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30 de diciembre de 2015

Confesiones de la mujer de un rabino: “Me quería esconder detrás de mi marido y una peluca”

Por Avital Chizhik-Goldschmidt

Como escritora y esposa de un rabino ortodoxo, me destaco como una criatura extraña que no encaja en un mundo lleno de reglas.

Me djieron que la primera vez que te probas una peluca, como novia, lloras.
La que vende las pelucas, con tacos altos, mueve con elegancia su larga melena, revolotea sus enormes ojos y explica que tiene una caja de pañuelos descartables cerca para estas ocasiones.

“Pero, extrañamente, no lloraste” dice mirándome. “Te reíste. Nunca tuve una novia que se riera.”

Sonreí y le dije que hace un mes estaba excitada por mi boda. Hace un mes llevaba mi cabello libre al viento. Ese momento que siempre tuvo glamour para las chicas, implicó un gran privilegio, un símbolo de status, una mujer con el cabello cubierto, esa gloria de las mujeres ortodoxas. Llegó y suena mundano, aquí en este negocio de pelucas de Brooklyn con estas chicas y peluqueras charlando a mí alrededor.

Giro en mi silla para enfrentarme al espejo, para ver este nuevo cabello ondeado cayendo sobre mis hombros. Me doy vuelta y me pregunto si parezco más rusa ahora que nunca. Neizbezhno digo en mi ruso natal. Ningún uniforme puede ocultar mi origen ruso, mi incómoda adaptación al mundo ortodoxo.

La dueña del local de pelucas me muestra otros estilos. Voy a necesitar unas cuantas pelucas para empezar, una para todos los días, otra para Shabat, fiestas y casamientos. ¿Lacia o enrulada? ¿Oscura o con claritos? ¿Cuál estilo de peinado será mi sello para el primer capítulo de mi matrimonio?
“Necesito verme pulcra y profesional.”, le expliqué. “Soy una periodista”

¿Una periodista?, dice, no segura de haber escuchado bien. “Eso es interesante”. Ríe. ¿Qué hace un buen chico ortodoxo con una periodista?
“Pero mi novio es un rabino”, agregué. Entonces necesita tener una esposa con peluca, usted sabe. No sé cómo explicarle que cuento con mi peluca para darle sentido a un montón de cosas.

¿“Una peluca para una periodista y para la mujer de un rabino”? Sus ojos se ríen. “Es extraño. ¿Dónde escribis? Enumera revistas para mujeres ortodoxas, del tipo que dan consejos para recibir gente en las festividades y educar a chicos religiosos.

Le sonreí y dije, no. Me mira de nuevo, se acerca.
“Cóntame sobre tu novio” respira y me saca la peluca de la cabeza rápidamente.

Me lo dijeron cuando me comprometí.
“¿Estás pronta para esto? Una peluca, y después ser Rebbetzin.

Una rebbetzin, la mujer de un rabino en el Upper East Side de Manhattan.
Una posición muy pública: primero ser una novia, y después esos momentos que las recién casadas ortodoxas pasan- cuán natural se ve tu peluca, el guardarropas, la cocina, la decoración de la casa.

Fue como una vuelta del destino.

Yo era una joven periodista. Criada en una comunidad ortodoxa por judíos que hablaban ruso , se hicieron observantes cuando yo crecía. Fui siempre una buena chica, buena estudiante, respetuosa, vestida con recato, tomé parte de todas las actividades escolares, escribí en el diario de la escuela. Como las otras chicas serias, tuve encuentros con mis maestros religiosos para conversar sobre mi crecimiento espiritual. Mis amigas y yo nunca nos atrevimos a decir un chisme. Las tardes de shabat las dedicábamos a tirarnos en un sofá y leer textos sagrados. Nuestras vidas estaban hechas de palabras, de cartas en hebreo e inglés, cada palabra estudiada. “Si las palabras pueden crear al mundo, lo pueden también destruir”, nuestro profesor de Biblia nos recordaba.

Pero en la universidad, continué mi obsesión con las palabras – empecé a escribir y a publicar, ganándome una reputación de una mujer ortodoxa crítica, que no tiene miedo de expresar sus opiniones, de publicar su pensar criticando a su comunidad, sobre el recato, los roles de la mujer, las presiones sociales, sobre el noviazgo y el matrimonio, sobre el establishment rabínico. Se convirtió en una rutina.

