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9 de febrero de 2018

A los 30 y con siete hijos, dejó la comunidad ortodoxa y descubrió su sexualidad

Por Pablo Plotkin

Una ex religiosa de Nueva York cuenta cómo cambió su vida desde que un documental reveló su historia, y la dura batalla que afronta para recuperar la custodia de sus hijos

asarte joven. Atender a tu marido. Tener todos los hijos que puedas. Dedicarte a criarlos.

Así puede resumirse el mandato para una chica nacida en la comunidad jasídica de Borough Park, un núcleo de judaísmo ortodoxo en el sudoeste de Brooklyn. Y así era la vida de Etty Ausch hasta hace poco.

Cuando tenía 18 años, los padres le arreglaron su matrimonio. Etty había crecido desconectada de cualquier fuente de información secular, así que al momento de comprometerse ni siquiera había escuchado la palabra "sexo". Como toda novia ortodoxa, asistió a un curso prenupcial en el que le enseñaron, entre otras cosas, los mecanismos básicos del coito. A partir de la noche de bodas en septiembre de 2003, con un marido igualmente inexperto, se abocó a la tarea de procrear, y durante la década siguiente tuvieron siete hijos.

Para esa época, rondando los 30, Etty no tenía dudas de que su matrimonio era un desastre.

Etty y su ex marido cuando se casaron, septiembre de 2003.Etty y su ex marido cuando se casaron, septiembre de 2003.
La chica en la burbuja
Nacida el 10 de abril de 1984, Etty y sus nueve hermanos son hijos de dos pequeños comerciantes de ropas y accesorios para religiosos. Sus abuelos eran inmigrantes húngaros que se instalaron en Brooklyn después de sobrevivir a los nazis. En su casa de la calle 43, en el corazón de Borough Park, Etty creció como una chica típica de la comunidad jasídica, un espacio impenetrable que se consolidó a la sombra traumática del Holocausto.

Etty en 1985, durante su infancia en Borough Park, Brooklyn.Etty en 1985, durante su infancia en Borough Park, Brooklyn.
Etty tiene muy buenos recuerdos de su infancia durante los años 80 y 90. "La comunidad es un ambiente muy seguro y estable cuando sos chico -dice ahora-. La familia es muy importante, así que hacíamos todo en familia, y había muchos momentos de diversión". Asistía a una escuela jasídica para chicas, tenía un montón de amigas y se graduó con honores. Entre los 12 y los 17 años, pasaba los veranos en un campamento religioso en Catskills, en el norte del estado de Nueva York. Esa vida fuera de casa, según recuerda, le permitía ser ella misma, "lejos de la mirada examinadora y crítica" de sus padres, que se habían puesto duros en los años de adolescencia.

El destino de Etty, sin embargo, se suponía que estaba escrito. Se comprometió a los 18, se casó a los 19 y poco después, en 2005, tuvo a la primera de sus siete hijos. Desde la noche de bodas, el sexo para ella fue insoportable, pero no tenía un parámetro para medir lo que sufría, ni alguien con quien hablarlo. "Me mordía los labios hasta que sangraban mientras me ponían de espaldas en medio de la noche para ser penetrada -escribió hace un par de semanas en el sitio Refinery29 -. Y rezaba en silencio para que terminara tan rápido como había empezado". Mientras padecía un cuadro depresivo detonado por el abuso, su marido le dijo algo como: "Hay gente a la que le atrae gente de su mismo sexo. Quizás vos tengas ese problema y podamos solucionarlo".

"Durante un par de años tratamos de solucionarlo con la intervención de la comunidad, lo cual fue horroroso", dice Etty a LA NACION. Ella misma creía que su atracción hacia las mujeres -por entonces sólo en el plano de la fantasía- comportaba algún tipo de trastorno psicológico, así que consultó con varios rabinos a los que también les contaba del abuso que sufría en casa, pero todos le señalaban lo afortunada que era de ser la esposa de un hombre respetable. "En lugar de ver a una mujer que estaba luchando, vieron un problema que debía ser silenciado", dijo ella. Fueron meses de "'terapeutas' sin licencia, medicación psiquiátrica y tratamiento de shock, todo prescrito por un rabino local y administrado con la complicidad de médicos profesionales".

Buscando respuestas a ciegas, comenzó a frecuentar ámbitos seculares fuera de Borough Park. En la librería The Strand de Manhattan descubrió la palabra "gay" en un libro de la autora feminista Audre Lorde, cuya obra comenzó a devorar en esas excursiones furtivas. Al mismo tiempo empezó a ir a las reuniones de Footsteps, una organización que se dedica a contener y orientar a los que dejan la comunidad ultra-ortodoxa de Nueva York. En uno de esos encuentros conoció a Heidi Ewing y Rachel Grady, dos realizadoras que habían dirigido Jesus Camp , un documental de 2006 que mostraba las delirantes técnicas de instrucción de un campamento cristiano para niños. Ewing y Grady querían volver a meterse en los extremos de la religión, esta vez contando la batalla personal que afrontan los poquísimos ortodoxos que se animan a dejar la comunidad de Borough Park.

