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17 de abril de 2016

Yo también cumplo 50 (en setiembre)

por Anna Donner

Cuando leí la nota de Janet titulada “Los 50” me sentí totalmente identificada. Es que odio a Ricardo Arjona con toda mi alma por cantarle a las grasas abdominales; contar décadas como si tonto y lo más imperdonable de este cretino es que nos llame “Señora”.

Un vocablo que ya está en vías de extinción, que hace acordar a una abuela que va a la peluquería y se peina con laqué, usa trajecitos con botones dorados, y tiene un olor a perfume que cuando sale del ascensor una se dice: “Uy, aquí estuvo una vieja”. Querido Ricardo: Si que algún día leés JAI permitime recordarte adorado, que la palabra “Señorita” ya no se usa, por lo que si vos usás “Señora” estás nombrando a una entidad universal llamada “Mujer”.

La nota de Janet me dejó pensando en la Madre Naturaleza y en lo mucho que nos cuesta aceptar la irreversibilidad del tiempo. De veras me sorprendo cuando observo la cantidad de cirugías estéticas que hacen que todas las mujeres se vean clonadas, ¿cuál es la necesidad de ponerse botox en los labios y quedar con una boca tan ancha que resulta desagradable? Y eso si tienen la suerte que no tuvo la pobrecita de Raquel Manchini, que estuvo grave y ahora más vale ni mirar su rostro. El siguiente hito trascendental que preocupa y ocupa a muchas mujeres es las arrugas. Preocupación que se ve retroalimentada por las miles de marcas de cremas que ven una gallina de huevos de oro en la promoción cada mes de una nueva crema acerca de la cual juran que de la noche a la mañana borrará todas las arrugas de un plumazo y una se verá como una teenager. Y les confieso que no puedo comprender tanta resistencia a las arrugas. Son parte de la naturaleza (femenina y masculina, ¿eh?), nada más lindo que verse natural y lucir las arrugas con dignidad. Prosigamos ahora con la vestimenta. Este también es un asunto de lo más serio. En esta ardua tarea de quitarle al tiempo su carácter de irreversible son muchas las chicas de cincuenta (¿viste Arjona, ahora se dice “chica”, no “señora”, tomá nota) que luego del botox, lifting e “ainda máis” se visten con la ropa de sus púber descendencia y allí las vemos con cazas rosa flúo, sin tener el más mínimo sentido del ridículo. Y allí van los machos alfa muertos de risa comentando “Mirá esa vetependex”. Bien, para no cruzar esa delgada frontera entre lo canchero y el ridículo es preciso comprender de una buena vez y para siempre que la aceptación es parte fundamental. Cumplir medio siglo de vida es un gran logro. Es una etapa de la vida en que los proyectos personales se han concretado, hemos adquirido sabiduría y experiencia, y lo mejor de todo es que aún nos queda mucho más por vivir. Sabemos las respuestas de todas las preguntas que nos hacíamos cuando nuestra piel estaba lisa como una porcelana pero que en aquel entonces sólo teníamos dudas. Tenemos certezas que antes eran miedos. Tenemos seguridad. Y la seguridad no se ve opacada por ninguna arruga, sino que ellas la dignifican. La vida es un regalo divino, todas las edades son maravillosas y la gracia de todo este asunto es vivir a pleno cada momento. “Vivir para contar”. Con medio siglo, hace rato que podemos caminar con la cabeza erguida como si fuéramos pisando una pasarela y mirando un punto en el horizonte lejano. La seguridad en una misma es un arma mucho más letal que la de comer y no engordar.


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