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17 de marzo de 2017

Europa puede

por Jorge Rozemblum

Nuevamente las encuestas preelectorales han fallado. Lo que se pronosticaba como el inicio de un tsunami europeo de triunfos de los populismos de derecha, se ha saldado con una mejora pírrica en la representatividad en el Parlamento holandés del partido liderado por GeertWilders.

Si bien los resultados lo sitúan como segunda fuerza política en un país con una gran división partidista (y, por ende, una gran capacidad política de diálogo para forjar coaliciones), los números son inferiores incluso a los obtenidos en 2010.

La clave de este inesperado “in-sorpasso” es un cambio de actitud del primer ministro conservador, capaz de priorizar los valores de la democracia (aun cuando no “políticamente correctos”) y la ley, frente a las actitudes autoritarias y desafiantes de un gobierno extranjero, amenazante y vociferante. Un par de días antes, los emisarios del neo-sultán Erdogan ya se habían personado en Alemania e insultado a sus anfitriones. Poco después, otro país al que tampoco se le pueden achacar violaciones de los derechos humanos o civiles (Dinamarca) evitaba también la entrada de otro enviado oficial (nada menos que el primer ministro). Todos ellos venían a vender a los nacionales que se vieron obligados a emigrar las bondades de un referéndum para que el régimen que más gente ha purgado (no sólo de los círculos políticos y militares, también entre periodistas y maestros) en el último año se eternice en el poder.

El aspirante a recomponer el imperio que puso en marcha el primer genocidio moderno (el de más de millón y medio de armenios entre 1915 y 1923, cuya inexistente reprobación mundial animó a Hitler a llevar a cabo su macabro holocausto) se atrevió a insultar a quienes se resistieron a dicho atropello, comparándolos con nazis y fascistas. Tan sólo unos años atrás, en la era de la política de la corrección suicida, nadie se hubiera atrevido a llevarle la contraria. No olvidemos, por ejemplo, que fue el socio elegido por el ex presidente español Zapatero para crear el engendro de la Alianza de Civilizaciones (a la que, por cierto, España sigue aportando fondos y representante).

Holanda ha demostrado algo fundamental: que no estamos condenados a caer en los populismos, sean de derecha o izquierda. Tan sólo hay que saber oír el clamor por la firmeza ante quienes nos insultan, intentan utilizarnos, se aprovechan de los mecanismos legales para delinquir, y actúan escudados en el terror que provocan sus amenazas. Ojalá la firmeza del gobierno holandés, amparado siempre en la legalidad, sirva para demostrar también en otros países lo que todos sabemos: que Europa (y Occidente, en general) no es populista, pero que su paciencia para humillarse ante las mentiras y agresiones tiene un límite. Que, por ejemplo, ya estamos hartos de la ocultación de motivaciones religiosas en ataques terroristas (como los cotidianos atentados con cuchillos o por atropello atribuidos a “perturbados mentales”) por temor a ser acusados de islamófobos; o del chantaje de la “carta blanca” que el presidente turco pretende por custodiar a los inmigrantes en su territorio. A ver si la canciller alemana y especialmente el presidente francés sacan conclusiones y evitan las catástrofes que se auguran para sus próximos comicios. Tampoco es tan difícil, sólo hay que tener la valentía de enfrentarse a los propios fantasmas. Y Europa puede.


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