A veces tenía el coraje de escribir un esayo y esperar la embestida: ¿Cómo piensa casarse después de esto? O, peor, “es demasiado inteligente para ser religiosa. Dale un año y deja todo esto”.

Cuando tuve la primera cita con mi marido, hace años, lo vi como un joven asistente de rabino incondicional a las reglas, con una sonrisa encantadora, hablaba ruso fluído, venía de un mundo ultra ortodoxo y tenía un amor por aprender y enseñar, trabajar con gente. Después de unas cuantas citas, me dijo que era imposible que estuviéramos juntos, rabino y periodista. Unos meses después, escribí un ensayo para el New York Times y me referí a él como cuando describí a los hombres ortodoxos miedosos de las mujeres ortodoxas con opiniones propias.

No supe nada de él, pero nuestros caminos se cruzaron de nuevo dos años más tarde. Cuando fuimos a cenar la primera vez de nuevo, exploté: “No sé qué estoy haciendo acá”. Nos miramos pensando si podíamos confiar el uno en el otro, si no podíamos construir una vida juntos.

Después de un complicado pero hermoso cortejo, nos comprometimos, y de pronto la crítica vino del establishment, la iconoclasta se estaba transformando en la esposa de un rabino.

“Como novia, podía escuchar la risa de D-os cuando me encontré en reuniones con rabinos muy famosos que me daban sus bendiciones. En la noche, les preguntaba sobre esto a mis nuevas pelucas que me miraban esperando que las usara, conversé con las cabezas de maniquíes en un ruso secreto y me calmé con sus respuestas silenciosas. Maestras que me habían rezongado por ser muy moderna me llamaban para disculparse y felicitarme. “Lo hiciste” a lo cual yo sonreía y murmuraba que gracias al Creador, pero me preguntaba si solo me aceptaban porque ahora tenía certificado rabínico.

Mis maestros siempre me alentaron a escribir, aún cuando empecé a publicar fuera de la comunidad, quedó claro que crucé la línea. Estaba contando mucho de mí, y me decían que leyeron mi último artículo. La gente me lo decía en la sinagoga, en una cena, y protestaban sin decirme exactamente lo que los había molestado. ¿“Es necesario hablar de eso?

En esa época, iba a fiestas de escritores, dónde otros escritores, que habían dejado el mundo ortodoxo en la búsqueda del hedonismo se reían de mi. ¿Aún usas mangas larga? Se burlaban de mis mangas. Me levanté, me puse colorada y di un paso atrás, mirándolos fijo En los últimos años, surgió un género literario que describe el drama de dejar la ortodoxia y la fe, y cuando los leo, me doy cuenta de la popularidad que traen consigo estas historias.

Yo pensé que nunca querría abandonar este lugar, este estilo de vida. Estaba convencida de quedarme y expresar mis opiniones.

Pero parecía un acto de equilibrista casi imposible. Me dijeron que escribir podría ser el final de mi reputación casadera. Empecé a cuestionarme si era verdad cuando mis citas me preguntaban si era alguna Carrie Bradshaw ortodoxa, también me intrigaba qué los hombres ortodoxos conocieran ese show de televisión. Los rumores decían que mis escritos eran enseñados en Seminarios de chicas ortodoxas en Israel para advertir a las estudiantes. Algunas veces, era invitada a hablar en círculos religiosos, lo que aceptaba con cierto reparo, yo sabía que las chicas me mirarían como un bicho raro con mi cabeza no cubierta y mis palabras tendrían poco peso, porque era el estigma de una mujer soltera a la edad de 22.

Un año atrás, a través de mi velo matrimonial, y después bailando en mi matrimonio, observé a los líderes de las comunidades que me habían criticado bailando oiras frente a mí.

“Me quiero casar así tengo un marido y una pelucá para esconderme detrás” Escribí una vez en mi diario, durante mi soltería, tenía solamente 21 pero estaba harta de tener citas. Quería ser tomada en serio, en el mundo secular me veían como una mujer oprimida como religiosa, y en el mundo religioso era vista como una mujer sin marido. Como mujer soltera, era peligrosa, nadie sabía exactamente dónde etiquetarme. Una peluca, un anillo, un nuevo apellido: parecía como un ticket a la libertad, una manera de mantener mi amor por las tradiciones aún teniendo una vida con mente y escritura.

