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Federico Martin Gaon

Federico es analista internacional, especializado en Medio Oriente. Su sitio web es federicogaon.com

9 de enero de 2017

El proceso de paz después de Obama

La resolución 2334 del Consejo de Seguridad adoptada el 23 de diciembre es perjudicial para Israel, y ha complicado el prospecto de que las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos vayan a reanudar en el corto plazo.

Aunque queda por verse cómo actuará Estados Unidos de cara a la asunción de Donald Trump –quien ya anunció que revertiría la decisión– lo cierto es que el documento de las Naciones Unidas allana el camino para que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) busque deslegitimar a Israel en los foros internacionales. Esto no es algo nuevo, y de hecho es lo que viene ocurriendo con los esfuerzos diplomáticos de Mahmud Abbas. No obstante, la diferencia estriba en que ahora los palestinos se han anotado una victoria contundente, que cuenta con el peso y apoyo simbólico de las potencias mundiales.

Con esta coyuntura de fondo, la presión internacional contra Israel podría exacerbar; sobre todo en materia de boicots, puesto que la resolución deja la puerta abierta para que los países opten por este tipo de medidas. ¿Qué representa entonces este desarrollo sobre el demacrado proceso de paz? En principio, si bien el proceso de paz propiamente dicho ya estaba paralizado desde hace años, cabe suponer que la arremetida de Barack Obama contra el Estado hebreo tenga un impacto negativo.

En mi columna anterior discutía que, en esencia, más allá de sentar una dura condena contra los asentamientos israelíes en Cisjordania, la resolución “internacionaliza” el conflicto, legitimando la interferencia o mediación de los organismos internacionales en la disputa. Por eso, el documento socava el tradicional ímpetu estadounidense en que las partes resuelvan sus problemas durante negociaciones directas, sin la injerencia no deseada de terceros actores. En este sentido, con su aquiescencia frente a la resolución en cuestión, Obama vino a contradecir un planteo adoptado por sucesivas administraciones. Hasta recién, Washington suscribía ante el mundo a la noción de que los asentamientos israelíes representan un problema político antes que legal. La resolución 2334 viene a sugerir lo contrario, por lo menos en tanto Trump no revierta el rumbo.

Como se ha visto, bajo el liderazgo del primer ministro Benjamín Netanyahu, Israel ha dado a entender que el viraje de Obama le es inaceptable. Para probarlo, el país suspendió temporalmente todo contacto formal con los Estados (de poca monta) que apoyaron la resolución, incluyendo la cancelación de ayuda al desarrollo destinada a Senegal. También se redujo el presupuesto anual para colaborar con las Naciones Unidas. De este modo, el premier lanzó una ofensiva que –a juzgar por lo que se dice en la prensa israelí– resulta tan controversial como la resolución misma. La oposición centrista y laborista aprovechó la oportunidad para echarle la culpa a Netanyahu por el devenir diplomático, citando su intransigencia frente a Obama. De hecho, este fue el mensaje avalado por el vocero de la Casa Blanca, Ben Rhodes, y el secretario de Estado, John Kerry: “Señor primer ministro, se lo advertimos”.

Sin embargo, dejando de lado qué o quién precipitó la resolución, cualquier análisis indica que ningún Gobierno israelí –sea de derecha o de izquierda– aceptaría el documento sin reparo. En efecto, aunque mucho dependerá de lo que suceda durante la gestión de Donald Trump, la decisión del Consejo de Seguridad tiene el potencial de sentar un precedente que preocupa a todo el espectro político israelí. Esto se traduce en la expectativa de mayor presión internacional a corto como a largo plazo, y se ve sobre todo cuando otros países pretenden interceder en el conflicto, sin el visto bueno de Israel.

El ejemplo más actual lo pone Francia, que está determinada a organizar una conferencia de paz el 15 de enero, sin una delegación israelí. Lejos de priorizar que las partes afectadas resuelvan sus diferencias en negociaciones directas, los galos han invitado a representantes de setenta países para tratar la cuestión en París. El evento sigue lo pautado por la reunión organizada a principios de junio, que tampoco recibió el apoyo de Israel, y por ende resultó irrelevante. El hecho de que los países occidentales se ocupen de la cuestión palestina, en el contexto de la situación ucraniana o siria, demuestra que criticar al Estado judío se ha convertido en un acto de relaciones públicas. Es la estrategia por excelencia para intentar apaciguar –evidentemente sin éxito– a la importante comunidad musulmana de Europa hipersensibilizada con los supuestos designios conspirativos del régimen sionista.

