelotodo. Seguramente no será él quien cante las cuatro preguntas del “ma nishtaná” porque sus preguntas son bastante más sofisticadas.

El problema es que a veces el hijo sabio es uno mismo. Aún en nuestro rol como padres, somos hijos “sabios” que interpelamos a nuestros y otros hijos en la costumbres y ritos de la festividad desde nuestra torre de marfil de tradición y, con suerte, conocimiento. Sucede entonces que el Seder es un evento entre unos pocos “sabios” en un extremo de la mesa mientras el resto de los “hijos” esperan el banquete y la búsqueda del “afikomán”. Acaso el desafío es precisamente el que propone el texto con los cuatro hijos: cómo incluir a cada uno de los presentes.

Nunca somos tan sabios como ese hijo que describe la Hagadá. Incluso cuando nos toca liderar el Seder, llevar adelante las lecturas, negociar los pasajes a omitir o incluir (¿quién no negocia la duración de la lectura?), podemos ser simultáneamente cualquiera de los otros tres hijos; e incluso algún otro tipo que la Hagadá no quiso o supo incluir. Vale la pena entonces pensarse un mismo siempre como hijo, y como tal, qué tipo de hijo respecto a la festividad, “los estatutos y las leyes”, y en general, toda la experiencia judía.

En la medida que han pasado los años yo me he convertido más y más en el hijo sabio: no por mis conocimientos, que siguen más afines al hijo simple o al que no sabe preguntar, sino por el rol que he decidido asumir. Soy el hijo sabio porque pregunto acerca de estatutos, leyes, costumbres, significados y relevancia del ritual del Seder. Desde el momento que incluimos una naranja en la Keará de Pesaj nos convertimos en hijos sabios: si “el día que hayan rabinas habrá una naranja en la Keará” como dijo Suzanne Heschel, incluir la naranja es crear una nueva norma(lidad) en el rito y en la vida judía.

De modo que el hijo sabio no es sólo aquel al que le contestamos con un detalle porque todo lo sabe; siendo que es el que pregunta lo más complejo y sofisticado, es también el que puede proponer los nuevos rituales. Todo un desafío.

Fuente: Tumeser.com


Déjanos tu comentario a continuación


    


Envíame una copia a mi correo

Copyright © 2010+         JAI - El sitio de la Colectividad Judía en Uruguay