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9 de agosto de 2017

El Sionismo, Hebrón y la cuestión de la legitimidad

Por Mauricio Wiater

Es conocida una famosa anécdota, en la que John F Dulles, Secretario de Estado del entonces Presidente Eisenhower, habría cuestionado a David Ben Gurión acerca de la existencia de una verdadera identidad judía a nivel mundial.

El Primer Ministro israelí le habría respondido con un desafío: preguntarle a 10 niños americanos acerca de sus orígenes, más precisamente sobre al Mayflower, el barco que unos trescientos años antes había transportado a los primeros inmigrantes separatistas ingleses; si estos niños eran capaces de responder el nombre de quien había sido el capitán de dicho barco, el tiempo que duró la travesía y la comida de la que dispusieron durante el viaje. En contrapartida, hacer el mismo ejercicio con 10 niños judíos de cualquier parte del mundo, preguntarles sobre quién fue el líder de sus ancestros durante la salida de Egipto hace tres mil años, cuánto duró el recorrido y qué comieron durante el mismo.

A los judíos, esta anécdota nos resulta de un inestimable valor a la luz de por lo menos dos aspectos: en primer lugar por ser una efectiva demostración de la innegable existencia de una cultura y tradición común y milenaria y en segundo, porque sintetiza algunas herramientas que nos resultaron imprescindibles durante tantos siglos de adversidad: inteligencia, convicción, y por sobre todo, humor e ironía. Pero al mismo tiempo el repetir la anécdota, implica un aspecto inquietante; y es el hecho de que en realidad, Moisés no existió, y que los hebreos jamás fuimos esclavizados o liberados de Egipto y mucho menos los judíos.

En lo refiere la historia del Antiguo Israel, hasta los años 50s se mantuvo vigente el paradigma historiográfico cristiano, a partir del cual, se asumía como cierta la historicidad del relato bíblico.1 y 2 Albrecht Alt, un eminente teólogo alemán, habría sido el primero en cuestionar dicho relato en 1920, afirmando que los primeros hebreos no habrían conquistado Canaán liderados por Josué, sino que llegado de manera pacífica procedentes de las tierras bajas. Pero es recién a partir de los años 60, en que una nueva generación de historiadores y arqueólogos (principalmente israelíes y norteamericanos) comenzaron a aplicar el más estricto rigor metodológico moderno para el estudio del Antiguo Israel, y es en función del mismo que hoy se conoce con bastante exactitud, el proceso social y político que terminó por conformar al pueblo hebreo primero y al judaísmo después.

La Biblia, en lo que tiene que ver con este proceso histórico, es un compendio de mitos y leyendas. Los mitos, son relatos fantásticos acerca de hechos que jamás ocurrieron, como el de La Creación del Universo, Adán y Eva o el Diluvio Universal. La mayoría de estos mitos proceden de la tradición mesopotámica y fueron incorporados por los primeros judíos probablemente durante el exilio babilónico. Las leyendas por su parte, son relatos fantásticos basados en hechos que efectivamente ocurrieron o que pudieron haber ocurrido y que fueron transmitidos y modificados por la tradición oral y el sincretismo cultural. Es así que tanto la estancia y posterior salida de Egipto, así como la gesta de Josué recogen algunos relatos de la tradición canaanea, que probablemente aludan a sucesos acontecidos no menos de trescientos años antes del origen del pueblo hebreo y más de nueve siglos (novecientos años) de que comenzara la corriente monoteísta que luego derivará en lo que conocemos hoy como judaísmo y cristianismo.

Una cosa son los hechos, y otra cosa es la fe, en función de la cual uno es libre de creer lo que quiera o considere; así como una cosa es la literalidad de los relatos y otra muy diferente el valor espirtual, filosófico, de inspiración o identidad que la Biblia tiene para muchos judíos. Pero en lo que tiene que ver con lo sucesos realmente ocurridos, no hay, desde el punto de vista académico, estudios o elementos que permitan confirmar la versión bíblica ( )( ). Persisten, aunque cada vez menos, infructuosos intentos por demostrar lo indemostrable, o la infundada esperanza de que quizás, nuevos elementos permitan afirmar que la Biblia efectivamente estaba en lo cierto. No va a suceder, no se va a demostrar jamás el éxodo de los judíos a través del desierto, como no se demostrará jamás la resurrección de Jesús, ni el ascenso al cielo de Mahoma, ni el regreso de Osiris desde el fondo del Nilo, o el nacimiento de Hércules, simplemente porque ninguno de estos hechos mencionados ocurrieron jamás.

Hace poco más de un mes la Unesco dio a conocer una polémica declaración acerca de Hebrón. El tema de estas líneas no es la declaración en sí, ni el oprobio de lo que sucede en Hebrón, (oprobio qué les infligimos a los palestinos qué viven ahí y el que nos infligimos nosotros mismos, a nuestras tradiciones y valores más profundos). El tema de estas líneas refiere a nuestra identidad y a los argumentos que utilizamos para defender nuestra legitimidad en Hebrón.

