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3 de setiembre de 2017

REFUGIADOS O INMIGRANTES

Tercera parte

Queridos amigos, en esta oportunidad, nos corresponde analizar la tercera, última y más difícil etapa de Refugiados o Inmigrantes, ya que nos tenemos que remitir a lo que está aconteciendo en estos últimos años, en que, por desgracia para los millones de seres humanos que se han visto sometidos a este problema, se tuvo que esperar que se transformara en un problema para Europa, para que el mundo occidental le prestara atención y se pudiera apreciar la magnitud de la tragedia humanitaria que se está dando aun hoy, en el instante que ustedes me están leyendo.

Efectivamente, se trata de un número no determinado de seres humanos, por desgracia no es exageración al hablar de millones, que deben dejar sus hogares, forzados por la crueldad del entorno y por el inminente peligro que corren sus vidas y de sus familiares, partiendo desamparados, lo que los podría calificar de inmigrantes sin refugio, para transformarse, si tienen suerte, en refugiados, muchas veces por períodos muy cortos, para muy luego y antes de estar preparados, volver a ser migrantes, repudiados adonde quiera que lleguen, agravado todo esto, por cientos de terroristas que, aprovechándose del drama humano que se está viviendo, tratan de filtrarse a objeto de cometer viles actos del más brutal y salvaje terrorismo, sin importarles el daño que le ocasionan, tanto a las víctimas de sus atentados terroristas, así como a los cientos de miles de correligionarios y compatriotas, los cuales, encontrándose en la más espantosa desvalidez, deben sufrir en gran parte por culpa de ellos, el repudio de quienes, en sus inicios estuvieron dispuestos a socorrerlos y ahora, ante esos nefastos elementos infiltrados, terminan por ser rechazados, quedando en el más deplorable abandono.
Todo esto se inicia hace aproximadamente 6 años atrás, con el fenómeno mal llamado “Primavera Árabe” en que de primavera no había nada, pero sí se estaba iniciando el renacer del más despiadado y despótico islamismo extremista.
Desde la creación del Estado de Israel, en 1948, el mundo ha pretendido achacar todos los problemas del Medio Oriente, al conflicto árabe-israelí en sus comienzos y, después de la guerra del 67, en que Israel derrotó rotundamente a los ejércitos de la Liga Árabe y los árabe-palestinos, pasaron a llamarse a sí mismos “palestinos”, al conflicto palestino-israelí. Cuando se inicia la nefasta Primavera Árabe, se agrega el continente africano el que verá desaparecer sus problemas, si los porfiados israelíes, que se niegan a ser bombardeados por los terroristas de Hamás, sin defenderse, comprendan que ellos son el único país en el mundo, al cual se le pretende negar su derecho a defenderse.
Países árabes ven caer sus gobiernos, producto de la Primavera Árabe. En Siria, su tiránico Presidente vitalicio y hereditario, Bashar al Assad, se niega a renunciar y, fortalecido por Irán y Hezbollá en sus inicios y, posteriormente, también por Rusia, da inicio a una masacre inaudita de su propio pueblo. Los organismos internacionales y defensores de los DD.HH., preocupados de investigar y fiscalizar sólo a Israel, no aceptan comprender que Al Assad está violando los más elementales derechos de los sirios, negándose a hacer algo realmente práctico, que habría podido solucionar el problema sirio sin caer en la anarquía libia, luego del asesinato de Gadafi. Cuando se deciden a actuar, ya es tarde, pues el caos ya se impuso.
Miles de sirios se ven obligados a abandonar sus hogares, para salvar sus vidas, ya sea de las tropas gubernamentales como de los múltiples grupúsculos “opositores” al gobierno. Primero se desplazan dentro de Siria, para luego, tratar de llegar a la vecina Turquía. Se ha iniciado así, esta nueva modalidad en que nos enfrentamos a refugiados que no encuentran refugio alguno, transformándose, sin quererlo, en inmigrantes, ya que, al ser rechazados por sus propios compatriotas o por el gobierno turco, al ver copada su capacidad de ayuda, arrancan primero a Grecia y luego, a otros países de Europa, tratando de ingresar por cualquier playa que esté desguarnecida.
Europa ya se encontraba con una población musulmana de más de 50 millones de integrantes, los cuales, fueron inmigrando silenciosa y paulatinamente, repartiéndose en mayores o menores proporciones, acorde a las posibilidades que se iban dando, en la totalidad de países europeos. Por alejarse del tema central, no ahondaremos en el problema que ésta invasión silenciosa estaba provocando, sólo recordaremos que muchos clérigos y estadistas musulmanes, permanente y alegremente, proclamaban que la invasión a “Eurabia” se había iniciado exitosamente, pero los gobiernos europeos no les creían, por lo que ninguno reaccionó oportunamente.
Ahora, miles de inmigrantes empezaron a llegar a las costas europeas y, en sus comienzos, liderados por Alemania y Francia, se les recibió con tal entusiasmo, que rápidamente, se interpretó como una invitación a que más y más de estos refugiados, fueran dejando sus lugares de origen, para acogerse a esta posibilidad de cambiar sus vidas al pasar de sus deplorables condiciones de vida ancestrales, a la realidad de incorporarse al modernismo y ventajas de la vida en Europa.
A no mucho andar, los gobiernos europeos miraron con preocupación la avalancha de inmigrantes que copaban sus capacidades de absorción, compuestas por individuos de las más diversas nacionalidades, que llegaban ya no solicitando, sino que exigiendo tal cantidad de beneficios, que si se satisfacían, no les dejaba recursos para sus propios ciudadanos.
Ya no se trataba sólo de sirios, afganos e iraquíes que huían de sus países para salvar sus vidas. Prácticamente no quedó país del Norte de África que no aportó su cuota de inmigrantes que se volcaban sobre Europa. No se puede desconocer que detrás de estos millones de seres humanos desplazados, en su mayoría había una poderosa justificación de sufrimientos infinitos. El problema fue que, aparte de muchos miles que aprovecharon la coyuntura, arrancando sin que nada hubiera cambiado en su entorno habitual, los distintos grupos yihadistas extremos que se han levantado en toda esa zona, aprovecharon a infiltrar estas mareas humanas, desvirtuando radicalmente el espíritu y la necesidad de ayuda solidaria indispensable, que los gobiernos europeos, en mayor o menor grado, estaban brindando, pero, ante el peligro del riesgo de desproteger su propia seguridad, se vieron obligados a poner trabas a este flujo interminable de seres humanos, huyendo de la miseria, hambre, dolor y desesperanza, provocada por los conflictos que invadieron sus vidas, transformándose sin culpas propias, en despojos humanos dignos de la mayor compasión.
Este problema persiste en la actualidad y, volviendo a nuestro tema central, nos resulta imposible definir si se trata de refugiados o inmigrantes. La prensa ha contribuido enormemente a esta dualidad ya que en sus editoriales e informaciones habituales, mezclan ambos conceptos, posiblemente porque ellos mismos no logran encontrar la calificación adecuada.
Una cosa me queda claro. A las personas que están sufriendo este drama aterrador, poco les interesa si los llaman refugiados o inmigrantes. Lo trágico es que, por culpas que no son de ellos, cada vez van siendo vistos por mayor número de personas, organismos y gobiernos, como terroristas, lo cual, para ellos, resulta dramático, al enfrentar cada día, más obstáculos que les permita rehacer sus vidas, tan dramáticamente alterada por la crueldad humana.

David ben Jaim


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