Encendido de Velas

Viernes 26/01
Beshalach

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Janet Rudman | Conocer más

Licenciada en Relaciones Internacionales. Analista en Marketing. Lectora intuitiva y voraz. En lo laboral me he desempeñado en tareas variadas. Di clases de Marketing para principiantes, fui la Encargada de la Revista Kesher de Jabad desde el año 2003 al 2010. Editora de Jai Mujer desde abril del 2011.

31 de julio de 2016

Llegada a Manhattan

Nos subimos al taxi en silencio. El taxista era ruso y hablaba poco inglés pero lo suficiente para entendernos. Yo le dije que iba a la 77 y la tercera y Aída le dio un papel con la dirección del Waldorf Astoria.

El tráfico estaba pesado. Eran las ocho de la mañana. La conversación se hizo casi inevitable. Empezó Aída -¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
-Dos semanas. Es la segunda vez que vengo a New York. Tengo muchísimos planes. La última vez vine con mis padres y vos conocés a mamá. No la haces entrar a un museo a no ser que haya un desfile de modas. Ahora voy a ir al Met, al Museo de Historia Natural. Tengo planeado un picnic de domingo a la tarde en Central Park, ¿vos?

-Yo me quedo una semana y después me voy a Miami a encontrarme con mi hermana. Te acordás de ella. Vos la conociste cuando yo cumplí 60. Mushy, vivía en Israel, ahora se fue a Miami. Como hacía diez años que no venía a Nueva York, pensé en aprovechar el viaje y venir.

-¿A comer el famoso sándwich de pastrami que comió Meg Ryan con Billy Crystal en “Cuando Harry conoció a Sally”? Si, te paso mi teléfono y arreglamos. No puede ser una mejor invitación. Yo de todas formas te ubico en el hotel.

Cuando nos internamos en Manhattan, me emocioné, se me caían las lágrimas y ya me importaba muy poco con quién compartía el taxi, solo sabía que en un ratito iba a estar cumpliendo un sueño. Tenía una lista en un post it de cosas que quería hacer que podrían sonar banales pero no lo eran: comer un muffin en Magnolia Bakery, donde se juntaban las chicas de Sex and the City, ir a la tienda de souvenir de CBS para comprarme una remera de Friends, ir a Strand, librería de libros de segunda mano, ver teatro no musical, comer un brunch, entrar a Tiffany y pensar como Holly, la protagonista, que nada malo puede suceder allí.

Saludé a Aída con un beso cuando se bajó del taxi. Todo lo que hablamos en el avión perdió importancia. Yo estaba en Nueva York, me di un pellizco en el brazo, para cerciorarme de que estaba despierta.

Llegué a la casa de mi amiga Debby. Sus tíos se habían ido por tres días y la casa estaba a nuestra disposición. Me estaba esperando con café pronto y un bagel con salmón. Para mí, el bagel era como la Estatua de la Libertad para los inmigrantes cuando llegaban a la isla de Ellis. Mi estadía en Nueva York había sido inagurada de la mejor manera.

Nos quedamos charlando un rato y me fui a dar una ducha. Un placer enorme sentí cuando el agua caliente recorría mi cuerpo. Mi mente se llenó de postales de Nueva York .Hice un revival de las películas de Woody Allen filmadas en esa ciudad y Central Park apareció con sus diferentes colores. Ahora yo estaba allí, no para verlo desde un bus turístico, sino para sentarme y leer un libro en el césped. Quién sabe, tal vez pudiera ver una ardilla paseando.


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