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18 de julio de 2017

Atentado a la AMIA: una trama silenciada

Dos certezas existen a 23 años de la masacre: que volaron la AMIA causando 85 muertos y centenares de heridos, y que la llamada “causa AMIA” fue desde inicio objeto de una orquestada política de encubrimiento proveniente de los más altos estamentos del poder.

Se tiraron sin control los restos de la explosión al borde del Río de la Plata; se omitió preservar la zona del desastre; se perdieron pruebas; se plantaron pistas falsas; se borraron grabaciones telefónicas a sospechosos y se “extraviaron” las transcripciones obrantes tanto en la ex SIDE como en la Policía Federal (algunas, realizadas a diplomáticos iraníes desde antes del atentado); se quemaron cintas de filmaciones; se suspendieron escuchas judiciales y allanamientos sin dar razón; se coaccionó a testigos para que callaran y a otros para que mintieran y, a uno de ellos -el entonces preso Carlos Telleldín- se le compró una declaración falsa por casi medio millón de dólares.

Todo ese coherente accionar no puede sino obedecer a una lógica superior, impuesta por necesidades ajenas a la verdad, que afectan la diplomacia secreta de varios países.

La investigación fue aislada como un evento a-histórico, desconectada de lo que por aquellos años ocurría en nuestro país, y de los otros dos tremendos atentados perpetrados en los mismos ´90: contra la Embajada de Israel en marzo de 1992 y contra la fábrica militar de Río Tercero en noviembre de 1995. Sin embargo, existen vínculos -no profundizados- entre esos bombardeos y el operativo secreto que por entonces articuló el ex presidente Carlos Menem: desde unos meses antes del atentado a la Embajada, y hasta unos meses después del atentado contra la AMIA en julio 1994, una trama clandestina de transferencia de armamento se desarrolló desde el puerto de Buenos Aires hacia los Balcanes. Menem habilitó el trabajo sucio que los Estados Unidos no podían hacer directamente: el contrabando de armas y explosivos a Croacia y a los musulmanes bosnios apoyados y financiados por Irán, emprendimiento que violaba el embargo dispuesto por la ONU para la región.

Mientras se acusa a Irán de haber puesto la bomba, se borraron las pistas de la red de contrabando de armas y explosivos que Irán compartía con Argentina, así como las compras lícitas e ilícitas que realizaba en nuestro país. Se tapó todo y el contrabando continuó. El victimario bien pudo antes haber sido socio.

Lo cierto es que estos intercambios ocultos con países que son acusados de propiciar el terrorismo (y que luego dan lugar a sangrientos “daños colaterales”) tienen historia: a lo largo de la década de los ´80 Estados Unidos e Israel vendieron secretamente armas a Irán en incontables oportunidades, lo que en 1986 generó el escándalo conocido como “Irangate”. Muchas veces, con participación argentina. En ese marco fue que otro 18 de julio, pero de 1981, fue derribado por cazas soviéticos un avión de carga de Transporte Aéreo Rioplatense (TAR) piloteado por el capitán argentino Héctor Cordero, cerca de la entonces triple frontera entre la Unión Soviética, Turquía e Irán. Se supo que era uno de los tantos vuelos de aviones argentinos cargados de armas israelíes para Teherán, pese a que se trató de encubrir.

Las respuestas a tantas intrigas se encuentran en centenares de documentos existentes en fuentes públicas y privadas, del país y del exterior, que esperan una investigación independiente. Ya es hora.

*Horacio Lutzky es abogado, escritor y periodista. Ex vocero de AMIA en un tramo del primer juicio por el atentado. Autor del libro “La Explosión”, de reciente publicación por editorial Sudamericana.

fuente: Clarin


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