Así como nunca existió Moisés ni el Éxodo, tampoco existieron los patriarcas, y quien o quienes sean que estén sepultados allí (si es que efectivamente hay alguien), nada tiene que ver con ellos. De acuerdo a la datación bíblica, Abraham hubiera vivido cerca del 2,000 AC, es decir, a más de setecientos años de que comenzara un esbozo de lo que serían los hebreos, y no menos de mil quinientos años del inicio del proceso del que derivaría el judaísmo. En otras palabras, de haber existido Abraham, no sólo no fue el primer judío, sino que su relación con el judaísmo tendría la misma diferencia en años que la caída de Roma en el 476 con la del muro de Berlín en 1989.

De todas formas, tal como se afirmaba anteriormente, el detalle de que estos hechos no hayan ocurrido, no resulta óbice para que un número muy importante de judíos, (no sólo religiosos) considere estos lugares como un centro espiritual, de pertenencia o de identidad muy importantes. Es tarea y deber de cualquier gobierno -también del israelí- ser sensible y atento con las tradiciones de sus pueblos y hacer todo lo que esté a su alcance por protegerlas. El asunto es, cómo y en función de qué, legitimiza sus acciones.

Resulta de un anacronismo perturbador que un primer ministro de Israel, el cada vez más impresentable Benjamín Netanyahu, en respuesta a la declaración de la UNESCO, se haya colocado una kipá y leído un pasaje del Génesis. De un tiempo a esta parte, los judíos, nos enorgullecemos casi exclusivamente de nuestro impresionante avance tecnológico, de ser una “Start Up Nation“, y sin embargo, no nos horroriza presenciar una ceremonia tan atávica y primitiva como la de ver a un primer ministro realizando ante cámaras un ritual religioso y pretendiendo legitimar la soberanía de un territorio utilizando como fundamento un pasaje escrito sobre finales de la Edad del Bronce. Parecería que no nos percatamos de que no hay ninguna diferencia esencial entre el fundamento de este discurso con las invocaciones a la voluntad de Alá de Hassan Nasrallah, o del desaparecido Abu Bakr al Baghdadi, ni con el juramento del Presidente de los EE.UU. sobre una Biblia.

Algunos judíos no entendemos, o no queremos aceptar, que cuando planteamos el debate desde el punto de vista doctrinario, el valor de nuestra doctrina es exactamente el mismo que el de la de los demás. Pareciera que seguimos creyendo que nuestra doctrina es de un valor moral o de una legitimidad superior, pero no es así; en el debate doctrinario, es tan legítimo pretender justificar la propiedad de Hebrón en la Biblia, como el reclamo del Islam sobre Jerusalén ya que desde la explanada de la mezquita, Mahoma habría ascendido al cielo. Probablemente, nuestra infundada creencia de superioridad doctrinaria, deviene de la mayor aceptación en Occidente –merced al Cristianismo- de nuestro irascible Yahveh; pero en realidad, la legitimidad a la que deberíamos apelar se sustenta en otros valores occidentales que contribuimos a formar, como nuestro apego a la razón y a la ciencia, al liberalismo en su sentido más amplio, y a los valores republicanos y democráticos como el de la tolerancia, el laicismo, y la igualdad de derechos.

El Sionismo tuvo y tiene razón en por lo menos dos puntos: uno, en que el judaísmo fue – por lo menos en su origen- un movimiento de identidad “nacional“ (si cabe el término para la época) y segundo, en que apelando a las raíces de esa identidad, iba a ser posible reformular una nueva mística nacional necesaria para la construcción de un estado. El desafío de lo anterior, es que nuestras raíces, se retrotraen a una época en las que la identidad nacional, étnica y religiosa, eran todas una misma cosa, eso hace que ciertas definiciones, en especial los elementos que definen la nacionalidad israelí y la identidad judía entren en contradicción y sean anacrónicas con los que se supone deben ser los de una república secular, liberal y moderna.

Sin embargo, igual que otros pueblos y otras culturas, somos un caso único y particular en la historia, por lo que el verdadero problema no son estas contradicciones en sí, sino la forma como las resolvemos. La cuestión parece ser, si pretendemos que el sionismo plantee este debate en cuanto a la lógica de un estado republicano, secular y moderno, o si por el contrario, nos seguiremos refugiando en la doctrina religiosa para seguir definiendo nuestra identidad y otros aspectos fundamentales.

El rumbo y la realidad política y social del actual Israel parecen claros en este aspecto; una coalición de derecha, nacionalista y religiosa ocupa el gobierno desde hace un buen tiempo, y todo indica que lo seguirá haciendo; el tiempo y los índices de crecimiento demográfico apuntan a que esta tendencia no sólo se perpetúe sino que siga aumentando. Para algunos judíos que vivimos dentro y fuera de Israel, el Sionismo enfrenta hoy una nueva y -quizás- su más grave amenaza, la de terminar convertido en un movimiento nacionalista étnico y religioso que termine por dejar en el recuerdo el proyecto secular y liberal al que muchos adherimos.

1 LIVERANI, Mario. “Mas allá de la Biblia. Historia del Antiguo Israel“ Barcelona. Crítica.2005
2 FILKENSTEIN, Israel, SILBERMAN, Neil Asher. “La Biblia desenterrada. Una nueva visión arqueológica del Antiguo Israel y sus Textos Sagrados“Madrid. Siglo XXI. 2011.

Facebook: Mauricio W Cadranel


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