Haciendo una proyección a futuro, creo que este escenario, adverso para los israelíes, podría influenciar respuestas distintas. Mucho depende de lo que transcurra en los próximos años, y cómo esté compuesto el Gobierno israelí para entonces. Si la composición del gabinete se mantiene más o menos intacta, entonces el proceso de paz se verá seriamente truncado. Pero lo mismo podría ocurrir con o sin Netanyahu a la cabeza.

Israel con un gobierno derechista

El primer ministro no está ni cerca de ser un “neofacista”, y tampoco pretende “conquistar más espacio vital” como establece Daniel Muchnik. Estas adscripciones sensacionalistas no contribuyen a esclarecer el panorama, sino todo lo contrario. En rigor, Netanyahu es un político ingenioso que sabe leer a su electorado, y hacer los malabares necesarios para seguir en el poder. Entiende que la ciudadanía mira con escepticismo a la ANP, y descree de las soluciones rápidas que no cotejen el entretelón general de Medio Oriente. Como Menachem Begin antes que él, retiene una preocupación primordial hacia la seguridad y continuidad del Estado judío, y se percibe a sí mismo como un eslabón en una historia trascendental. Por otro lado, es cierto que ha explotado políticamente esta etiqueta, juntándose con políticos ciertamente menos pragmáticos que él.

Con un gobierno predominantemente de derecha, es probable que Israel responda a las presiones internacionales con amenazas propias. Bajo Netanyahu, que se autoadjudicó en 2015 la cartera de Exteriores, Israel emprendió un esfuerzo para diversificar sus relaciones, y mejorar los lazos con países fuera de Occidente. Para el desasosiego de los diplomáticos de carrera, el premier dirige el ministerio unilateralmente, a la distancia, y sin hacerse presente. Su lógica política se impuso sobre las convenciones diplomáticas, y como resultado, Israel hace diplomacia con halagos, pero paulatinamente también con reprimendas. Para “Bibi” (como le dicen al líder israelí) el rol del diplomático no difiere mucho de aquel del soldado. Ambos libran una batalla en campos diferentes, pero al fin y al cabo ambos combaten por su país.

Este paradigma significa que Israel intentará castigar a los actores que actúen en su contra en foros internacionales. Por ejemplo, si los palestinos continúan buscando el aislamiento de Israel en las Naciones Unidas, un gabinete derechista podría tomar la decisión de retener el dinero que le corresponde a la ANP. Como Israel cobra los impuestos de los palestinos que viven en Cisjordania, tiene la capacidad de demorar las transferencias monetarias, perjudicando al aparato cívico que opera en los territorios palestinos. Esto fue precisamente lo que ocurrió en marzo de 2015, luego de que Abbas logrará la adhesión de Palestina a la Corte Penal Internacional.

En relación a otros países que no son potencias, Israel podría condicionar la ayuda al desarrollo a recibir avales en los salones internacionales. Aunque en teoría dicha asistencia se supone desinteresada, en la práctica constituye una herramienta diplomática. Tal como ha quedado en evidencia, Netanyahu piensa así. Por eso, a partir de este precedente, es plausible que los likudniks (del partido Likud, derechistas) insistan en condicionar la ayuda a un principio simple: “Si me insultas no te ayudo”.

Más interesante todavía, Israel también tiene un modo de influenciar el voto de otras potencias. El raciocinio sería análogo al empleado con los países en vías de desarrollo, pero la zanahoria vendría dada en una forma mucho más jugosa. Tomaría la forma de licencias o concesiones para explotar las reservas de gas descubiertas cerca de la costa israelí. Esto es algo que ya adelantaba cuando analizaba las relaciones entre Rusia e Israel. En resumen, los yacimientos israelíes despiertan consideraciones de alta relevancia geopolítica. El gas hebreo podría tener un impacto significativo en el mercado energético, permitiéndole a Turquía y a los Estados europeos disminuir su dependencia a los hidrocarburos rusos. No por poco, el prospecto de gas en el Mediterráneo permitió suavizar las relaciones entre israelíes y turcos. Además, se produjo un acercamiento estratégico entre Israel, Chipre y Grecia, que estudian la construcción de un gasoducto para suministrar a Europa. Todo esto apunta a la realización de que Israel es una gallina con huevos de oro; puede repartirlos a discreción.

