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Eduardo Kohn

Dr.en Diplomacia,egresado de Facultad de Derecho de UDELAR. Director de B'nai B'rith para América Latina.

11 de marzo de 2016

DE LA INCITACION AL CRIMEN

A mediados de 2014, el escritor, guionista y ex Presidente del SODRE Fernando Butazzoni escribió una profunda reflexión sobre el antisemitismo.

Era el momento en el cual Israel se defendía del terrorismo de Hamas, y Butazzoni escribía: El antisemitismo es el racismo rastrero disfrazado de antropología, es el totalitarismo con ínfulas liberales, es el miedo más primario vuelto discurso y consigna. Tiene mil disfraces, identidades falsas y nombres de fantasía. Para muchos suele ser apenas una pose elegante, hasta que decide apurar el paso y se le cae el disfraz y entonces sí asusta, pero cuando eso ocurre ya es demasiado tarde.
Y como vastos sectores en América Latina ya habían caído desde hacía bastante tiempo en la espiral del odio, Butazzoni con el coraje y la honestidad de un hombre profundamente democrático, agregaba: Es doloroso, pero hay que decirlo con todas las letras: en no pocas ciudades latinoamericanas, otra vez, a los judíos se los mira con desprecio y hasta se reclama públicamente por la vida cívica que llevan. Se les cuestiona ese derecho, del mismo modo que se critica la riqueza de algunos judíos, la pobreza de otros, la locuacidad de unos pocos y el silencio tímido de muchos. Palos porque bogan, y porque no bogan palos. De ellos se sospecha hasta el silencio, la locuacidad, la pobreza y la riqueza. Se sospecha de los judíos como si fuera algo natural.
El llamado enérgico de un hombre de izquierda como Butazzoni cayó en el vacío. El camino fácil es dar palos porque bogas y palos porque no bogas.
Y todo ello a pesar que las señales se multiplicaron en todo el planeta. La discriminación brutal y despiadada avanza y avanza, pero en algunas partes del mundo, nos creemos que somos tan “pequeños” que aquí no puede llegar la irracionalidad, la incitación, los crímenes de odio.
Ilusiones vanas que se nos hicieron trizas el martes 8 de marzo cuando Abdullah Omar, que en realidad se llama Carlos Omar Peralta López, asesinó en Paysandú a David Fremd. Lo mató porque Alá le dijo que tenía que matar judíos. Y en Uruguay, un ciudadano fue asesinado por ser judío.
El Dr. Leonardo Guzmán escribió en su columna editorial de El País: Las lacras del fanatismo anidaron en el cerebro imbecilizado de un maestro que se dejó emponzoñar el alma y hoy nos da escalofríos sentir esquirlas del yihadismo en casa. Si el autor integra una célula organizada, si es un zombi incapaz o un criminal consciente, lo dirán las pericias con su precisión o con su falsa precisión. Pero eso es mucho menos importante que comprobar, sin necesidad de pericia alguna, que el fanatismo se abre camino en la medida en que la prédica republicana viene retrocediendo y correlativamente avanza la ignorancia de las bases de comprensión y afecto donde se asienta el Derecho como un “yo-soy-tú”.

El racismo disfrazado de antropología como lo definió Butazzoni, viene haciendo su carrera de incitación y agresión. Hace tiempo. ¿O nos olvidamos ya de Tania Ramírez? Pero ahora, agregó un paso: el crimen.
¿Por qué señalamos que de la incitación llegamos a la muerte?. Porque nos tiene rodeados. Porque como bien lo escribe el Dr. Guzmán, la prédica republicana retrocede. Nos rodean en las redes en forma abrumadora. Nos agraden en el descuido del lenguaje de las discusiones políticas en las cuales se ha hecho (mala) costumbre dividirnos entre buenos y malos, entre amigos y enemigos. Nos avasallan en el insulto racista que nos creemos que es una forma natural de “juzgar” el desempeño de un deportista. Nos atacan desde el rancio antisemitismo que nos sumergió en agresiones verbales y físicas hace casi dos años, y que después hubo quienes creyeron que se había desvanecido en el aire, como si así funcionara el huevo de la serpiente.
Si queremos seriamente luchar contra la incitación y los crímenes de odio, tenemos que asumir responsabilidades conjuntas. No se trata de la sociedad civil por un lado y el Estado por otro. O lo hacemos juntos o no lo hacemos. Pero la realidad, y lo escribimos con cautela y dolor, no deja mucho espacio al optimismo.

Lamentablemente.

Dr. Eduardo Kohn


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