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17 de marzo de 2017

Feminismo judío

Por Javier Ocaña

Película coral de blanco sentido del humor, con una diversidad de historias familiares en paralelo de evidente poder empático

Que una película en principio tan local como El balcón de las mujeres pueda ejercer de símbolo global de las desigualdades de género demuestra el largo camino que aún queda por recorrer para su destierro total en no pocos ámbitos sociales, políticos y religiosos de medio mundo. Alegoría crítica en forma de comedia dramática sobre la situación de sumisión religiosa en el judaísmo ortodoxo, donde las mujeres ni siquiera pueden compartir la oración con los hombres y lo hacen en un habitáculo separado de la sinagoga, la ópera prima de Emil Ben-Shimon se hace eco de la situación de huida hacia atrás de ciertos cultos, donde algunos de los dirigentes religiosos más jóvenes parecen más retrógrados que sus reformistas antecesores.

Película coral de blanco sentido del humor, con una diversidad de historias familiares en paralelo de evidente poder empático, El balcón de las mujeres aúna bien las situaciones individuales con el retrato común de una comunidad cualquiera; aquí judía, pero también válida para otras religiones o sectores sociales en los que la voz de una autoridad que se sabe con poder y carisma para cambiar las cosas, aunque sea para desplazarlas un par de décadas atrás, incluso un par de siglos atrás, ejerce de motor de arrastre. El guion de Shlomit Nehama, una mujer, aporta cariño mientras huye del trazo grueso, intentando colocar al espectador, sobre todo a su principal objetivo, el judío actual, en situaciones donde deba mirarse al espejo y tenga que decidir si se avergüenza o no de sí mismo. Y la puesta en escena de Ben-Shimon, ágil y trabajada, siempre sabe colocar el foco en la mirada más adecuada de un encuadre plagado de gente.

Que El balcón de las mujeres abogue por la caricia amable y no por el sopapo crítico para despertar conciencias puede ser más o menos criticable, pero lo absolutamente indudable es que mal tienen que ir las cosas en torno a la mirada inquisidora de la ultraortodoxia judía para que las reclamaciones feministas de la película estén dirigidas no a la conquista de nuevos logros sino, al menos, al mantenimiento de un papel de segunda fila y que este no vaya a peor.

Fuente: El País


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