Israel con un gobierno de centro, centro-izquierda

Ahora bien, si se produce un giro hacia el centro o la centro-izquierda, la posibilidad de que haya nuevas negociaciones –mediante mediación estadounidense– incrementa considerablemente. El cambio de liderazgo en Israel podría incentivar a los palestinos a asumir el riesgo político de negociar directamente. Las apariencias lo son todo en la política, y Mahmud Abbas difícilmente pueda acceder a continuar las charlas de paz si su interlocutor israelí sigue siendo el mismo. Luego de lo que pasó en el Consejo de Seguridad, sentarse con Netanyahu probablemente sea interpretado por el público palestino como una concesión gratuita, sino como un acto de sumisión. En paralelo, si bien “Bibi y Trump están en sintonía el uno con el otro, la llegada de otro premier mejoraría la disposición del Departamento de Estado a invertir en el proceso.

Otro escenario tiene que ver con un planteo que está arraigándose en el lenguaje de la oposición centrista. Se trata de hacer otra retirada unilateral, tal como sucediera en la Franja de Gaza en 2005. Partiendo del supuesto de que los palestinos no están interesados en reconciliarse con la idea de un Estado judío como vecino, a Israel no le quedaría otra opción que demoler los asentamientos más pequeños esparcidos por los territorios palestinos; retirándose a una posición defendible, que no ponga en riesgo la seguridad del Estado.

En cierto punto, el desarrollo de este planteo responde a lo que yo llamo “la posición renegada”, presente en la mayor parte del electorado israelí. Por un lado, las plataformas centristas aprecian que la paz es un imperativo moral irrenunciable, que viene atado al deseo de seguridad. Sin embargo, también se percibe que el liderazgo palestino no está interesado en una paz sincera. Justamente, tras el fracaso de los acuerdos de Oslo, esta lectura de la realidad facilitó la llegada de políticos derechistas. Pero esto no siempre fue un impedimento para la paz. Cabe tener presente que fue Ariel Sharon quién puso en marcha la desconexión israelí de Gaza.

Una retirada unilateral de Cisjordania traería inmensos problemas. Para el Gobierno israelí, la decisión traería un costo económico y político sin precedentes, de modo que la jugada sería sumamente imprudente sin antes verificar o capitalizar el apoyo que pueda provenir desde el exterior. Para generar confianza y asentar que Israel se está moviendo para dar punto final al conflicto, el primer ministro necesitaría la garantías que solo Estados Unidos puede conseguir. Washington tendría que avalar el proyecto, y conseguirle a Israel el consentimiento del mundo sunita, comenzando por Arabia Saudita.

Esto no implica que el liderazgo palestino vaya a estar conforme con esta hipotética desconexión. Por el contrario, si el objetivo de la misma consiste en resolver unilateralmente la disputa territorial, lo más probable es que la ANP no quede satisfecha con las concesiones israelíes. Al caso, Isaac Herzog, el líder del laborismo, ha propuesto construir un muro para delimitar claramente el borde. Volviendo a las premisas, esto es importante porque ningún gobierno israelí estaría dispuesto a desmantelar los grandes bloques de asentamientos, que ya forman parte de un paisaje citadino propiamente dicho. A esto, la posición tradicional de la ANP siempre ha sido maximalista, y por consiguiente ha fallado en acceder a concesiones. Solo el respaldo internacional a la iniciativa israelí, incluyendo el consentimiento de Washington y Riad, podría llegar a suavizar el discurso de la dirigencia palestina.

En conclusión, independientemente de lo que suceda en los próximos años, parece que el prospecto de negociaciones directas se ha visto disminuido. Desde lo personal, tengo la impresión que la resolución 2334 solo ratifica esta tendencia. Antes que facilitar la reanudación de negociaciones, Barack Obama ha logrado encolerizar a los sectores más duros de Israel. Asimismo, es muy temprano para determinar hasta qué punto lo que ocurrió beneficia (o perjudica) a la oposición. Si Netanyahu mantiene su coalición, las elecciones recién ocurrirán en 2019. Así y todo, incluso si la oposición logra desbancar a Netanyahu y formar un Gobierno predominantemente centrista, todavía se mirará a la ANP con mucho escepticismo. Paradójicamente, llama la atención que un político laborista endorse la idea de construir un muro para alcanzar la separación territorial definitiva. En todo caso, es manifiesto que los desafíos son formidables.

Fuente: http://federicogaon.com/


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