Y ahora, finalmente, el marido y la peluca están aquí. Era una rebbetzin ahora. El escrutinio del que soñaba escapar, como una aspirante a escritora en una pequeña comunidad ya se transformó porque un rabino y su familia viven por siempre a la vista de todos.

Mis tareas no oficiales son mínimamente estar presente. Después de una semana de mi boda, cada mañana de Shabat, entro en el sector de las mujeres de la sinagoga, y hago el camino hasta mi asiento, pisando fuerte alrededor del santuario, pidiéndole a Dios no tropezar, el hazan sube el tono, el coro canta fuerte, los hombres debajos de sus tallits, las mujeres con sus sombreros, los rollos de la torá tintinean, los techos altos y las luminarias doradas resaltan.

Los primeros meses me aturdieron. Había cientos de nombres y caras que memorizar, saludos con un beso. El tema era quién estaba casado con quien (tan importante como quién estaba divorciado de quien), árboles genealógicos de familias, escuelas de chicos, profesiones de padres y negocios, sus casas de vacaciones, sus escándalos. En ese momento, fui adoptada por una comunidad entera de padres y abuelos. Una mujer de la comunidad con una empresa que se dedicaba a confeccionar vestidos de novia me diseñó el vestido de novia con recato. Cuando menciono que planeo un viaje a Europa a otra persona, al otro día me trajo libros de ciudades con una cálida nota. Cuando sugiero dar una charla sobre la Biblia, una joven pareja me ofrece su casa para hacerlo.

Nada pasa desapercibido. Si posteo algo en Instagram, algo light, el tipo de cosa que una persona de 24 años hace, se que recibiré un análisis en profundidad a posteriori. Si estoy vestida con ropa de gym, sin maquillaje y me encuentro con alguien de la congregación en el super, juego a la escondida detrás de las paltas. Si critico una organización política en un artículo, mi marido recibe llamadas de los donantes pidiéndole que me explique es ofensivo y que debo retirar la publicación. Si no estoy parada cerca de mi esposo después de los servicios durante una recepción, me dicen con buena intención que siempre debo estar tan cerca de de mi esposo como sea posible.

Dos meses después de la boda, empiezo a notar ojos mirando con atención mi cintura todavía marcada. “Escucha, vi a tu marido sonreír a los niños y me di cuenta, asi que te deseo mazal tov” un asistente a la sinagoga me dijo. Dejó una bolsa llena de compras de almacén con nuestro portero al día siguiente, con hierbas y vegetales para embarazadas. Fui y compré vestidos más ajustados, por si les quedaba alguna duda.

Algunos días vengo de la sinagoga y me pongo a llorar. Extraño el Shabat con mis padres y hermanas, el anonimato, el ruso suave hablado en casa, la época en que me imaginaba que Christian Louboutin sería un personaje en una novela de Balzac. Cuando mi esposo me ve triste, se preocupa y yo le digo que todo está bien y me dice que no lo está, no sé cómo decirle cómo hizo para crecer toda su vida siendo observado con lupa?

Yo crecí en la privacidad de mi hogar – o en las últimas filas de la sinagoga, cerca de los divorciados, los convertidos y las madres solteras. Pero ahora tengo que rezar en frente de todos. ¿Y cómo se reza en frente de cientos de otros? ¿Cómo permite la intimidad de la inspiración, el diálogo con Dios ser público, sin perder trascendencia? ¿Cómo se reza libremente o –escribe libremente, es lo mismo, estando como en el escenario de un teatro? Pero este cambio en mi historia me dejó anonadada. Sin dudas, desarrollé una paranoia- especialmente en la parte del obsesivo voyeurismo con las vidas privadas de los ortodoxos y sus dormitorios, sus baños rituales, las mujeres con peluca y los hombres con kipá. Ojos, ojos, ojos, en todas partes. Cada segunda palabra es adivinada. Para mi sorpresa, mi esposo se puso nerviosa – que pasó con la mujer divertida que había sido su novia. Te pido, escribí algo controversial, me dice una noche. Pero escribi algo.

