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19 de mayo de 2017

Algo está cambiando en Israel

Por Evelyn Gordon

En las ceremonias oficiales para conmemorar el Día de la Independencia de Israel, tanto el presidente del país, Reuven Rivlin, como el de la Knéset, Yuli Edelstein, advirtieron del peligro de rupturas internas en la sociedad. Pero, en realidad, las vísperas del Día de la Independencia trajeron algunas pruebas de que los dos cismas más profundos están poco a poco resolviéndose.

Una prueba de ello la encontramos en una encuesta publicada dos semanas antes del Día de la Independencia, que revelaba que el 74% de los árabes israelíes se sienten “cómodos” en Israel. Es una cifra impresionante para una minoría cuya parentela ha estado en guerra contra su país desde su fundación. Otra prueba el insólito empeño de los jaredíes (judíos ultraortodoxos) por conmemorar el Día de los Caídos, algo que tradicionalmente habían evitado.

La referida encuesta, realizada por el Jewish People Policy Institute, preguntaba por el grado de comodidad que sentía la gente en Israel “siendo ella misma”. Nada menos que un 74% de los árabes encuestados respondieron que se sentían cómodos o muy cómodos, una cifra no demasiado inferior al 88% de judíos que respondieron lo mismo. Esta es claramente una rotunda refutación del discurso cada vez más popular de que Israel es un país racista. Es difícil imaginar a cualquier minoría sintiéndose “cómoda siendo ella misma” si padeciese realmente un racismo implacable. Esto también da testimonio de cómo se esfuerza Israel para que su minoría árabe se sienta cómoda promoviendo la integración, que es lo que la mayoría de árabes quiere, no la asimilación.

La integración significa acceder a la educación y a las oportunidades de trabajo. Y, como he detallado antes, esto es algo que organizaciones tanto gubernamentales como no gubernamentales intentan promover cada vez más. Por poner sólo un ejemplo reciente: entre los 80 bachilleres que construyeron un nanosatélite y lo lanzaron a la Estación Espacial Internacional el mes pasado había estudiantes de la localidad beduina de Hurra. Se trataba de un proyecto internacional cuya versión local había patrocinado la Agencia Espacial de Israel y el Ayuntamiento de Herzliya (Israel, por cierto, fue el único país participante cuyo nanosatélite había sido construido por alumnos de instituto, no de universidad).

La asimilación significa adoptar la cultura, la lengua y la religión de la mayoría. Y, lejos de exigir eso a los israelíes árabes, Israel les ayuda a preservar su identidad, salvo cuando se trata de participar en o defender verbalmente actividades antiisraelíes. La mayoría de los árabes israelíes van a universidades públicas financiadas por el Gobierno donde el árabe es la lengua vehicular, y el currículum incluye historia, literatura y cultura árabes. De manera similar, el Gobierno financia instituciones religiosas musulmanas y cristianas. Y, a diferencia de Europa, Israel no conculca las costumbres religiosas árabes, por ejemplo, imponiendo códigos de vestimenta a los funcionarios o prohibiendo los baños separados por sexos en las instalaciones públicas.

Como he explicado antes, esta tolerancia existe no a pesar sino gracias a la identidad judía de Israel: los judíos israelíes quieren preservar su cultura y religión únicas, en vez de que se disuelvan en el cosmopolitismo occidental, y, por lo tanto, también apoyan el deseo de los árabes de preservar su carácter distintivo. Esta voluntad de facilitar la integración sin asimilación es lo que permite a la mayoría de los árabes israelíes sentirse “cómodos” en Israel, incluso que una mayoría más reducida (el 51%) diga que se siente orgullosa de ser israelí, como mostraba otra encuesta publicada recientemente. En resumen: a pesar de que sigan abundando los extremistas antiisraelíes, la mayoría de los árabes israelíes se están moviendo poco a poco hacia la visión enunciada por el diplomático árabe israelí George Deek:

Podemos estar orgullosos de nuestra identidad y al mismo tiempo vivir como minoría que contribuye a un país que tiene una nacionalidad, una religión y una cultura diferentes a la nuestra. No hay un ejemplo mejor, en mi opinión, que los judíos de Europa, que preservaron su religión y su identidad durante siglos y sin embargo lograron ejercer una profunda influencia sobre el pensamiento moderno europeo, o incluso crearlo.

No menos importante es lo que sucede en la comunidad jaredí. Ya he escrito sobre el creciente número de jaredíes que trabajan, van a la universidad y sirven en el Ejército, en vez de dedicar toda su vida al estudio en la yeshivá. Pero todos estos cambios saludables pueden deberse fácilmente al egoísmo, y no a un deseo de acercamiento al conjunto de la sociedad israelí. En cambio, es imposible que el egoísmo explique el cambio de actitud respecto al Día de los Caídos.

Los jaredíes han solido tener dos problemas con el Día de los Caídos, la víspera del Día de la Independencia. El primero es que es una festividad israelí más que judía, y por lo tanto incómoda para una comunidad cuyos líderes han visto durante mucho tiempo al Estado judío y a su Ejército con suspicacia, incluso con hostilidad. El segundo, que muchos de los rituales del día –como la sirena que convoca a un momento de silencio o las coronas que se depositan sobre las tumbas– fueron importados de una cultura no judía. Los jaredíes, razonablemente, consideran que un Estado judío debería conmemorar la muerte de una manera más judía.

Este año, sin embargo, ha sido notablemente distinto. Aunque los periódicos jaredíes más importantes siguen ignorando el Día de los Caídos, las principales webs y emisoras de radio jaredíes le dedicaron un amplio espacio, incluyendo historias destacadas sobre soldados jaredíes caídos en combate. Todos los miembros de la Knéset, empezando por el partido jaredí más moderado (Shas), comunicaron su asistencia a las ceremonias del Día de los Caídos, y el líder del partido jaredí más extremista (Judaísmo Unido por la Torá) acudió en calidad de representante oficial del Estado a una de esas ceremonias para depositar una corona de flores en un cementerio militar. Antes, la comunidad jaredí habría considerado esto inaceptable; hoy, no plantea ninguna amenaza en absoluto para el futuro político de Yaakov Litzman.

Los jaredíes también organizaron sus propias iniciativas por el Día de los Caídos. Miles de ellos se inscribieron en un proyecto promovido por una destacada web jaredí mediante la cual se estudiarían las 2.711 páginas del Talmud en memoria de los soldados caídos. Otra relevante web jaredí reclutó voluntarios para leer online todo el Libro de los Salmos en memoria de los caídos. Los jaredíes también organizaron ceremonias presenciales del Día de los Caídos en ciudades de todo el país, incluso en el bastión jaredí de Bnei Brak.
Como los árabes israelíes, a los jaredíes no les interesa ser asimilados por la cultura mayoritaria. Y, como en la comunidad árabe, los extremistas antiisraelíes no han desaparecido. Pero, cada vez más, los jaredíes buscan la integración y a la vez mantener su propia cultura, haciendo así su propia contribución diferecial al Estado judío.

Ambos episodios son una excelente noticia para Israel. Y fueron sin duda algo que celebrar el Día de la Independencia.
© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio


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