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14 de noviembre de 2017

Por qué Israel amenazó con acciones militares para salvar a un enemigo

Por Evelyn Gordon

Son muchos los que dan por hecho que Israel es un Estado racista que considera a los miembros de su minoría árabe como ciudadanos de segunda clase. Me pregunto, entonces, cómo explican lo que ocurrió el pasado día 3.

Por tercera vez en dos años, Israel amenazó con acciones militares para frenar un ataque de rebeldes sirios extremistas contra la aldea drusa de Jader. Lo hizo a pesar de que los drusos sirios se han alineado con el régimen de Asad, lo que significa que están alineados con los archienemigos de Israel Irán y Hezbolá; a pesar de que la propia Jader ha sido origen de varios ataques terroristas contra Israel y a pesar de que con dicha intervención Israel se arriesga a enredarse en la guerra civil siria, algo que se ha esforzado en evitar. Y todo porque su propia minoría drusa, preocupada por sus correligionarios del otro lado de la frontera, le pidió que lo hiciera.
Para la mayoría de los israelíes, es lógico y normal que Israel accediera a esa petición. Pero lo cierto es que, aunque Israel siempre se ha sentido en la obligación, como Estado judío, de proteger a los judíos en cualquier lugar, no es ninguna obviedad que deba verse en la misma obligación de proteger a los drusos allende sus fronteras. Amenazar con una acción militar exterior para defender a ciudadanos extranjeros que están de parte de tu peor enemigo sólo porque son correligionarios de una de tus minorías étnicas no es un paso lógico para cualquier país. Y especialmente no es lo lógico en el caso de un país acusado de tratar a los miembros de sus minorías como ciudadanos de segunda.

Por lo tanto, el hecho de que Israel haya actuado repetidas veces para proteger a los drusos sirios dice mucho de su verdadera condición racista. Ahora bien, para entender exactamente lo que pasa, primero es necesario entender la diferencia entre los drusos y los demás árabes israelíes.
Los drusos son étnicamente árabes, y su religión se considera una rama del islam. Pero en su actitud hacia el Estado judío los drusos israelíes difieren notablemente de los árabes musulmanes y cristianos. Todos los varones drusos sirven en el Ejército, mientras que los árabes musulmanes y los cristianos, por lo general, no lo hacen. Es posible encontrar políticos drusos en todos los grandes partidos (salvo en los explícitamente religiosos), y sus pautas de voto no son demasiado diferentes de las de los judíos. En cambio, los demás árabes apoyan generalmente a partidos árabes que son abiertamente hostiles al Estado judío. La abrumadora mayoría de los drusos se identifican como israelíes en vez de como palestinos, mientras que con los demás árabes ocurría lo contrario hasta hace muy poco. Por último, dada su mayor integración, los drusos, lógicamente, se sienten mucho menos discriminados que los demás árabes.

Los drusos se tienen por israelíes que actúan con lealtad hacia el país en todos los ámbitos, así que los israelíes judíos se consideran obligados a mostrarles idéntica lealtad. Por lo tanto, cuando los drusos israelíes (algunos de los cuales tienen familiares en Jader) se preocuparon por lo que podría pasarles a sus hermanos sirios si las milicias extremistas lograban capturar la villa, los judíos israelíes –que comprenden enseguida la preocupación por el destino de unos correligionarios en otro país– estuvieron completamente de acuerdo en que había que hacer algo. De ahí que el Ejército, como ya hizo previamente en otras dos ocasiones, advirtiera a los extremistas de que si no retrocedían serían atacados con aviones y artillería. Y los extremistas, como ya hicieron en las dos ocasiones previas, captaron el mensaje y cesaron su ataque.

Los israelíes judíos se sienten menos comprometidos con los demás árabes israelíes porque estos demuestran mucho menos compromiso con Israel. Lo cual es evidente en el hecho de que se niegan a hacer no sólo el servicio militar –algo que la mayoría de los judíos israelíes podría aceptar a regañadientes–, también el servicio nacional civil en sus propias comunidades, porque les parece inaceptable realizar cualquier cosa que pueda interpretarse como una identificación con el odiado Estado sionista. Es igualmente evidente en su reiterada elección de representantes en la Knéset que, en llamativo contraste con los diputados drusos, se niegan sistemáticamente a condenar el terrorismo palestino y que a veces llegan incluso a defenderlo activamente, lanzan calumnias como la del apartheid y el genocidio contra su propio Gobierno y se ponen de parte de los palestinos y contra Israel en prácticamente cualquier asunto.

Aunque es indudable que en Israel hay prejuicio y discriminación –como en todas las sociedades–, en su mayor parte no se trata de racismo. Más bien, es una respuesta al hecho objetivo de que muchos árabes israelíes demuestran diariamente su desprecio y rechazo al Estado judío. Si bien Israel puede asegurar –y lo hace– igualdad ante la ley a sus ciudadanos árabes, no puede cambiar la naturaleza humana. Y forma parte de la naturaleza humana ser menos generoso y más suspicaz con quienes se alinean abiertamente con tus enemigos que con los que se ponen de tu parte, porque la lealtad es algo bidireccional. De hecho, lo realmente notable es que Israel haya hecho tan grandes esfuerzos para integrar a su minoría árabe a pesar de cómo se comporta ésta.

Como ya he dicho muchas veces, la actitud de los árabes israelíes hacia Israel está cambiando poco a poco. A medida que lo haga, los prejuicios y la discriminación contra los árabes se irán reduciendo, al igual que remitieron los prejuicios y la discriminación contra los drusos. Y no hay mejor prueba de ello que el incidente del viernes 3 en Jader, cuando Israel puso su Ejército al servicio de ciudadanos no judíos de un país enemigo sólo porque sus correligionarios israelíes se lo pidieron.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio


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