La mujer del rabino es una extraña criatura. Es una mujer del siglo 21 que se encuentra en una posición bizarra con un título definido solamente por el trabajo de su marido. Muchas veces, es vista como un trofeo, una primera dama, una trabajadora sin paga, pero aún si tiene el poder de influenciar en muchos lugares rígidos. Antes que surgiera el clero femenino judío, era la mujer del rabino la que hacía de consejera y guía espiritual para las hijas y madres de la comunidad.

Entonces, ¿qué tipo de rebbetzin voy a ser? Elijo ser activa, dar conferencias, clases particulares a mujeres, recibir con comidas sofisticadas en shabat y organizar eventos relacionados con la educación. Se que quiero. Pero de alguna manera, hay algo que me genera dudas, como sé que muchas mujeres de rabino realizan estas opciones por la profunda responsabilidad que tienen hacia la comunidad.
Me casé no solo porque nuestro amor creció, cita tras cita, pero también porque amé sus aspiraciones. Amé su decisión su dedicar su vida a los otros: visitar enfermos en el hospital. Dar clases. Recibir gente en nuestro hogar en largas cenas de Shabat con comida casera y vino.

Escuchar a la gente, dar consejos cuando se lo piden, ayudar a llevar la carga de otros. Muchos días, pasamos por eventos de la vida de todos: el padre nervioso planeando la primera circuncisión de su hijo, la novia en el proceso de conversión, los padres que pierden a su único hijo, el suicidio, la joven pareja planeando una boda, la madre luchando contra el cáncer.

La soledad de la gente, cómo se expresa en sus ojos y cómo está escrita en sus sonrisas. Es agotador, pero a pesar de eso, lo veo como un privilegio. Nada puede ser más significativo y aleccionador.

Como escritora, encontré algo único acá, en estos límites rígidos, en la tensión de lo público y lo privado. Acá, el clásico conflicto de lo individual versus la sociedad tiene un enfoque agudo, dónde el que lleva la voz cantante se expresa contra las obsesiones sobre normas sociales. Mis colegas seculares y amigos muchas veces me recuerdan que soy una mujer ortodoxa- una mujer casada con una peluca, relegada al balcón, su lugar en la casa- imaginan mi vida limitada a los parámetros de mi fe. Pero extrañamente, la fe me ha proporcionado una estructura que me empodera y me empuja a criticar y crear.

Mi escritura no viene solo de mi amor por las palabras, pero también de la obligación moral de contar historias, de buscar justicia. Esta comunidad y su obsesión por las palabras –alcanza con abrir nuestros libros sagrados, deja que tu dedo siga comentario más comentario sobre comentario que interpreta los textos, y el debate de uno con el otro a través de los siglos – en este mundo, con el corazón rebosante de aprendizaje, esto me define a mí como escritora.

El conflicto acá no es muy diferente al de Fitzgerald escribiendo en los Hamptons , Austen en los valles de Bath y si, también Bulgakov con los soviéticos.

El escritor aprende a jugar a la rayuela entre lo prohibido y lo permitido. Escribir con límites nos obliga a navegar entre parámetros parecidos a cuándo se escribe un soneto. Se aprende rápido el arte de aludir a algo- hay temas de los cuáles hablar requiere coraje, pero para hacerlo hay que tener claras las reglas del juego.

Yo elegí jugar este juego, estar atada a un mundo en el que una vez me sentí una outsider metida en él. Sé que podría haber encontrado una vida más calma en otra parte, dónde la combinación de fe y escritura sería más simple, menos peligrosa. Pero el silencio sería muy doloroso, y la calma muy apagada.

Sé que extrañaría los sonidos de la yeshivá, las melodías de los jazan en el santuario, el canto de las chicas de la escuela, los chismes susurrados en la parte de las mujeres de la sinagoga, el sonido típico de la platería de Shabat y la manera en qué vivimos en nuestros textos y la manera que ellos viven en nosotros – hineni, Abraham le dice a Dios, acá estoy, estoy eligiendo esto. Mi comunidad – es alucinante, lo permitido, lo prohibido, los tabúes de los cuales no se habla, lo aceptado y lo no – pero es acá, lo blanco y lo negro del tablero de ajedrez dónde encuentro el reflejo de mis propias palabras.

Fuente: http://www.salon.com/


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