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1 de mayo de 2016

Los Tzitzit de mi Padre

Por Jessica Klein Levenbrown

Cuando era pequeña iba con mi padre a la sinagoga. Uno de los primeros recuerdos es de cuando era tan niña, que aún podía sentarme en la falda de mi padre en el sector de los hombres y compartíamos dos juegos especiales. Al primero lo llamábamos "Encontrar el Alef", la primera letra del alfabeto hebreo.

Puede sonar como algo muy fácil pero créanme que, desde la óptica de una niña de tres o cuatro años, era un enorme desafío sumergirme en ese mar de letras hebreas e ir encontrando cada Alef que había en la página. Lamentablemente, aunque el objetivo de este juego era que me quedara callada tenía un efecto contrario, ya que cada vez que podía encontrar la letra, en tono triunfal gritaba "¡Alef!"

Fue entonces que mi padre ideó el segundo juego, uno mucho más tranquilo. Mi padre me enseñó a trenzar sus tzizit. Supongo que nunca me trenzó mi largo cabello castaño, pero me enseñó a trenzar los flecos que colgaban de su suave y blanco manto de oraciones.

Seguramente te estarás preguntando si todo esto es importante. Por supuesto que un hombre puede hacer una simple trenza ¿y qué tiene de particular que le haya enseñado esta manualidad básica a su única hija? Verás, es que mi padre era un inmigrante.

Hablaba varios idiomas, algunos mejor que otros. No siempre pude entender sus palabras o costumbres. Pero lo que siempre comprendí fueron sus abrazos, la manera en que me hacía cosquillas en el cuello y los caramelos que siempre tenía en su bolsillo. Y, de alguna manera, entendía sus silenciosas instrucciones. Por encima, por debajo, una y otra vez hasta que mis deditos fueron aprendiendo la lección que me daban sus grandes y tiernas manos, y la trenza fue tomando forma.

A medida que fui creciendo, no me acuerdo que me haya enseñado más cosas. Después de todo ¿qué le podía enseñar a una niña que sacaba sobresaliente en la escuela y que quería asistir a una de las ocho universidades más prestigiosas de los Estados Unidos?; que valoraba más su educación secular que cualquier sabiduría popular del viejo mundo que él me hubiera podido transmitir.

Aún así, hoy en día lo que recuerdo de la universidad me parece una enorme imagen borrosa de un conjunto de banalidades intelectuales, si las comparo con las simples lecciones de mi padre: me enseñó a pronunciar el Shemá antes de dormir, y el Modé Aní al despertar. Me enseñó las bendiciones para el pan, el vino, e incluso para algún ocasional whisky. No siempre me acuerdo de pronunciar esas oraciones, pero todas las sé de memoria. Al igual que recuerdo mi número de seguridad social... y mi nombre judío.

Cuando después de una breve enfermedad, a los ochenta y dos años mi padre murió en paz, un hombre de la Jevrá Kadishá vino para preparar el cuerpo según las normas de la ley judía. Me preguntó si mi padre tenía un talit con el que querría ser enterrado, como una especie de mortaja. Le dije que por supuesto, él tenía su talit. En su mesa de luz estaba el gastado sobre de terciopelo que me era tan familiar y, de ahí extraje el viejo y atesorado manto de oraciones.

El hombre de la Jevrá Kadishá, cuyo nombre no recuerdo, pero cuya bondad nunca voy a poder olvidar, me hizo una pregunta que, debido a mi consternación y pena, ni siquiera estaba segura de haber oído bien. Me preguntó si quería quedarme con uno de los tzizit. Me quedé mirándolo sorprendida y casi empecé a reírme por la inesperada sensación de alegría y alivio. "¿Realmente puedo quedarme con uno de los tzizit?", pregunté con sorpresa, porque no creía que las estrictas normas del ritual del entierro judío permitieran este gesto tan sentimental, pero cargado de contenido. Me aseguró que estaba permitido.

Tomé uno de los tzizit y sentí como me tensaba interiormente antes que el hombre lo cortara. En ese momento también se cortó uno de los últimos lazos de mi padre con el mundo terrenal y casi lo sentí como el corte del cordón umbilical de la ligazón entre el padre que había llenado los días de mi vida y el que ahora pasaba a vivir en mi recuerdo. Aún así, al romperse la conexión física, surgió un nuevo vínculo.

Hoy en día, cada vez que toco los tzizit siento que es como si estuviera tocando a mi padre. El cordón trenzado –porque le hice una trenza- es un recuerdo tangible de una de sus lecciones más dulces. En la trenza de sus tzizit están los cordones de su vida, lo temporal entrelazado con lo espiritual, en una especie de unión particular que sigue vigente mucho tiempo después de la partida de su alma. Los tzizit son ahora un marcalibros que llevo en mi libro de oraciones y, al ir pasando las hojas, encuentro los Alef y recuerdo a mi padre, cuya tranquila sabiduría espero honrar cada vez que toco su último regalo.

Fuente: Revista Kesher


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