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1 de marzo de 2018

Desesperados en Gaza

por: Clifford D. May

Gaza lleva mucho tiempo siendo un lugar desdichado, pero se está informando que la situación allí es cada vez más desesperada. Escasea el trabajo, la electricidad va y viene, el agua potable no lo es tanto y las aguas residuales vertidas al Mediterráneo están regresando a las playas de arena blanca.

¿Cómo se ha llegado a esto? He aquí la historia en un párrafo: tras ser gobernado por los otomanos durante siglos y –después– por los británicos durante décadas, en 1948 el territorio pasó a manos egipcias. Los israelíes lo capturaron en 1967, tras una guerra defensiva en la que tomaron también la Margen Occidental a Jordania. En 2005 Israel se retiró de Gaza, creyendo que así podría facilitar la resolución de su conflicto con los palestinos. En su lugar, las dos facciones palestinas predominantes, Hamás y Fatah, se declararon mutuamente la guerra. Al cabo de dos años, se impuso Hamás.

Una portada del New York Times de este mes ha dado voz a las sufrientes masas de Gaza. Las fotos que la acompañan, hábilmente dispuestas, muestran a una mujer mendigando, a comerciantes presos por no pagar sus deudas y a enfermos en hospitales de penoso aspecto.

El jefe de la corresponsalía del NYT en Jerusalén, David M. Halbfinger, concluye que Hamás tiene “pocas opciones” y añade que la que ha usado en tres ocasiones, “ir a la guerra contra Israel con la esperanza de ganarse la solidaridad y después las ayudas internacionales”, “parece de pronto la menos atractiva”.

¿Se han fijado? El New York Times no ve nada alarmante, y desde luego nada criticable, en que los palestinos valoren el “ir a la guerra” contra los israelíes para mejorar su situación económica. ¿Tendría el periódico la misma actitud hacia otros pueblos en cualquier otra parte del mundo?

Fíjense también en lo que no se dice: que Hamás considere renunciar a su objetivo de destruir a Israel; lo que podría, como se dice, “dar una oportunidad a la paz”. Y ya no es que a Halbfinger no se le ocurra esa opción: por lo visto tampoco se le ha pasado por la cabeza a los “expertos sobre Gaza” a los que ha consultado. Nathan Thrall, analista del International Crisis Group, lo dice en términos muy simples: “La propia Hamás tiene pocas formas de mitigar la crisis”.

Solo por diversión, imaginemos que Hamás deja de gastar cientos de millones de dólares (la mayoría provenientes de la ayuda internacional) en construir misiles para lanzarlos contra las ciudades israelíes y de cavar túneles para infiltrar terroristas en Israel, terroristas que acribillen a hombres, mujeres y niños y se lleven rehenes de vuelta a Gaza.

Sigamos imaginando: como respuesta a esa suspensión de las hostilidades, Israel deja de construir un sistema antitúneles subterráneo valorado en mil millones de dólares y se ofrece a gastar esos fondos en ayudar al pueblo gazatí. Con la tecnología puntera de Israel, los gazatíes tendrán pronto el agua potable que necesitan, toda la electricidad que quieran y una red de alcantarillado sin parangón en todo Oriente Medio (excepción hecha del propio Israel).

Y si una nueva guerra entre Hamás e Israel fuera algo improbable en vez de inevitable, ¿No creen que Gaza sería mucho más atractiva para las inversiones generadoras de empleo? Me pregunto si hay sirios y yemeníes que querrían poder disponer de una alternativa así para poder mitigar sus privaciones, mucho peores.

Está bien, basta de imaginar. Sin duda, la mayoría de los “expertos sobre Gaza” consideran esas ideas descabelladas o como mínimo poco realistas. “El desarme de Hamás no parece ser negociable”, escriben David Makovsky y Lia Weiner, del Washington Institute for Near East Policy, en un informe publicado el mes pasado sobre la “situación humanitaria” en Gaza.

Podría terminar aquí esta columna, pero a esta cebolla le queda aún una capa por pelar. Mahmud Abbas es el presidente de la Autoridad Palestina, pero no gobierna sobre los dos millones de gazatíes. No se atreve siquiera a poner un pie allí. Pero descuiden, que está haciendo todo lo que puede para agravar la crisis en la Franja.

Michael Oren, ex embajador en Estados Unidos y actualmente viceministro de Diplomacia Pública de Israel, escribió el otro día:

Recientemente, Abbas recortó un 50% los salarios de los funcionarios de la Autoridad Palestina en Gaza y despidió a miles de ellos. Ha suspendido las prestaciones sociales para las familias de la Franja, recortado en general los presupuestos para el enclave costero, y está intentando restringir de nuevo el suministro eléctrico, a pesar del frío invierno, lo que agrava el sufrimiento de los gazatíes. Y la que tal vez sea la más cruel de sus medidas: también ha suspendido la entrega de medicamentos vitales a Gaza, también para los bebés y los niños, y reducido considerablemente la financiación de la asistencia sanitaria para los gazatíes que reciben atención en Israel.
¿Por qué hace eso Abbas? Porque, como explica Oren, quiere que Hamás empiece otra guerra contra Israel; una guerra que acabaría con una aplastante derrota de Hamás y con su expulsión definitiva de Gaza. Después, Israel “sería acusado de crímenes de guerra y el propio Abbas encabezaría las acusaciones, intentando sacar un doble beneficio: sería alabado por haberle dado el golpe final a Hamás y reverenciado por defender a los palestinos de los sionistas”.

Para evitar que se desarrolle este escenario y evitar que Abbas “luche contra Hamás hasta el último soldado israelí”, Oren sostiene que Israel debería tomar medidas significativas para mitigar la crisis en Gaza, sin esperar nada a cambio.

Menos de una década después de la fundación de Israel, Golda Meir, a la postre cuarta primer ministro del país, dijo célebremente: “La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian”. Los afectos paternales de Hamás no han evolucionado. En cuanto a la atribulada población de Gaza, tal vez no tenga el coraje para desafiar a Hamás: esta sería una explicación esperanzadora.

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies (FDD)

fuente: Por Israel


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