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Ricardo López Göttig

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1966. Es Doctor en Historia (Universidad Karlova de Praga, República Checa), profesor en la Universidad ORT Uruguay y en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires), consejero académico de CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina). Sus artículos de opinión se publican en El País (Madrid), Infobae, La Nación, Perfil y El Cronista (Buenos Aires).

7 de febrero de 2018

Polonia y la Shoá

El 1° de septiembre de 1939, las tropas alemanas comenzaron la invasión a Polonia con el pretexto de anexar la ciudad de Danzig y establecer, de ese modo, la comunicación directa entre Alemania y la región de Prusia, separadas por el llamado “corredor polaco”.

El objetivo real de Hitler era la ocupación de Polonia en su totalidad, abriéndole paso hacia la conquista del “espacio vital” (Lebensraum) en Europa oriental, Rusia y Ucrania. Las partes orientales de Polonia fueron ocupadas por el ejército soviético, en virtud de las cláusulas secretas del Pacto Ribbentrop-Molotov, los ministros de Relaciones Exteriores de Alemania y la URSS.
Polonia, como tal, fue borrada de los mapas: la parte invadida por los nazis recibió el nombre de “Gobierno General”, y parte del Oeste polaco fue anexado como territorio del Tercer Reich y repoblado con alemanes procedentes de los países bálticos. Así se iniciaba la política de deportaciones y limpieza étnica. A diferencia de Alemania, en donde sólo había un 0,9% de judíos, en Polonia este número alcanzaba a alrededor del 10%. Ya comenzada la guerra, los judíos de Polonia fueron hacinados en los ghettos de las ciudades. En el territorio denominado “Gobierno General” es donde se instalaron los campos de exterminio, poco tiempo después, al igual que en el territorio soviético invadido a partir de 1941. Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor: nos estremecen con el horror de sus muertos.
¿Por qué distinguimos entre polacos y judíos? De acuerdo a los criterios imperantes en el siglo XX en Polonia y buena parte de Europa oriental, al polaco se le reconocía esta nacionalidad por hablar en lengua polaca y ser católico apostólico romano, lo que netamente lo diferenciaba del alemán prusiano (luterano), del ruso (ortodoxo), y del régimen soviético (ateo). Los judíos, pues, eran considerados como otra nacionalidad y así figuraban en los censos de la época.

El actual gobierno de Polonia ha impulsado y aprobado, en sus dos cámaras legislativas, una ley que prohíbe referirse a los “campos de exterminio polacos”. En rigor, entre 1939 y 1945 no hubo gobierno polaco y la política genocida fue instaurada por la Alemania nazi. Hubo aproximadamente tres millones de polacos que murieron por las políticas de deportación, repoblamiento y asesinato. En los planes del nazismo, en la parte occidental de la URSS habrían de ser exterminados unas treinta millones de personas para dejar espacio a los alemanes que ocuparían el “espacio vital”, en tanto que los eslavos sobrevivientes serían esclavizados en condiciones infrahumanas. Los judíos serían exterminados, sin miramientos.

Ahora bien, la polémica que se ha desatado en torno a la nueva ley en Polonia se refiere a que en forma oblicua aspira a borrar la colaboración que individuos polacos prestaron a la política genocida nazi: ¿debemos olvidar la masacre de Jedwabne de 1941? Es estrictamente cierto que fueron campos de exterminio en territorio polaco, instalados por los nazis; pero también lo es que recibieron la colaboración activa de individuos de diferentes nacionalidades, que adherían a la ideología racista y criminal del nacionalsocialismo alemán. Y la sombra del antisemitismo se prolonga más allá de la guerra: el 4 de julio de 1946, tras una acusación de asesinato ritual, se desató un pogrom en Kielce, en donde fueron asesinados 42 judíos y más de cuarenta resultaron heridos. Luego, en tiempos del socialismo real, se prolongó el antisemitismo tras una nueva máscara: la lucha contra el sionismo y los “cosmopolitas”, siguiendo las instrucciones de Moscú.

Este intento legislativo de borrar lo que demuestra la documentación histórica, para limpiar la conciencia, no es más que un engaño y una trampa. Así como no se puede responsabilizar al Estado polaco por los campos de exterminio, tampoco se debe ignorar la colaboración prestada por personas de su nacionalidad a la política de exterminio. La investigación histórica nos obliga a mostrar todo: las luces y las sombras, las alegrías y los dolores. Las palabras que pueden herir, también son las que pueden sanar: estamos a tiempo.


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Comentarios ...

Susana Bautista Hualde / Hoy,08:57

Interesante publicación. Las palabras finales son el cierre perfecto.

Susana Bautista Hualde / Hoy,08:57

Interesante publicación. Las palabras finales son el cierre perfecto.

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