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9 de junio de 2016

Pez dorado

por Etgar Keret

Jonatan tuvo una brillante idea para un documental. Iría a las casas de la gente, tocaría la puerta, él solo, sin más miembros del equipo de rodaje, con una pequeña cámara, y preguntaría: «Si te encontraras un pez dorado que hablara y te concediera tres deseos, ¿qué es lo que le pedirías?

La gente le respondería y él montaría luego el documental con las respuestas más interesantes. Antes de cada bloque de respuestas, se vería a la persona de pie y sin moverse en la puerta de su casa, y en ese encuadre pondría un subtítulo con el nombre, el estado civil, los ingresos mensuales y puede que incluso el partido por el que vota en las elecciones. Y junto con los deseos, todo el asunto pasaría a ser un estudio que mostraría la distancia que existe entre nuestros sueños y la situación real en la que nuestra sociedad se encuentra.
Se trataba de una idea genial y barata. Para llevarla a la práctica no hacía falta nada más que la presencia del propio Jonatan y la de su cámara. Jonatan estaba seguro de que después de filmar y de montar el documental podría vendérselo sin problemas al Canal 8 o a Yes Docu. Si no como película, sí como unas postales en las que se podría ver cada vez a una persona con sus deseos. Con un poco de suerte, hasta podría conseguir que se interesara algún banco o alguna compañía de teléfonos que quisiera utilizarlo como eslogan. Algo al estilo de «Sueños distintos, deseos distintos, pero un sólo banco. El banco bla, bla, bla, el banco que sueña contigo» o «El banco que cumple tus deseos». Algo así.
Jonatan decidió empezar a trabajar en ello sin dilación. Iría sencillamente casa por casa tocando puertas. En el primer barrio que filmó, la mayoría de los que accedieron a colaborar pidieron cosas relativamente esperadas: salud, amor, una casa más grande. Pero hubo también momentos emocionantes. Una mujer estéril pidió un hijo, un superviviente del Holocausto con el número grabado en el brazo pidió que todos los nazis que todavía vivieran pagaran por sus delitos, y un transexual viejo pidió ser mujer. Y eso sólo en un par de calles del centro de Tel Aviv. Vete tú a saber lo que pediría la gente de las apartadas ciudades en desarrollo, de los asentamientos próximos a la frontera o en los de los territorios ocupados, en los pueblos árabes o en los centros de absorción de inmigrantes. Jonatan sabía que en un proyecto como ése también era muy importante que incluyera desempleados, religiosos, árabes y etíopes. Así que empezó a planear su calendario de visitas: Jaffa, Dimona, Ashdod, Sderot, Taibe. Se quedó mirando los nombres de los lugares que había anotado en el papel. Si conseguía filmar a un árabe que como deseo pidiera la paz, sería lo máximo.
A Sergei Goralick no le gustaba que nadie tocara a su puerta y menos todavía que le hicieran preguntas. En Rusia, cuando él era joven, eso pasaba mucho. Los de la KGB tocaban constantemente a su puerta porque su padre era sionista y prisionero de Sión. Cuando Sergei se mudó a Jaffa la familia le preguntó qué buscaba él en un lugar como aquél, en el que sólo hay drogadictos y árabes. Pero lo bueno de los drogadictos y de los árabes era que no tocaban a su puerta. Y así Sergei se podía levantar cuando todavía era de noche para salir con su barquita al mar, pescar un poco y regresar a casa. Y todo eso, solo. Tranquilamente. Como es debido.
Hasta que un buen día un muchacho con un arete en la oreja y cierto aspecto de homosexual toca a su puerta, bien fuerte, tal y como a Sergei no le gusta, y le dice que quiere hacerle unas preguntas, algo para la televisión. Sergei le hace saber bien claro que no quiere, y hasta le empuja un poco la cámara para que sepa que está hablando en serio. Pero el muchacho insiste. Dice un montón de cosas. A Sergei le cuesta un poco seguirlo, porque su hebreo no es muy bueno. Y el muchacho del arete habla muy rápido y dice que Sergei tiene unas facciones muy duras y que lo quiere para su documental. Sergei sigue empeñado en que no y hasta intenta cerrar la puerta, pero el muchacho es más rápido, se cuela y ya está en la casa de Sergei. Se pone a filmar sin permiso y vuelve a hablar de la cara de Sergei, de que transmite mucho sentimiento. De repente el muchacho ve el pez dorado de Sergei nadando en la jarra grande de cristal, en la cocina, y se pone a gritar:
—¡Un pez dorado! ¡Un pez dorado!