Era el otoño boreal de 2015 y Etty todavía vestía como ortodoxa, con ropas largas y oscuras y peluca. Estaba en el comienzo de una transición profunda. Lorde le había hecho ver que era posible el amor sensual entre mujeres, y "ya no había vuelta atrás". Después de un par de meses de charlas con las directoras, aceptó participar en lo que sería One of Us, el documental de Netflix que sacó a la luz su historia y la de otros dos miembros de la comunidad que atravesaban procesos similares: Ari Hershkowitz y Luzer Twersky.

Sin embargo, una parte de la historia de Etty, la parte vinculada a su sexualidad, no quedaría en el corte final de la película.


One Of Us - Trailer Netflix :13
De la comunidad al mundo
"Una de las razones por las que quería dejar mi matrimonio era para que la gente de afuera supiera lo que estaba pasando dentro de la comunidad -dice Etty ahora, hablando por videochat desde su nuevo hogar en Connecticut-. Pero a la vez estaba aterrada. Si alguien se daba cuenta de que estaba participando de un documental, iba a ser horrible para mí".

Su condición fue que no se viera su cara. Durante la primera mitad del largometraje, entonces, la figura de Etty aparece en sombras, casi fantasmal mientras camina por las calles de Nueva York o se refugia en la oscuridad de un departamento, con las amenazas de su ex marido filtrándose del otro lado del teléfono. Hasta que, en una escena que parte la historia al medio, Etty se saca la peluca y la cámara devela sus rasgos por primera vez.

Más allá del gesto cinematográfico, Etty estaba viviendo el proceso en tiempo real. Cuando comenzó la filmación cursaba la primera etapa de la separación, y durante el primer año post-divorcio (2015-2016) sus hijos seguían con ella. Sin embargo, a medida que su secularización se volvía evidente, la comunidad cerró filas para evitar que esos siete niños se alejaran del judaísmo ultra-ortodoxo. Algunos de los mejores abogados de Nueva York trabajaron para sacarle la custodia a Etty, que apenas podía hacer pie, sin formación, dinero ni contactos fuera de la comunidad. Basándose en el principio jurídico del status quo -que prevé que, en un divorcio, se debe preservar el estilo de vida de los hijos-, el juez Eric I. Prus -un judío ortodoxo- dictaminó en contra de la madre. "Para ese momento ya no tenía nada que perder -dice Etty-, así que les dije a las directoras que podían mostrar mi cara."

Cuando Netflix estrenó el documental, el 20 de octubre pasado, Etty Ausch acababa de irse de Brooklyn y llevaba un par de años asumiéndose como "una nueva versión" de sí misma. En octubre de 2015 había ido a una reunión de un grupo de apoyo para gays, lesbianas y trans de la colectividad judía. Ahí conoció a Sarah, "la mujer más hermosa que había visto" en su vida. Esa noche besó a una chica por primera vez, y lo que sintió fue tan nuevo y poderoso que parecía reinventarlo todo. Desde ese día Etty y Sarah están de novias.

Etty y su novia SarahEtty y su novia Sarah
La decisión de no incluir en el documental su salida del closet no fue de ella. "Me filmaron en situaciones en las que hubiera sido obvio que soy gay -dice Etty-, pero Netflix decidió sacar esas partes, con el argumento de que la gente iba a simplificar la cuestión y decir: 'Ah, ok, se fue de la comunidad porque es gay'. Me molestó un poco cuando me lo dijeron, y me molestó aun más cuando salió la película, porque sentí que había una parte importante de mi historia que había quedado afuera. Pero bueno, no tenía opción". (Para verificar este punto, LA NACION contactó a las oficinas de Netflix en Estados Unidos a través de sus representantes locales, pero no obtuvo respuesta).

Radicada con Sarah en Connecticut, a 125 kilómetros de Brooklyn, Etty ahora estudia Derecho Criminal y trabaja en una empresa de ropa deportiva para mujeres. A los 33 años, la relación con sus hijos -que viven con familiares en Borough Park- se limita a una comunicación telefónica diaria. "No podría determinar en qué medida ellos entienden la situación -dice Etty-, pero fueron testigos de cosas muy feas que pasaban en nuestro matrimonio. Y también vieron cómo la comunidad supervisaba mis visitas semanales hasta el año pasado. Se me hacía muy difícil. Mi hija mayor, que tiene 12 años, me decía: 'No vale la pena que nos veamos así'. Creo que entienden algo, pero trato de enfocarme en sus cosas, en cómo están, cómo les va en la escuela, temas de chicos."

