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11 de setiembre de 2017

Sionista por accidente

por Esti Peled

Yo era un ferviente partidario de los palestinos cuando llegué a la Universidad de Georgetown en el otoño de 1995 para estudiar una Maestría en Estudios Árabes, o por lo menos así lo creía. Había leído el libro de Thomas Friedman, “De Beirut a Jerusalén” y aceptaba la premisa de que la renuencia de Israel a comprometerse es el principal obstáculo para la paz en el Medio Oriente.

En el Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CCAS) de Georgetown recibí una base sólida de la teoría postcolonial, y la historiografía revisionista de Israel, entre otros temas.

A pesar de sus opiniones radicales, no recuerdo que muchos profesores se preocuparan de mis opiniones en torno al conflicto árabe-israelí, y pocos estaban involucrados en el tipo de activismo universitario que define a los académicos actualmente. Sin embargo, la lista de profesores invitados a la amplia y elegante sala de juntas del Centro era otra historia. Los avisos de eventos anti-Israel en todo el área de Washington, DC, aparecían habitualmente en el tablero de anuncios y decidí asistir a varios de ellos.

Sin embargo, aunque seguía apoyando la causa palestina, la interacción con otros simpatizantes era cada vez más intolerable. Mi inmersión en el movimiento anti-israelí me enfrentó con el antisemitismo entre colegas, principalmente entre los estudiantes europeos y estadounidenses que compartían el mismo enfoque liberal que yo.

Curiosamente, no recuerdo ninguna charla despectiva contra los judíos (aunque sí contra Israel). Incluso algunos estudiantes árabes en Georgetown, hacían todo lo posible para relacionarse con estudiantes y profesores judíos. Los estudiantes occidentales eran los que decían las cosas más terribles.

La gota que derramó el vaso fue cuando llegué con amigos a una manifestación frente a la embajada israelí durante los disturbios del Túnel del Muro Occidental en septiembre de 1996. La multitud entonaba frases como “Bibi y Hitler son iguales, la diferencia está en el nombre” con la ayuda de los organizadores, quienes luego enviaron un correo electrónico a los estudiantes y profesores de del Centro invitando a cualquiera que sintiera que Hitler no era peor que el entonces (y actual) primer ministro israelí Benjamín Netanyahu para acompañarme en una visita al Museo del Holocausto ubicado en el extremo opuesto de la ciudad. Varios estudiantes – incluyendo dos que habían participado en la manifestación – aplaudieron la carta.

Sin embargo, la verdad es que el mayor problema con el movimiento pro-palestino no es el antisemitismo sino los diversos grados de ceguera voluntaria de sus principales defensores al sufrimiento de otros grupos etno-sectarios en la región (particularmente los kurdos y los cristianos) y al sufrimiento palestino a manos de otros villanos que no sean los israelíes, como los que se consideran líderes en la lucha contra el Estado judío. Aquí había más que antisemitismo.

Esta ceguera se debe en gran parte al hecho de que el CCAS y otros departamentos de estudios de Oriente Medio son apoyados por gobiernos árabes.

Luego de alimentar a sus propios ciudadanos con una propaganda que culpa a Israel de todos los males de la región, ahora promueven esta narrativa en el extranjero de manera muy eficaz.

Esto resultó dolorosamente obvio cuando el abogado libanés de derechos humanos Muhammad Mugraby viajó a Estados Unidos en noviembre de 1997 invitado por el Human Rights Watch para una breve gira de conferencias. Como suele suceder con invitados de Oriente Medio, HRW preguntó a CCAS si estaría interesado en escuchar a Mugraby.

Cuando los miembros de la facultad se enteraron de que Mugraby hablaría sobre el secuestro y la incomunicación de los libaneses y palestinos en manos de las fuerzas sirias que entonces ocupaban todo menos una franja del Líbano (con la bendición de la mayoría de los gobiernos árabes y occidentales), la ponencia fue trasladada de la sala de juntas de CCAS a un aula fuera del centro. Ninguno de los profesores estaba presente.

En ese entonces, yo trabajaba en un proyecto para una ONG extremadamente crítica de la política de Israel hacia los palestinos, y llegué a conocer a su director judío estadounidense.

Cuando mencioné el tema de Mugraby, me comentó que un amigo palestino había estado incomunicado durante muchos años en la Siria de Hafez Assad, que entonces tenía más palestinos en sus cárceles que Israel y en condiciones mucho peores.

Entonces, ¿por qué enfocarse en Israel? pregunté.

Junto con el antisemitismo y el dinero, esta idea de Israel como la única opción para los que quieren mejorar el Medio Oriente fue la tercera piedra en lo que se convirtió en una conspiración de silencio sobre cómo funciona la región durante los años noventa.

Los bien intencionados pensaban que la paz entre israelíes y palestinos puede lograrse siempre que Israel haga las concesiones necesarias, y que esto liberaría al mundo árabe-islámico de una serie de otros problemas como presupuestos militares hinchados, intolerancia de la disidencia, extremismo islámico, y más.

¿Por qué abordar cada uno de estos problemas cuando se pueden solucionar de una vez cuando se logre someter a Israel? Veinte años después, el Medio Oriente sufre las consecuencias de esta conspiración de silencio.

No tengo una visión color de rosa de la historia de Israel (ni de ninguna otra nación, incluida la mía). Tampoco doy mucha importancia a los vínculos religiosos y culturales que hacen que muchos israelíes se opongan a concesiones.

Simplemente no me gusta la “teoría del Todo” en lo que respecta a Israel. Los detalles de cuándo y cómo los israelíes y los palestinos resolverán sus diferencias no importan mucho, y en la medida en la que lo hagan, Netanyahu es el menor de los problemas.

Eso me convierte en un sionista de línea dura, según dicen mis amigos liberales. Supongo que sí.

Fuente: enlacejudo.com


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