Sergei se pone muy nervioso y le pide que no filme al pez. Le explica que no es más que un pez que se le enganchó en la red. Pero el muchacho del arete sigue filmando y diciendo todo tipo de cosas sobre el pez, como que habla, que hay tres deseos, y hasta alarga la mano hacia la jarra con el pez. En ese instante Sergei se da cuenta de que el muchacho no está allí por la tele, sino que ha ido a quitarle el pez, y antes siquiera de que el cerebro de Sergei Goralik llegue a entender lo que su cuerpo hace, toma la sartén que está sobre la estufa de la cocina y le da al muchacho del arete un buen sartenazo en la cabeza. El muchacho se desploma y la cámara cae con él. La cámara se rompe al dar contra el suelo y la cabeza del muchacho, también. Le sale muchísima sangre de la cabeza y ahora Sergei no sabe qué hacer. Es decir, sabe lo que debería hacer, pero eso podría traerle complicaciones. Porque si llegara al hospital con ese muchacho le preguntarían qué es lo que ha pasado y la cosa podría terminar muy mal.
—No tienes por qué llevarlo al hospital —le dice el pez a Sergei en ruso—, está muerto.
—No es posible que esté muerto —protesta Segei—, si ni siquiera le he dado fuerte.
—El sartenazo no ha sido muy fuerte —está de acuerdo el pez—, pero parece que la cabeza del muchacho era todavía menos fuerte.
—Quería llevarte de aquí con él —dice Sergei.
—No —parece muy seguro el pez—, lo único que quería era filmar cuatro pendejadas para la tele.
—Pero si dijo…
—Pero si dijo… —lo corta en seco el pez—. Lo que pasa es que no lo has entendido. Tu hebreo no es que sea muy bueno.
—¿Y el tuyo sí? —le espeta Sergei con dureza.
—Sí, el mío sí —responde el pez con impaciencia—. Soy un pez mágico. Domino todas las lenguas.
El charco de sangre que hay debajo de la cabeza del chico no hace más que crecer, de modo que Sergei tiene ya que pegarse a la pared de la cocina para no pisarlo.
—Te queda otro deseo más —le recuerda el pez.
—No —dice Sergei moviendo la cabeza de lado a lado—, no puedo gastarlo, quiero guardarlo.
—¿Guardártelo para qué? —le pregunta el pez, pero Sergei no le contesta.
El primer deseo lo usó Sergei cuando a su hermana le detectaron el cáncer. Era cáncer de pulmón, del que no se cura, pero el pez lo solucionó al instante. El segundo deseo lo desperdició hacía ahora cinco años en el hijo de Sveta. El niño era entonces muy pequeñito, no había cumplido ni los tres años, pero los médicos dijeron que tenía algo en la cabeza que no estaba bien. Que iba a ser retrasado. Sveta lloró la noche entera y por la mañana Sergei volvió a su casa y le pidió al pez que arreglara el asunto. Nunca se lo contó a Sveta y al cabo de unos meses ella lo dejó por un policía, un marroquí, uno que tenía un viejo coche americano. Con el corazón Sergei se repetía que no lo había hecho por ella, que sólo lo había hecho por el niño, pero cuando lo pensaba con la cabeza estaba menos seguro de ello y sólo se le venían a la mente todas las demás cosas que habría podido pedir en vez de aquello. El tercer deseo todavía no lo había pedido.
—Puedo devolverlo a la vida —le dice el pez—. Puedo conseguir que el tiempo retroceda hasta el momento antes de que tocara la puerta. No hay ningún problema. Todo lo que tienes que hacer es pedírmelo.
El pez está moviendo la aleta de la cola de lado a lado, un movimiento que Sergei sabe que el pez sólo hace cuando está muy nervioso. También sabe que el pez ya olfatea su libertad. Después del último deseo, a Sergei no le va a quedar más remedio que soltarlo.
—Todo va a estar bien, de verdad —dice Sergei, a medias a sí mismo y a medias al pez—. Lo único que tengo que hacer es limpiar bien todo esto y por la noche, cuando salga a pescar, le ato una piedra y lo tiro al mar. Nadie lo encontrará jamás. Ya está. No pienso desperdiciar en esto un deseo.
—Pero si mataste a una persona, Sergei —le dice el pez—, y tú no eres un asesino. ¿Si no gastas un deseo en esto en qué lo piensas gastar?
Fue en Tira donde Jonatan, finalmente, encontró al árabe que iba a pedir la paz como uno de sus tres deseos. Se llamaba Munir y era un gordo con un bigotazo blanco que salió estupendo ante la cámara porque era muy fotogénico. Resultó muy emotivo el modo en el que formuló el deseo. Mientras lo filmaba, Jonatan sabía ya que aquello iba a impresionar. Lo mismo que el ruso de los tatuajes que encontró en Jaffa, el que había mirado directamente a la cámara y le había dicho que si encontrara un pez dorado que hablara no le pediría nada, sino que se limitaría a ponerlo en un estante en una jarra grande de cristal y se pasaría el día hablando con él, sin importarle de qué. De deporte, de política, de lo que el pez quisiera hablar. De todo. Con tal de no estar solo. F

Traducción de Ana María Bejarano.
Fuente: teecuento.wordpress.com/2012/12/07/dos-cuentos-de-etgar-keret/


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