Mientras tanto su ex marido, al que se le había dictado una restricción para acercarse a Etty por las denuncias de violencia, los ve cotidianamente. "De lo que pasa dentro de la comunidad nadie se entera -dice ella-. Él tiene tarjeta verde, yo tengo la tarjeta roja".

Por lo demás, nadie de su antiguo mundo le dirige la palabra. Ni sus padres, ni sus hermanos, ni sus ex amigas. Se contactó con un par de hermanos que viven en Israel, pensando que al estar "lejos del lío" podrían ser más comprensivos. "Me dijeron que no tenían permitido hablarme -dice Etty-. Funcionan en bloque. Si la decisión es no hablarme, no me va a hablar nadie".

La parte de la religión
En los comentarios del público, la crítica más repetida sobre One of Us es que no muestra los aspectos positivos de la comunidad jasídica, más allá de un desfile callejero en una festividad. Sobre eso, Etty dice: "Es algo que estaba todo el tiempo en la conversación de las directoras, porque ellas querían hacer una película equilibrada. El problema es que la comunidad no permite el ingreso de cámaras. Claro que hay cosas hermosas en la comunidad, pero ellos no dejan mostrarlo".

En una escena, la coordinadora de Footsteps Chani Getter le dice a Etty que la comunidad se organizó como un mecanismo de supervivencia después del Holocausto. Etty no acuerda del todo. "Es cierto que había una idea de conformar un grupo fuerte de sobrevivientes, pero creo que la manera en que se estructuró esta comunidad responde a muchos factores. Antes del Holocausto estaba el movimiento reformista, ahora se sienten amenazados por los que quieren dejar la comunidad. El Holocausto puede ser una de las razones, pero creo que hay muchas otras. Para formar un círculo tan cerrado en el centro mundial de la modernidad tiene que haber más de una razón".

Etty con Luzer Twersky, que dejó la comunidad ortodoxa para ser actor. También aparece retratado en el documental One of Us.Etty con Luzer Twersky, que dejó la comunidad ortodoxa para ser actor. También aparece retratado en el documental One of Us.
Hoy Etty se considera "más bien agnóstica", pero no está resentida con el judaísmo. "La religión no me lastimó, me lastimó la gente que abusa de la religión. No me lastimó respetar el Shabat o el Kosher, me lastimó la gente que me dijo: 'Es de esta manera o te vas'".

No puede dar muchos detalles de su situación judicial, porque la causa por la custodia todavía está abierta, aunque un caso reciente le da una pequeña esperanza. Chavie Weisberger atravesó un proceso personal casi idéntico al de Etty, y el mismo juez Prus le quitó la tenencia. Sin embargo, su apelación llegó a la Corte del Estado de Nueva York, que dictaminó que la religión no puede considerarse status quo, y Chavie recuperó la custodia. "Si mi caso hubiera ocurrido después de la apelación de Weisberger, yo no estaría en este lugar -dice Etty-. Ahora estoy esperando la revisión. No creo que me devuelvan la custodia, pero el juez va a tener que ser más cuidadoso al momento de usar la religión como status quo".

Mientras tanto, intenta enfocarse en sus cosas. "Quiero trabajar en justicia criminal, colaborar con las minorías, quiero aplicar a becas. Tengo tanto por hacer. Puede parecer muy normal, pero para mí todo esto es muy novedoso y raro, porque hasta hace poco mi vida era atender a mi marido y cuidar a mis hijos, y ahora me dedico a hacer cosas que quiero yo. Por primera vez soy un individuo. Es muy diferente y muy gratificante, y a la vez hay mucho dolor y sensación de injusticia por todo lo que pasó, por no tener a mis hijos conmigo. Quiero terminar de asentarme, tener un trabajo estable. Los chicos irán creciendo y espero que en algún momento puedan entender todo esto por lo que pasó su madre, y que volvamos a estar juntos."

¿Fue más difícil de lo que imaginaba, salir de la comunidad? "Nunca me había imaginado nada -reconoce Etty-. No tenía expectativas". Tampoco se siente la heroína de una novela de redención, ni exagera las virtudes de esta libertad de costo altísimo. "Hoy puedo disfrutar de experiencias judías seculares -dice-, pero tampoco es que tengo momentos en los que digo 'uy, qué divertido es todo esto, cuánta libertad', porque ante todo sigo siendo una madre de siete hijos. Todavía soy esa chica criada en Borough Park, y eso no se va a ir nunca".

Fuente: lanacion.com.ar


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